Sociedad Policiales Domingo, 29 de diciembre de 2019 | Edición impresa

Triple crimen del Trapiche: una casa regada de sangre y de pruebas

Última narración sobre los conmocionantes asesinatos de tres mujeres en 2016. Una noche de locura y violencia.

Por Ignacio Zavala Tello - izavala@losandes.com.ar

El hombre llegó alterado a la guardia del hospital Central, sorteando el control policial. En sus manos y en su rostro tenía signos de un ataque que adjudicó a asaltantes. Pero en ellas también llevaba parte de las pruebas de la salvaje matanza que acababa de cometer. Los policías que presentaban servicios en el centro asistencial alertaron a los médicos: el inquieto paciente era Daniel Zalazar Quiroga, buscado por haber asesinado -apenas unas horas antes- a puñaladas a tres mujeres en el barrio Trapiche de Godoy Cruz.

Imagen de archivo | Los Andes

La mañana del 23 de octubre de 2016 el “Sabon” fue aprehendido y trasladado a la comisaría Séptima, en el mismo departamento en que había asesinado a puñaladas a Claudia Arias, a la tía de la mujer, Marta Susana Ortiz (45) y a la abuela, Vicenta Díaz (90) en su casa de calle Entre Ríos al 1800. Vestía ropa deportiva oscura y tenía una incipiente barba candado. Presentaba lesiones en sus manos y un hematoma en el ojo izquierdo.

La calma que mantenía Zalazar sorprendió a los investigadores. Era la misma que reflejaba en sus fotos en las redes sociales, donde solía vérselo ataviado con su kimono, rodeado de alumnos que acudían a él para adquirir su conocimiento en artes marciales.

Otros tiempos. El acusado y Claudia, su pareja, en una jornada de taekwondo.

Al parecer no cargaba en su conciencia con los despiadados ataques a los que había sumado el de dos niños, una beba de 10 meses y su hermano de 11 años, hijos de Claudia. Un tercer hermanito, de 8 años, se escondió en un auto y salió ileso. 

“Si yo lo hubiera visto sin saber lo que había hecho, nunca hubiera sospechado que había cometido algo así”, confía el fiscal Santiago Garay -quien tuvo a su cargo la instrucción de la causa- a poco más de tres años del triple crimen.

“Me asaltaron”, repetía el detenido e indicaba que el robo había ocurrido en la esquina de Vicente Zapata y San Juan, minutos antes de haber llegado al hospital. “Estaba en la celda con las manos lastimadas pero negaba cualquier tipo de relación con el hecho y decía que había estado en otro lado”, rememora hoy Garay.

Sobre Zalazar no pesaba ninguna denuncia previa por hechos de violencia de género en Mendoza, donde se había asentado hacía 10 años, ni en Santa Cruz, desde donde llegó.

 

Los familiares de las víctimas tampoco habían dado cuenta de este tipo de conducta en el hombre que luego les arrebató la vida a puñaladas.

Por la tarde fue imputado por la muerte de las tres mujeres y el intento de homicidio de los niños. En su declaración y acorralado por contundentes, aunque incipientes, pruebas en su contra, el “Karateca” -alias que inundaría las pantallas horas después de los crímenes- luego aseguró haber dejado la casa de la calle Entre Ríos “cerca de las 3 de la mañana”.

Las pericias sobre los cuerpos indicaban que las tres mujeres llevaban sin vida sólo un par de horas cuando fueron encontradas y eso fue cerca de las 9 de aquel domingo.

Finalmente, Zalazar admitió haber estado en la casa del barrio Trapiche con Claudia, pero aseguró que todo estaba bien cuando abandonó el lugar y negó haber discutido con la mujer con quien mantenía una relación.

Horas después, fue trasladado a la cárcel de Boulogne Sur Mer y quedó alojado en el pabellón 5, donde van a parar los agresores sexuales y quienes tienen causas por violencia de género.

El recuerdo de una escena tremenda

El triple crimen del Trapiche, uno de los casos más brutales de los que se tenga registro en la provincia, también impactó a Garay, quien en esa época era fiscal de Homicidios.

“Fue un día difícil porque tuvimos que trabajar con mucha presión. Fue muy vertiginoso: salir de la escena e ir a la comisaría ya que habían detenido al sospechoso, hacer una improvisada cámara Gesell con el niño de 8 años”, recuerda el investigador.

“Como 40 minutos después de que habíamos llegado al lugar, al que sólo había entrado Científica, dije: ‘Voy a entrar’ y me puse la ropa que usan los peritos. Revisé las habitaciones, vi los cuerpos, los peritos me explicaron la mecánica de los hechos. En eso vi una vela encendida y la apagué. Yo no sentía olor a gas pero a los pocos segundos salió la gente de Científica apurada y nos dijo: ‘Vamos, que había dejado las hornallas prendidas’”, relata y los hechos se agolpan en su cabeza en un recuerdo vívido.

Y detalla: “Un cuerpo (el de Marta) estaba en un pasillo, otro (el de Claudia) en la mitad de la cocina y la mujer más grande (Vicenta) estaba sobre la cama, casi cayéndose. Los niños ya habían sido llevados en ambulancias y el nene de 8 años horas después dio detalles muy concretos”.

 

“Fue uno de los casos más importantes y más feos que he vivido en mi carrera. De verlo yo directamente ha sido uno de los más bravos que me han tocado. También tuvimos mucha suerte porque encontramos el cuchillo al que le faltaba la punta y la otra parte estaba en el cuerpo de una víctima”, reconoce Garay a modo de balance.

