Opinión Domingo, 22 de marzo de 2020 | Edición impresa

Tres reglas para la pandemia de Trump - Por Paul Krugman

Por Paul Krugman - Premio Nobel de Economía

Así que Donald Trump ahora le llama a la COVID-19 “el virus chino”. Por supuesto: el racismo y culpar a otros por sus propios fracasos son las características que definen su presidencia.

Pero si vamos a ponerle un apodo, es mejor referirse a este virus como la Pandemia de Trump.

Es cierto, el virus no se originó en Estados Unidos. Pero la respuesta de Estados Unidos a la amenaza ha sido catastróficamente lenta e inadecuada, y la bolita se detiene con Trump, quien minimizó la amenaza y desalentó la acción hasta hace unos cuantos días.

Comparemos, por ejemplo, el manejo del coronavirus en Estados Unidos con el de Corea del Sur.

Ambos países reportaron su primer caso el 20 de enero, pero Corea del Sur de inmediato implementó las pruebas generalizadas; ha usado los datos de las pruebas para orientar la distancia social y otras medidas de contención y la enfermedad parece estar en decadencia en ese país.

En cambio, en Estados Unidos, las pruebas apenas comenzaron; solo hemos efectuado la prueba a 60.000 personas, en comparación con las 290.000 de Corea del Sur, aunque tenemos seis veces más su población y la cantidad de casos aquí parece estarse disparando.

Los detalles de nuestro fracaso son complejos, pero todos se derivan en última instancia de la minimización de la amenaza por parte de Trump: apenas la semana pasada, afirmaba que la COVID-19 no era peor que la influenza (aunque es cierto, ahora afirma haber sabido todo el tiempo que se avecinaba una pandemia).

¿Por qué Trump y su equipo niegan y retrasan?

Toda la evidencia sugiere que no quiere hacer o decir nada que pueda hacer que disminuya el precio de las acciones, cosa que parece considerar la medida clave de su éxito.

Tal vez por eso ya desde el 25 de febrero Larry Kudlow, el economista jefe del gobierno, declaró que Estados Unidos había “contenido” el coronavirus, y que la economía estaba “aguantando bien”.

Bueno, esa fue una mala apuesta. Desde entonces, la bolsa de valores más o menos se ha olvidado de todas sus ganancias obtenidas durante la presidencia de Trump.

Más importante, la economía está claramente en caída libre.

Entonces, ¿qué deberíamos hacer ahora?

Les dejaré las políticas sanitarias a los expertos.

En cuanto a las políticas económicas, sugiero tres principios.

Primero, centrarnos en las dificultades, no en el PIB.

Segundo, dejar de preocuparnos por los incentivos para trabajar.

Tercero, no confiar en Trump.

Respecto al primer punto: muchas de las pérdidas de empleos que experimentaremos en los próximos meses no solo serán inevitables, sino en realidad deseables.

Nosotros queremos que los trabajadores que están o podrían estar enfermos se queden en casa, para “aplanar la curva” de la propagación del virus.

Queremos cerrar total o parcialmente los grandes establecimientos comerciales, como las plantas de autos, que podrían actuar como placas de Petri humanas.

Queremos cerrar los restaurantes, los bares y los establecimientos de venta minorista que no son de necesidad básica.

Ahora, seguramente habrá pérdidas de empleos adicionales e innecesarias ocasionadas por una caída en el gasto de los consumidores y las empresas, razón por la cual deberíamos implementar un estímulo general importante.

Sin embargo, las políticas no pueden, y no deberían, evitar la pérdida generalizada y temporal de empleos.

Lo que las políticas pueden hacer es reducir las dificultades que enfrentan quienes están provisionalmente sin trabajo.

Eso significa que necesitamos gastar mucho más en programas como la licencia por enfermedad con goce de sueldo, las prestaciones para el desempleo, los cupones de comida y Medicaid que ayude a los estadounidenses en desgracia, que necesitan mucha más ayuda de la que obtendrán de una dádiva de dinero en efectivo en general.

Este gasto también proveería un estímulo, pero esa es una preocupación secundaria.

Esto me lleva a mi segundo punto. Los sospechosos habituales ya están objetando que ayudar a los estadounidenses necesitados reduce su incentivo para trabajar.

Ese es un pésimo argumento incluso en los buenos tiempos, pero es absurdo ante una pandemia.

Y los gobiernos estatales que, alentados por el gobierno de Trump, han estado tratando de reducir la asistencia pública mediante la imposición de requisitos laborales deberían suspender todos esos requisitos de inmediato.

Por último, en relación con Trump: en los últimos días la televisión estatal, digo Fox News, y los comentaristas de la derecha han pasado de manera abrupta de desechar a la COVID-19 por ser un engaño liberal a exigir que se acaben todas las críticas al presidente en un momento de emergencia nacional.

Esto no debería sorprendernos.

No obstante, aquí es donde la historia de la pandemia de Trump —y todas esas semanas desperdiciadas cuando no hicimos nada porque Donald Trump no quería saber sobre nada que lo dañara políticamente— se vuelve relevante.

Demuestra que incluso cuando las vidas estadounidenses están en riesgo, las políticas de este gobierno solo tienen que ver con Trump, lo que piensa que lo hace verse bien, sin importar el interés nacional.

Esto significa que mientras el Congreso asigna fondos para reducir el dolor económico de la COVID-19, no debería darle a Trump ninguna autoridad para decidir cómo se gasta el dinero.

Por ejemplo, aunque tal vez sea necesario proveer fondos para algunos rescates empresariales, el Congreso debe especificar las reglas que definen para quiénes son esos fondos y en qué circunstancias.

De lo contrario saben lo que ocurrirá: Trump abusará de su autoridad para recompensar a sus amigos y castigar a sus enemigos. Así es él.

Lidiar con el coronavirus sería difícil en la mejor de las circunstancias; será particularmente difícil cuando sabemos que no podemos confiar ni en el juicio ni en los motivos del hombre que debería estar encabezando la respuesta.

Pero estamos entrando a una pandemia con el presidente que tenemos, no con el presidente que desearíamos tener.

(The New York Times. 2020)