Opinión Martes, 7 de enero de 2020 | Edición impresa

Una tercera guerra mundial en pedazos - Por Gonzalo Fiore Viani

Por Gonzalo Fiore Viani - Experto en Política Internacional

En el siglo 21, los  conflictos bélicos tienen características muy diferentes a las que tenían en el 20. La última guerra tradicional que involucró directamente a una potencia occidental fue la segunda invasión a Irak por parte de George Bush hijo, en 2003, que con los años se ha transformado en un nuevo Vietnam para Estados Unidos. 

Si bien conocer los hechos del pasado es fundamental para entender el presente, es un error analizar los acontecimientos haciendo comparaciones históricas que no se condicen con la realidad actual. El asesinato de Qasem Soleimani no será comparado, en los libros de historia, a Gavrilo Princip jalando el gatillo contra Francisco Fernando en 1914.

La hegemonía por sobre el resto de los países del globo que pretende China no es necesariamente militar. El gigante asiático prefiere llamar a la prudencia y mirar “por arriba”, sin involucrarse demasiado, en cualquier tipo de conflicto bélico. 

Aunque ha demostrado tener un ejército que si se enfrentara con Estados Unidos podría llegar a provocar una destrucción mundial sin precedentes, es consciente de que su fuerte se encuentra en una dominación tanto comercial como tecnológica que a día de hoy se perfila prácticamente imbatible en el mediano plazo. Por ello, Xi Jinping es uno de los principales interesados en arreglar cuánto antes cualquier tipo de controversias, o al menos, que pasen lo más lejos posible del patio trasero chino.

Una tercera guerra mundial, entendida en los mismos términos de la Primera o de la Segunda, claramente capta la imaginación del público y las redes sociales. 

Sin embargo, el mundo de hoy es completamente diferente al que existía en 1914 o 1939. El derecho internacional, si bien muchas veces funcional a los países centrales, tiene una capacidad de contención con la que sólo podía soñar previo a la conformación de la Organización de Naciones Unidas. Pero, más importante aún, los líderes mundiales comprenden sin dudar que una confrontación de este tipo podría terminar con “el fin de la civilización”, como declaró recientemente Vladimir Putin. 

El ruso explicó muy bien que desde 1945 sólo estallan conflictos regionales porque entre las principales potencias militares se ha establecido una “paridad estratégica” qué, debido al miedo al “exterminio mutuo”, frena cualquier tipo de movimiento brusco entre ellas. Como si se tratase de una reedición de la “destrucción mutua asegurada” de los tiempos de la Guerra Fría. 

Por ello, como dice el papa Francisco, lo que vive el mundo desde hace ya varios años, quizás, desde la invasión de Estados Unidos a Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre, es una “tercera guerra mundial a pedazos”. Una serie de conflictos regionales o parciales que se engloban dentro de un solo conflicto mundial o total. 

Una partida de ajedrez grupal que enfrenta a las principales potencias, y a jugadores secundarios, con los países restantes utilizados como campo de operaciones. Por lo menos cuatro países de África se encuentran bajo cruentos conflictos armados: Libia, República Centroafricana, Sudan del Sur y Malí. Los coletazos de la guerra en Siria perduran, mientras que la guerra civil en Yemen sigue causando una catástrofe humanitaria con pocos precedentes. El reclamo por un Kurdistán independiente quizás encuentre nueva fuerza y Estados Unidos aproveche para desestabilizar aún más a la zona de influencia iraní. 

No se sabe aún cómo responderá exactamente Irán al asesinato de uno de sus dirigentes más influyentes y queridos por su pueblo. Por lo pronto, el tablero parece encenderse cada día un poco más. Y como cualquier jugador de ajedrez sabe muy bien, las primeras bajas siempre son los peones.