Sup. Cultura Sábado, 16 de junio de 2018 | Edición impresa

Pura poesía

Por Juan Pablo Lemos

"Nunca había escrito, ni para formar equipos cuando jugábamos a la pelota en el barrio, en
el barro.

Nunca llené un diario personal de mi rutina de niño, y pegaba sólo apenas una palabra en
los crucigramas.

Guardé mis recuerdos en el interior de un imaginario poderoso para ser el viejo que deseo
ser.

Saco poesía de aquel pasado para volverlo tan presente como se pueda, como quiera.

En el patio había un parral de uvas redondas y dulces, una blancas, otras tintas. Poesía.

En el medio de su sombra colgado un columpio casero hecho con una goma. Poesía.

Siempre hubo un perro en el fondo, hembra o macho, que heredaba del anterior, una cucha
y aquella cobija desgastada de plumas. Poesía.

Cada ambiente de mi casa de niño tenía un alma o una vida propia, así fuera un árbol
deshojándose. Poesía.

Tener algo caliente en la panza era fundamentalismo para lo que viniera en el día, así sea
una sopa de letras. Poesía.

Mi cuerpo no se quedaba quieto, amaneciendo de un salto, odiando las siestas encerrado,
necesitaba el vértigo de la velocidad o las alturas. Poesía.

Cada frontera geográfica trazada en el último paseo debía ser traspasada, transgredida.
Poesía.

La calle, el campito, la villa, el tanque, las cunetas, los yuyos, el zanjón, la represa, el cielo,
la montaña, el parque, la luna. Poesía.

Jugar era la única opción, la mancha, la escondida, la bici, la pelota. Poesías.
La mancha era la gran metáfora de huir, escapar de aquello que anda manchado, sucio.
Poesía.

La escondida era la fábula de vivir algo intenso, visceral, de cuidarnos sin que nos vean y
esperar al final para salvar a los otros. Poesía.

La bici, mi primera moto, era lo más terrenal parecido a volar, viento y aire pegándote sobre
toda la piel. Poesía.

La pelota, sí la pelota, era el juego, objeto y objetivo, del equipo queriendo triunfar sobre
otro para después festejar riendo juntos. Poesía.

Y más poesía, cuando un partido cualquiera sin trofeos ni motivos, una jugada cualquiera de
pelota dividida, en un lateral, raspé mi pierna con el ripio.

La poesía se instalaría en mi pecho, cuando viera su mirada en cara llena de tierra, ella era
de otro barrio, de otro universo, quizá de donde nacen los ángeles.

Una poesía su sonrisa al verme casi lagrimear del dolor, entonces sacó barro del costado
de la cancha y lo puso en mi lastimadura.

No recuerdo el color de sus ojos, nunca supe su nombre, sólo me curó de por vida, giró y se
fue con sus ropitas de niña y su pelo despeinado. Poesía pura.”

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