Opinión Domingo, 26 de enero de 2020 | Edición impresa

Verano intenso - Por Jorge Sosa

Mendoza tiene un clima desértico y de alguna manera nos determina el sol. A tal punto que es uno de los símbolos de nuestra provincia.

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

El verano es verano, eso ya lo sabemos. Sus temperaturas rondan los 40 grados y es muy difícil escaparse al sol que abunda en los espacios públicos. Y eso que Mendoza es una ciudad arbolada; si careciera de árboles, el verano resultaría prácticamente insoportable. 

El calor aplasta, es como si nos quitara las ganas y uno tiene ganas de no tener ganas. Entonces las cosas pasan con mayor lentitud, como tortugas con callos plantales. Dejar hacer, dejar pasar, dice la mención castellana de un pensamiento francés y al parecer así es nomás.

No tenemos voluntad ni para mover un dedo, aunque sea el meñique. Nos desparramamos sobre cualquier lugar de descanso y hacemos nada, absolutamente nada. Dejamos pasar el tiempo desparramados como trote de vaca. 

La humedad nos preocupa. Si hay una humedad alta, el calor se siente con más intensidad y nuestras voluntades reptan en vez de caminar. No me imagino lo que sería vivir en lugares donde la humedad ronda el 70 por ciento con permanencia; debe ser una verdadera tortura. 

El problema es que el calor incentiva las neuronas pugilísticas y entonces nos calentamos por todo y eso no contribuye a hacer más plácidas las horas. Un leve insulto levanta las calorías hasta lugares nada propicios. Nos calentamos hasta por detalles mínimos que en invierno pasarían desapercibidos: un tono de voz inadecuado, un epíteto que se escapó de lo normal, un gesto que es tomado como una agresión. Todo sirve para demostrar que uno está caliente. 

Aún con nuestros familiares solemos tener salidas nada amables y nos enfrentamos por detalles menores. Es el calor que agobia y no nos deja pensar con naturalidad. 

Además en el verano uno transpira. Bueno, uno transpira siempre; la transpiración es necesaria para darle integridad a nuestro cuerpo, pero en verano se hace profusa, insoportable. Porque uno transpira por las axilas que es como el centro de poder de la transpiración, pero también transpira por otros lados y muchos sufren una transpiración total, absolutamente abarcativa, y mojan la ropa, toda la ropa que llevan encima; inclusive esa que usted está pensando y debe cambiar de atuendo varias veces por día. 

Existen productos para combatirla: crema, talcos, espray pero en algunos casos la transpiración supera todo eso y se hace notoria porque el tipo chorrea, chorrea por todos lados y es como un manantial de transpiración que no se aguanta, ni él, ni los que por mala fortuna le tocan estar al lado de él. 

Y esto produce olores que no son bienvenidos. El tipo no transpira a jazmín ni a madreselvas. El tipo transpira a transpiración y el asunto puede volverse más desagradable que respirar cerca del Puente de Palmira. 

Por ejemplo, transpira por los pies y eso genera efluvios que se notan por más que el tipo trate de disimularlos. Es el famoso “olor a patas” que tiene sus gloriosas páginas escritas en la enciclopedia de humor de los argentinos. 

Sabemos que Mendoza tiene un clima desértico y que de alguna manera nos determina el sol. A tal punto que está catalogado como uno de los símbolos de nuestra provincia. Pero se le va la mano al sol, se olvida que debajo de él hay gente que tiene que vivir de alguna manera y no ayuda con la tarea. 

Dicen que este es uno de los veranos más calurosos de los últimos tiempos. ¿Qué será de los veranos que vienen? Vamos a tener que andar por las calles con la pelopincho puesta.