Opinión Sábado, 29 de febrero de 2020 | Edición impresa

Un baño de país - Por Jorge Sosa

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

Hay un refrán que expresa: “Digan lo que digan no hay baño como el de casa”. Y es cierto. En pocos lugares uno se siente y se sienta más cómodo que en ese recinto chiquito al que uno ya le conoce hasta la menor rotura de azulejo, hasta la más diminuta mancha del espejo, hasta el tartamudo decir de esa canilla que siempre gotea al estilo del recordado Juan Darienzo. 

 Pero el baño, ñoba, servicio o toilette en fiestas públicas, no se llamaba baño por otra cosa que no sea el baño. Uno no siempre va al baño a bañarse, es más, es lo que menos hace cuando va al baño. Sin embargo el nombre baño se refiere a la acción y efecto de bañarse. 

Esto no es de ahora. Los antiguos “grecios” le daban una gran importancia al baño, como ha quedado reflejado en cerámicas y pinturas. Hay algunos frisos griegos con cuatrocientos litros de desnudeces y dos o tres litros de agua. 

En la civilización romana, el baño constituyó una práctica habitual que, además de ser una medida higiénica, adquirió un profundo carácter social, toda una distracción. Y claro, los tipos no tenían ni radio, ni tele, ni revistas, ni internet, ni teléfonos celulares, entonces decían: - Vamos a bañarnos todos juntos, con algo tenemos que divertirnos -. 

Durante la edad media los baños decrecieron. Claro, los vagos para bañarse tenían que sacarse la armadura y eso les llevaba varios días, y cuando lograban sacársela y se bañaban, al ponerse la cosa que les llevaba  varios días, transpiraban tanto que tenían que volver a bañarse. ¿Y cuándo peleaban, eh? No podían perder el tiempo en tonterías cuando tenían el encargo de despachurrar enemigos. Hubo caballeros que por permanecer mucho tiempo adentro de la armadura contrajeron botulismo. 

¡Que decirles de la época del Renacimiento! Los médicos de la época recomendaban bañarse sólo con fines claramente terapéuticos. Entonces los tipos apestaban. Fue la época en que proliferaron los perfumes, porque ni ellos mismos se aguantaban el olor a ellos mismos. 

Recién en el siglo XIX con las transformaciones urbanísticas y el agua corriente, el baño se impuso otra vez.

 He dicho toda esta pesada introducción histórica para tratar de llegar a lo que quiero. Todavía no lo logro. Numerosas religiones le atribuyen un significado ritual purificador al baño. Ya sea por el carácter sagrado que el agua tenía para alguna de ellas, el agua y algunos ríos, y algunos lagos, o porque tener limpio el cuerpo también simbolizaba tener limpio el espíritu. 

La ley mosaica, la de Moisés digo, prescribía el baño en muchos casos de impureza legal. El judaísmo acentuó la importancia del baño ritual purificador. En el hinduísmo la inmersión en determinados ríos como el Ganges, es motivo de peregrinaciones. El Corán prescribe minuciosamente el proceso de lavado que han de preceder a la oración. 

Ojalá que los argentinos comencemos a darnos un baño purificador, para sacarnos de encima las lacras del pasado, las mugres del pasado, las basuras del pasado, y nuestras propias roñas acumuladas. Ojalá que así sea, que nos sumerjamos en las aguas del hoy con la clara intención de llegar limpios al futuro. Es más, que no solo sea solo un ritual purificador, sino un baño preparatorio antes de un gran cambio, como el que tomaba el caballero antes de ser armado o tal vez, como remedo, como imitación, como regreso, al bautismo cristiano. Amén.