Opinión Espectáculos Sábado, 19 de enero de 2019 | Edición impresa

“Roma”: Alfonso Cuarón, su aldea… y la nuestra - Por María Eugenia Muñoz

Por María Eugenia Muñoz - Directora teatral mendocina radicada en Madrid

El filme “Roma” del  director mexicano Alfonso Cuarón es tan cercana a nuestra historia que podría ser un flashback sentimental hacia los años setenta mendocinos. La película, que cuenta con dos flamantes Globos de Oro (mejor película de habla no inglesa y mejor dirección), ha recalado en España vía Netflix y en cines, y  no ha dejado indiferente al público latino que vive en España. Es notable el recorte etnográfico que nos ofrece con su radiografía afectiva de un barrio como Roma y una calle, la suya, que podría ser una de las nuestras, una vereda de cualquier sección cercana al centro.

En ese marco, al son de una respiración matizada por sus neorrealistas contrastes de luces y sombras, se erige una casa que guarda en su interioridad una figura entrañable para el director y nunca indiferente para quienes fuimos niños en aquellos años: la de la empleada doméstica, la de la  chica “cama adentro”.

La crítica especializada española ha coincidido, unánimemente, en señalar a “Roma” como una obra maestra, aunque hay ambivalencias de opinión con el público local, quien no alcanza a digerir totalmente la lentitud y la falta de conexión con su historia -recién en los ochenta la mujer se incorpora masivamente al mercado laboral y la categoría de muchacha “cama adentro” cuidadora del hogar no era en los setenta nada común, con excepción de las criadas o “sirvientas” de familias muy adineradas.

Verla es también un déjà vu de épocas convulsas y de cruentas manifestaciones populares y, al mismo tiempo, a un antiguo y silencioso crimen social. La usura que nació, amparándose en el vacío legal en las contrataciones del servicio doméstico,  sumada a la necesidad de padres y madres que trabajaban durante jornadas completas para mantener familias de más de tres hijos. Muchas de  estas chicas, la mayoría menores de edad, que venían de departamentos lejanos, las que eran  tratadas como una más de la familia, terminaron en la pobreza, a la intemperie de la sociedad, malviviendo con hijos trabajadores unas,  sobreviviendo de la caridad, otras, sin acceso a una jubilación mínima que les garantizara una vejez aceptable. Si llegaban.

A diferencia de este costumbrismo nada común en la España de los setenta,  nosotros nos hemos criado con ellas. ¿Cómo olvidarlas? Ojos rasgados, de mirada tímida y huidiza, movimientos de torpeza y miedo y a la vez bravura; un experimentar la vida según la suerte de patrones que les tocaran, de niños más o menos educados y de adolescentes y no tanto, con los que muchas veces cumplían un predecible -u obligado- debut sexual. Confidentes de nosotras y  de nuestras madres, poniendo el pecho a las reyertas callejeras de “sus niños”, el creador mexicano ha sabido atravesarnos al emparentarnos con su biografía. Cuarón nos hermana, desde el interior de una casa, donde una chica “cama adentro” parpadea, como tantas otras, el impiadoso color de la nostalgia.