Opinión Martes, 14 de mayo de 2019 | Edición impresa

Sin coalición no veo salida - Por Dr. Eduardo Duhalde

Por Dr. Eduardo Duhalde - Expresidente de la Nación

En 2011 escribí el libro “Humanización o Megabarbarie” y en un tramo del prólogo afirmé que: “vivimos en una sociedad global que nos ofrece posibilidades de conexión sin precedentes, en la que la revolución de las tecnologías de la comunicación y de la informática ha transformado nuestra manera de percibir y actuar frente a la realidad. Formamos parte de una sociedad que ha sido testigo del desvanecimiento de los lazos solidarios y comunitarios ante la irrupción del individualismo, el pragmatismo utilitario y la preeminencia de lo efímero”.

En otras palabras hablo del  desarrollo de lo material en detrimento de lo espiritual, algo que dio lugar al nacimiento de una nueva deidad: El dinero.

Si resalto esto último es porque a diario se observa que cuando se habla de valores siempre se piensa en lo que se puede conseguir mediante un intercambio financiero, mientras que lo espiritual, eso que debiera ser verdaderamente valorizado, está por el contrario en proceso de desvalorización afectando seriamente a lo social y a la familia.

Hoy, ocho años después veo que estamos atravesando una situación de Megabarbarie donde, por sólo dar un ejemplo, en los noticieros de televisión están obligados a informar que las imágenes son inconvenientes para menores de 16 años. Y no es que mal de muchos sea consuelo de tontos, pero esto que nos sucede también se ha globalizado. Tristemente lo padecen poblaciones en otras partes del mundo.

En medio de todo este desajuste, nos enfrentamos a un cuadro de una enorme gravedad institucional. Mientras la mayoría de políticos y analistas sostienen que es posible salir mediante  un gobierno partidario, yo vengo sosteniendo desde hace muchos años que la solución vendrá de la mano de una coalición; un acuerdo de diálogo y colaboración de las principales fuerzas políticas que aseguren medidas consensuadas y gobernabilidad.

En la Argentina hubo sólo dos grandes coaliciones y ambas las pude llevar adelante contando con el acompañamiento de un coprotagonista de lujo: el doctor Raúl Alfonsín.

La primera experiencia fue cuando me hago cargo de la Gobernación de la provincia de Buenos Aires.

En 1991 asumo bajo un Compromiso Ético de 10 puntos, entre los que se destacaban: la eliminación de la corrupción a nivel estructural y la necesidad de construir un ámbito de convivencia con todos los elegidos para ocupar cargos legislativos y también en los partidos de los que provienen. De inmediato lo llamé a Alfonsín y le pedí su opinión, en líneas generales estuvo en un todo de acuerdo.

Fue así que de inmediato le ofrecí gobernar juntos. Sorprendido, me pidió que le aclarara en qué condiciones le hacía esa propuesta que yo llamaba “coalición”.

—Muy simple Don Raúl, la gobernanza moderna tiene dos funciones esenciales, una de ellas es la de administrar los fondos, y de eso me voy a encargar yo junto a mi equipo; la segunda, de igual importancia, es el control del funcionamiento del Estado. Todo eso le va a corresponder a su partido.

—¿Qué es todo?, me preguntó.

—Todo es todo, y para ser más claro: la Fiscalía del Estado provincial, la Tesorería, el Tribunal de Cuentas del Organismo provincial y el de cada uno de los municipios y el control que requiera cada organismo descentralizado: creado o por crearse.

La inmediata aceptación de parte de Don Raúl Alfonsín dio lugar al nacimiento de una inédita forma de gobernar bajo un nuevo paradigma: “El que gana gobierna y el que pierde también gobierna”.

La segunda práctica la vivimos nuevamente juntos en 2002 cuando me tocó asumir la Presidencia de la Nación.

El 31 de diciembre de 2001, luego de la renuncia de Adolfo Rodríguez Saá, estaba en mi casa preparando la mesa para despedir el año y me llama el doctor Alfonsín para instarme a asumir la presidencia de la Nación y me dice: “Duhalde, usted va a ser responsable de una matanza en la Argentina. Piénselo, tómese una hora pero esto no aguanta más porque se está incendiando el país”.  

Una hora más tarde me volvió a llamar y en ese momento le exigí como condición algo que para mí no era negociable: “Yo pienso armar un gabinete de siete ministros integrado por justicialistas, un desarrollista y por lo menos tres de su partido. Para asumir voy a necesitar un fuerte respaldo. Voy a requerir por lo menos el quórum y en lo posible los votos del radicalismo en el Senado y en la Cámara de Diputados con los que usted me pueda ayudar. Pero, además, necesito que usted me apoye y me envíe ministros suyos. Que se sepa que están al lado suyo y que tengan buen consenso en el Parlamento”.

La respuesta de Alfonsín fue de una generosidad y un compromiso con los intereses del país que no voy a olvidar jamás: “Delo por descontado. De hecho, yo ya había pensado en quiénes le pueden ayudar”.

Sin perder tiempo, me recomendó a Horacio Jaunarena, quien ya se había desempeñado como ministro de Defensa en la presidencia de Alfonsín y en la de De la Rúa, y a Jorge Vanossi, un experimentado profesional del Derecho, para Justicia. Ambos, excelentes personas, políticos de gran vocación y con experiencia parlamentaria. Una vez más, Don Raúl lo había hecho posible. Recuerdo que cuando en Casa de Gobierno me preguntaron qué bastón presidencial prefería para la ceremonia de asunción, no tuve duda alguna. Pedí usar el que había llevado Raúl Alfonsín.

¿Qué quiero demostrar con estos ejemplos?, que aún en el peor de los contextos, solamente un candidato dispuesto a aceptar una coalición de gobierno puede sacar al país de una crisis recurrente y en apariencia sin solución.

Hoy más que nunca estoy convencido de que a diez años de su partida, sería un gran homenaje reinstalar las grandes coaliciones y así terminar con los enfrentamientos que tanto daño le hicieron, y le siguen haciendo a la democracia de nuestro país.