Espectáculos Domingo, 14 de abril de 2019 | Edición impresa

Urquiza: una muerte anunciada

A pocos días del aniversario del asesinato del prócer, repasamos la importancia de su figura para la historia y la política argentina.

Por Luciana Sabina - Especial para Estilo

El pasado 11 de abril se cumplió un nuevo aniversario de la muerte trágica del General Justo José de Urquiza. Tomando como excusa el lúgubre aniversario retrataremos los últimos años de un hombre que supo servir con creces a su patria.  

Tras dejar la presidencia de la Confederación, Urquiza fue gobernador de Entre Ríos hasta 1864. Aun sucedido por José María Domínguez, siguió siendo el líder indiscutido de la provincia. Durante la Guerra de la Triple Alianza se colocó al servicio del presidente Mitre, comenzando así las fricciones con el grupo federal y con su lugarteniente Ricardo López Jordán. Este último prefería apoyar a Paraguay antes que a los porteños y desde las filas del ejército saboteó al bando nacional, instigando motines. Mitre pidió ejecutarlo, pero Justo José se negó.  

 

Casi finalizando la guerra llegó el esperado recambio presidencial. Urquiza aspiraba al cargo y presentó su candidatura por el Partido Federal. La jefatura quedó en manos de Sarmiento y el caudillo se conformó con volver a ser gobernador. Ambos estaban distanciados pero comenzó un acercamiento que culminó con la visita del sanjuanino a Entre Ríos.  

Domingo Faustino eligió presentarse el 3 de febrero de 1870 -aniversario de la victoria que habían protagonizado contra Rosas- y dijo al entrerriano: “Ahora sí me siento Presidente, fuerte por el prestigio de la ley y el poderoso concurso del pueblo”. El encuentro fue visto por los federales como una traición más por parte de Justo José y la desgracia se avecinó poco después.  

 

El lunes de la Semana Santa de 1871 el general tomaba mate en una galería, mientras dos de sus hijas adolescentes recibían clases de piano. Al grito de “¡Muera el tirano traidor Urquiza!”, un grupo de hombres al servicio de López Jordán- irrumpió en su residencia. El avejentado caudillo alcanzó a tomar un arma, pero un balazo dio cerca de su boca y caído fue apuñalado en varias oportunidades. Su hija Dolores, ya rozando los 20 años, ayudó a su madre a arrastrarlo hacia una habitación. La escena fue tan dantesca que la víctima recibió el último puntazo mientras ambas mujeres lo rescataban.  

Los intrusos se hicieron entonces con cualquier objeto de valor. Alguno consideró la idea de violar a las mujeres, pero sus mismos compañeros lo impidieron. Uno de estos se sentó tranquilamente en el comedor y se hizo preparar un aperitivo por la servidumbre aterrorizada.  

 

Simultáneamente Justo Carmelo y Waldino -sus hijos- fueron asesinados en Concordia. Con los cadáveres aun tibios, la Legislatura entrerriana nombró gobernador a Ricardo López Jordán y Sarmiento intervino militarmente la provincia.  

Beatriz Bosch, la principal biógrafa de Urquiza, considera que se trató de una conspiración urdida hacía tiempo, que remata la disconformidad por el apoyo a las presidencias de Mitre y Sarmiento y los reveses económicos de los últimos años. A esto debemos sumar la falta de apoyo a los reclamos subversivos que habían protagonizado Chacho Peñaloza y Felipe Varela solicitándole apoyo.  

 

Rastreando en el tiempo, la idea de ultimar a Urquiza existió con mucha anterioridad. Quien mejor lo expresó fue José Hernández autor del Martín Fierro en su “Vida del Chacho” de 1863: “La sangre de Peñaloza clama venganza, y la venganza será cumplida, sangrienta, como el hecho que la provoca, reparadora como lo exige la moral, la justicia y la humanidad ultrajada con ese cruento asesinato. La historia de los crímenes no está completa. El general Urquiza vive aún, y el general Urquiza tiene también que pagar su tributo de sangre a la ferocidad unitaria, tiene también que caer bajo el puñal de los asesinos unitarios como todos los próceres del partido federal. Tiemble ya el general Urquiza; que el puñal de los asesinos se prepara...”.

El general fue velado en casa de una de sus hijas. Por temor asistió muy poca gente. Algunos meses más tarde  -temiendo una posible profanación- la viuda de Urquiza decidió esconder su cadáver y durante años nadie supo dónde estaba. En 1951 sus descendientes lo encontraron en la basílica Inmaculada Concepción. Actualmente y desde 1967 yace en el mausoleo que su provincia levantó para homenajearlo.