Sociedad Domingo, 15 de diciembre de 2019 | Edición impresa

Talla baja: historias de burlas, adaptación y reconocimiento

Acostumbrada desde siempre a diversos tipos de discriminación, la gente con enanismo en Mendoza exige respeto.

Por Facundo García - Especial para Los Andes

“Una vez nos anotamos en un campeonato de fútbol con varios compañeros de talla baja. Entrenábamos y hasta habíamos conseguido un técnico. Nos fue bien: tan bien, que llegamos a la final. El día en que se definía la copa, en el Club Biritos, nuestro técnico trajo a gente alta. Quería que ellos nos reemplazaran porque decía que así había más posibilidades de ganar”. Franco Silva (32) y Miguel Riveros (31) todavía recuerdan aquel partido con dolor: “¡Pero nosotros habíamos llegado a la final! ¡Nosotros, no ellos! Y nos habíamos esforzado tanto”.

Ocurrió hace casi una década. En aquella ocasión, Franco y Miguel se tragaron la rabia. Hoy no tolerarían semejante afrenta, porque después de siglos las personas de talla baja están empezando a exigir sus derechos. Y de paso aclaran que no quieren que se los llame “enanos”, porque es una palabra agresiva: “Somos como cualquiera y podemos hacer lo que nos propongamos”, avisan. 

 

La charla con Los Andes sucede en una mañana soleada, entre mate y facturas. Los de más edad reconocen que el camino fue cuesta arriba: “Hemos tenido que escuchar chistes de mal gusto durante casi todas nuestras vidas. Un día viene uno y te dice ‘eh, Tarzán de maceta’, y te lo tomás con gracia. Pero se convierte en algo permanente, y ahí se te agota la paciencia. Sí, somos bajos, del mismo modo que vos sos rubio, negro, alto o flaquito ¿cuál es el problema?”, lanza Kevin Lobo Guevara (26). Tiene los brazos tatuados y acaba de trasnochar en una discoteca. 

 

Su relato es el de muchos que sufrieron el estigma en carne propia. “Por eso me puse a boxear y ahora estoy en los Cóndores, un equipo de fútbol americano”, advierte.

Las primeras anécdotas son historias de bullying y soledades; de amigos adolescentes que “pegaban el estirón” mientras ellos esperaban. 

Sin embargo esas penas son solo una capa superficial. Al cruzar las barreras del prejuicio, se revelan biografías inspiradoras, llenas de pragmatismo y valentía. 

 

Batallas cotidianas

Asomarse a la rutina de las personas de talla baja significa descubrir, por ejemplo, que hay mendocinas y mendocinos que adaptan los hogares a su estatura. 

Maxi Vera es padre de Matías (10). Cuando supo que su hijo iba a ser bajito, remodeló la casa. “Bajamos todo. La mesa, la cocina, la heladera”, detalla. Cerca, Joaquín Bulfon (11) no tiene pudor en mostrar cómo se sube a un banquito para sacar agua de una canilla. “Si no, no llego”, justifica.

 

Al medir menos de un metro y medio, las escalas se modifican. El lavatorio es una torre, los picaportes se alejan. Y las perillas de la luz. Y los inodoros. Las alacenas, el ropero, las cerraduras. Cada espacio de las casas –y de las ciudades– fue pensado en función de un cuerpo estándar que no siempre coincide con la realidad. 

“En mi casa no está todo adaptado. Yo uso escaleras y sillas para alcanzar lo que necesito”, explica Miguel. Su amigo Franco aporta: “Como yo tampoco alcanzo, ando a los escobazos para apagar o encender la luz. En mi infancia mi viejo me retaba: ‘Che, ¡dejá de romperme las perillas!’. Y yo seguía a los escobazos”.

 

Si en las casas la adecuación es relativamente sencilla, la calle implica un territorio de desafíos. Para manejar autos se añaden unas abrazaderas a los pedales y listo. 

En cambio tomar un colectivo puede ser peligroso: la mayoría de los escalones de ascenso y descenso no están adaptados, y –si no se presta atención– cada trayecto puede ser el último.

Comprar ropa es otra instancia complicada. Miguel, elegante con su camisa, se ofusca al comentar que cuando no encuentran su talle le ofrecen prendas para niños. Kevin sonríe, superado: “Bah. Yo directamente entro y les digo: mirá, ando buscando ropa de niño que me quede bien”. 

El grupo ríe y añade que en los bares y discos también hay que remarla. “Imaginate que te acercás a la barra de un boliche para pedir un trago –ilustra Franco–. ¡Sacudís las manos pero el tipo no te ve! Así que yo directamente me meto del otro lado de la bacha y le digo a quien esté a cargo: ‘Loco, hace una hora que estoy esperando’ ¿Cómo puede ser que no piensen en nosotros?”. 

 

A fuerza de reclamos y razones, algunos sitios han empezado a cambiar. Es el caso de El Rinconcito, una cervecería ubicada en Godoy Cruz, que –según cuentan– hasta abrió un espacio VIP para gente de estatura baja.

El tiempo está a favor de los pequeños

Los petisos tenían un rol protagónico en algunas mitologías antiguas. “De acuerdo a muchas tradiciones, hemos sido grandes forjadores y guardianes de conocimientos”, destacan los entrevistados. Hoy hay ficciones exitosas que recuperan aquel prestigio. La presencia de Tyrion Lannister en “Juego de Tronos” o las aventuras de Frodo y sus compadres hobbits en “El Señor de los Anillos” son dos muestras de la tendencia.

Pero Mendoza no es la Tierra Media, y las personas bajitas de aquí se reúnen para juntar fuerzas ante un contexto frecuentemente hostil. 

“Lo que más te cansa es tener que ganarte el respeto de los otros todo el tiempo. Hagas lo que hagas, te obligan a esforzarte el doble para ser reconocido”, confiesa Miguel. 

 

Quedan pocas facturas y el mate está lavado. Los muchachos coinciden en afirmar que son felices. Empujan, van para adelante. “Tenemos las mismas capacidades que vos. A lo mejor no nos ves, pero estamos”, insiste Franco, que combina la reparación de computadoras con una promisoria carrera en el hip hop. Miguel ayuda en una panadería; Kevin es tatuador, Joaquín y Matías estudian. 

“¿Ves? Estamos en todas partes”, remarcan ellos, y sus voces se mezclan. “Miranos: trabajamos en la construcción, en negocios, en las municipalidades. Cargamos carretillas, cortamos fierros, somos artistas y profesionales. Solo pedimos que nos vean y nos reconozcan”.

 

Un desafío gigante

La Asociación de Personas de Talla Baja Mendoza es una entidad que lucha por la inclusión. Para alcanzar este objetivo, el deporte cumple un rol fundamental. De ahí que se haya creado una selección provincial de fútbol con jugadores de esa contextura.

 El combinado local ya cosechó numerosas victorias, y ver la garra que le ponen sus integrantes conmueve al más pintado. Franco Silva, por ejemplo, se planta en la punta, de goleador, a pesar de tener 39 tornillos incrustados en la columna vertebral. “Me operaron de chico, ya me acostumbré”, matiza él.

 

Tanto éxito ha tenido la iniciativa, que uno de los jugadores, Luciano Ortiz, fue convocado para la selección argentina de talla baja y el año que viene participará de un campeonato en Europa. Sus amigos lo están ayudando a recaudar fondos para concretar la aventura. Más información en Facebook: @A.C.tallabajamendoza