Opinión Domingo, 21 de abril de 2019 | Edición impresa

Una Catedral para una época frágil - Por Roger Cohen

La civilización es frágil. La democracia es frágil, como esa catedral. Actualmente es imposible ignorarlo, es peligroso.

Por Roger Cohen - The New York Times 2019

Kilómetro cero: Notre Dame de París, el lugar desde donde se mide la distancia en Francia, el referente de un pueblo, el punto de inicio y de término, el “epicentro”, como lo dijo el presidente Emmanuel Macron. Por eso es que tantas personas, religiosas o no, estaban llorando mientras se quemaba la gran catedral. Una parte de ellos mismos, su punto de referencia, estaba en llamas.  

Notre Dame, saqueada durante la revolución en un frenesí anticlerical, restaurada y reconstruida durante el siglo XIX después de que se enfriaron los ánimos, el sitio de coronaciones imperiales, liberación nacional y funerales presidenciales, se convirtió en el alma de la nación, el lugar donde Francia podía reconciliar su historia turbulenta, lo monárquico y lo republicano, lo religioso y lo laico.  

Los siglos demostraron ser ecuménicos. El tiempo hizo que la catedral fuera de todos, en Francia y más allá. “Una fuente de recuerdos para todos nosotros”, dijo Claire Illouz, una artista nacida y criada en París.  

¿Qué es París después de todo? Belleza. El terror residía en ver cómo se quemaba la belleza, la delicada aguja colapsando en medio de un infierno que emanaba de una estructura con 800 años de antigüedad. Ahí estaba lo mejor de la humanidad, la expresión más poderosa de lo sagrado envuelta en humo negro.  

Es terrible ser testigo de la pérdida de vidas humanas, pero la destrucción de la belleza quizá no es menos terrible. En una época de ansiedad, de fealdad y odio y mentiras, el incendio parecía ominoso. “La belleza es verdad, la verdad es belleza”, escribió John Keats, y eso es “todo lo que necesitan saber”.  

Sarah Cleveland, una amiga que está en París, me escribió: “Todo estaba extrañamente silencioso y quieto, como si la gente estuviera en trance, viendo cómo el fuego ardía dentro del armazón de los muros de la catedral, como una caldera. La escena fue solemne, reverente. Desesperanzada. Parecía imposible que algo tan monumental pudiera ser tan frágil”.  

La civilización es frágil. La democracia es frágil, como esa aguja. Actualmente es imposible ignorarlo, es peligroso. Cuando una referencia universal se convierte en humo, se abre un abismo.  

Recuerdo la frescura del inmenso interior, ahora abierto al cielo, durante el verano de 1976, el primero que viví en París. Había una ola de calor. Los ríos se volvieron riachuelos, las fuentes estaban secas y en las tiendas ya no había agua embotellada. La gente se sentaba en las bancas, aturdida. Algunos oraban. Los niños jugaban. Los jóvenes y los viejos, los inocentes y los sabios, todos estaban reunidos. La luz azul se filtraba por los magníficos rosetones de vitral arriba de los portales. El aire olía a piedra y cera de velas.  

Me sorprendió que lo sagrado fuera inclusivo. Notre Dame es un santuario, en una época en que el presidente estadounidense escupe a los santuarios y ha considerado, como castigo, enviar a los migrantes pobres a las ciudades que osen llamarse así.  

La catedral medio iluminada que vi por primera vez cuando era joven daba cabida al error humano, como esos revolucionarios que después de 1789 decapitaron a los reyes bíblicos de piedra que erróneamente creyeron que eran franceses. Con el tiempo esos niños que jugaban en el transepto serían los míos. Dos de ellos nacieron en París, ciudad cubierta de oro y grava, con sus islas que dirigen sus proas hacia los puentes, sus arterias ancladas por Notre Dame; la catedral siempre ahí, al otro lado del Sena, reconfortante, con su fachada tan solemne como los campanarios gemelos, sus flancos tan extravagantes como los contrafuertes y las gárgolas volantes, monumentales desde cualquier ángulo que se les mirara.  

Nuestra señora de París aún está de pie después del incendio, con sus torres, ahora sin techo. Macron prometió reconstruir la catedral. La gente está donando dinero. El presidente francés se mostró digno, un recordatorio del poder unificador de la dignidad en una época en la que este ha desaparecido de la Casa Blanca.  

Notre Dame, dijo Macron, es “nuestra historia” y “nuestro imaginario”: un medio, en otras palabras, para recordar y una inspiración para todos los que aspiramos a algo trascendente, más allá del yo. La contribución del presidente Donald Trump, para quien el yo lo es todo, fue sugerir el envío de “aviones cisterna” para sofocar las llamas. Todos ignoraron su consejo.  

Para un estadounidense, quizá lo más cercano a Notre Dame, por su capacidad de representar a la nación, es la Estatua de la Libertad, obra de un escultor francés. El otro día, una neblina flotaba sobre el agua, y la ilusión óptica hacía que la antorcha de la libertad pareciera cernirse en el aire, como si flotara. Viéndola, imaginé el poema de Emma Lazarus reescrito para la era de Trump:  

Dame a tus déspotas, a tus ricos,  

A tus vulgares evasores de impuestos que anhelan escapar,  

A los depravados y los licenciosos que ansían robar, 

Los haré libres.  

Envíalos, a esos deshonrosos, para que vean  

Lo fácil que es corromperse como yo.  

No recuerdo que la civilización francesa resultara tan importante en otro momento de mi vida. Es lo que tenemos. Habrá horrendas polémicas en las próximas semanas, una vez que pase el impacto, acerca de quién fue responsable, cómo ocurrió este desastre, qué negligencia hubo. Pero en esas multitudes calladas y reverentes que cantaban himnos en las calles de París, también vi la posibilidad de que los franceses se unan con la determinación de construir, no solo la catedral, sino también una nación sacudida por la violencia del movimiento de los chalecos amarillos y las divisiones sociales que este refleja. La historia de Notre Dame es una historia de resistencia y renacimiento.  

También es una historia de la civilización europea. Notre Dame apenas sobrevivió a Hitler. Su fragilidad, ahora demostrada, exige también la unidad de Europa.