La suma de pruebas de la locura

La declaración del pequeño que logró zafar del brutal ataque de Daniel Zalazar fue probablemente la principal prueba que comenzó a hundir al “Karateca” en la causa.

Cuando sólo habían pasado unas horas del triple crimen, en la siesta del 23 de octubre el menor declaró en una improvisada cámara Gesell.

Garay no esperó los tiempos burocráticos de la Justicia para pedir ese estudio y le tomó declaración en una entrevista que fue filmada ante una psicóloga y una asistente de menores. Pero el nene no pudo aportar datos sobre el detonante del ataque. “Teníamos el riesgo de que si pasaba uno o dos días hasta poder hacer una cámara Gesell, el niño se bloqueara y no quisiera hablar o que le insertaran ideas en la cabeza”, recuerda el fiscal.

Al relato del pequeño le había precedido el de su hermano Lucas, apuñalado por Zalazar en su dormitorio, quien antes de quedar internado en grave estado, les señaló a policías y a médicos a su instructor de artes marciales como el autor de las agresiones.

A medida que pasaban los minutos, la pesquisa seguía sumando pruebas contra el único sospechoso a un ritmo vertiginoso. El departamento de la calle Infanta de San Martín, en pleno Centro donde el sospechoso vivía con su hermana, fue allanado. Allí los sabuesos secuestraron ropa con manchas de sangre.

Horas después, en un golpe de suerte o por capricho del destino, los investigadores se encontrarían con elementos claves para la causa. El lunes 24 a la tarde, unos cuidacoches que trabajaban en calle Primitivo de la Reta, entre Vicente Zapata y Rondeau, descubrieron en un contenedor de basura una bolsa cuyo contenido les resultó extraño, por lo que llamaron a la Policía.

La bolsa descartada contenía un pantalón, un buzo, zapatillas deportivas, zoquetes, una campera de color negro de polar en cuyos bolsillos había guantes de látex, una tijera, gasas y un cuchillo tipo Tramontina partido a la mitad. Todos los elementos estaban empapados en sangre, que todavía se conservaba húmeda.

Las pericias constataron luego que las huellas levantadas del cuchillo eran las de el “Sabon” y los fragmentos de hierro retirados de la cabeza de Lucas en el hospital Notti correspondían a ese elemento cortante con el que había perpetrado el ataque.

Los mensajes y llamados rescatados de los teléfonos de Zalazar y de Claudia Arias marcaron el recorrido del hombre. En la casa de las víctimas, el perfil genético del asesino invadía cada ambiente, por lo que se lo ubicaba rápidamente en la escena. Sus rastros de ADN fueron hallados en muestras de sangre tomadas en una reja, una heladera que estaba en el patio, dos cuchillos, en una tijera, en la ropa secuestrada, en el Chevrolet Astra estacionado en la cochera.

 

Además, los especialistas de Policía Científica separaron en un cuchillo material genético del “Karateca” y del niño de 11 años apuñalado. Como si fuera poco, Zalazar había dejado una huella de su zapatilla ensangrentada.

En la tijera hallada en el contenedor de residuos céntrico había rastros de ADN de Claudia y de su tía Marta. En las uñas de las víctimas quedaban restos de piel de Zalazar.

Admisión y condena

El silencio y las negaciones del autor de la masacre terminaron, en parte, el 26 de septiembre de 2017. En un juicio abreviado, acordado entre la defensa y el fiscal de cámara, Alejandro Iturbide, la Quinta Cámara del Crimen lo condenó a prisión perpetua.

Perpetua. Zalazar deja la sala de audiencias tras confesar y ser condenado

“El karateca” fue hallado culpable de los delitos de “homicidio agravado por mediar relación de pareja y por ser cometido mediando violencia de género en perjuicio de Claudia Lorena Arias”, su ex pareja. A ello sumó condenas por “homicidio agravado por ser cometido para procurar su impunidad en perjuicio de Marta Ortiz y de Vicenta Díaz”.

En el caso de la anciana se sumó la figura de la alevosía a la sentencia.

El tribunal también consideró que el profesor de taekwondo fue responsable de “tentativa de homicidio agravado por ser cometido para procurar su impunidad” en perjuicio de  los niños.

Sólo en esa instancia judicial el condenado reconoció la autoría de los hechos y recibió la pena máxima. Así evitó la exposición mediática que hubiera debido afrontar en un juicio oral y obtuvo otro “beneficio”: pidió ser trasladado a una cárcel en Santa Cruz, donde vive su familia.

Con el abreviado, los familiares de las mujeres asesinadas evitaron la exposición de los niños, que tendrían que haber declarado durante el debate, y la consecuente revictimización. Tras la audiencia condenatoria, Miriam Ortiz, tía de Claudia, admitió: “Aceptamos este juicio por la salud de los chicos. Ellos se están recuperando. El más grande recuerda el hecho con mucho dolor y dice que tiene el corazón partido porque no está su mamá”.

Durante el breve debate, el condenado no pronunció palabra alguna de arrepentimiento. Sólo se limitó a mirar fijo a los familiares de sus víctimas.

Afortunada o milagrosamente, la vida siguió para los tres pequeños hijos de Claudia.

Pero su abuelo materno resumió horas después de los crímenes los sentimientos de todos ellos: “Nos destrozaron, destrozaron a mi familia. Es un dolor inmenso, irreparable, ha sido una masacre”.