Editorial Jueves, 12 de septiembre de 2019 | Edición impresa

Política internacional, política de Estado

Es de esperar que sea cual fuere el gobierno en diciembre en la Argentina, la política exterior no se ideologice como en otros tiempos.

Por Editorial

Si hay una política que debe estar por encima y más allá de las coyunturas es la referida a los asuntos internacionales, porque la única manera de consolidar una relación conveniente con el mundo es, sea cual fuere la política particular que se siga, la de la continuidad en el tiempo para ganar la confianza de las naciones, ya que ese es el punto de partida para la llegada de inversiones y para que el comercio se intensifique favoreciendo la exportación de nuestros productos.

El gobierno anterior al actual se caracterizó por una errática política internacional que primero fijó una crítica general hacia lo que ideológicamente calificaron como “neoliberalismo”, lo que en los hechos significaba un alejamiento de Estados Unidos en particular y en algún sentido también de la Unión Europea. Y en la última gestión de la señora Cristina Fernández de Kirchner, ese rechazo a los países más desarrollados de Occidente se fortaleció con el establecimiento de una alianza muy profunda con los países llamados “bolivarianos” encabezados por la Venezuela chavista y la Cuba castrista, a lo que se sumó el Ecuador de Correa.

En conjunto esos países, entre los que se incluyó centralmente el nuestro, más que contra en neoliberalismo, lo que definieron fue una política de rechazo a la globalización a cambio de extrañas alianzas como por ejemplo con la teocracia iraní que pasó a ser el símbolo de la antiglobalización y de la regresión.

Con la asunción del gobierno de Cambiemos, esa política giró 180 grados y nuevamente se volvió a Occidente, manteniendo relaciones muy elaboradas con Estados Unidos y procurando ampliar en todo lo posible la conexión con la Unión Europea. Se definió junto con una gran cantidad de países latinoamericanos y de otras partes del mundo el rechazo al creciente autoritarismo lindante en lo dictatorial de la Venezuela conducida por Nicolás Maduro. Y se establecieron relaciones entre los países latinoamericanos más enfocadas en los intereses económicos compartidos que en las coincidencias ideológicas que siempre suelen ser más contra alguien que a favor de algo.

Ahora, otra vez se aproxima un cambio de gobierno en la Argentina, y existen posibilidades ciertas de que el partido o coalición que gobernaba antes de Cambiemos pueda retomar al poder, lo que parece indicar el contundente resultado favorable en las PASO, de díficil posibilidad de remontar para el oficialismo actual.

Es de esperar que si eso ocurriera, no se produjera otro cambio en la política internacional que ahora está nuevamente abierta al mundo y tratando de participar en el sistema global a partir de su propia identidad y sus propios intereses. Algo que ha sido reconocido por casi todos los países del mundo y que ha jerarquizado internacionalmente a nuestro país.

No se trata de tener una alianza en particular con algún país aunque sea una potencia, sino de equilibrar las relaciones para que el mundo entero sea una oportunidad para los argentinos y para los productos que buscan exportar. Y es en ese sentido que hemos avanzado bastante, por lo cual sería un grave error dar marcha atrás, en particular retornando al bolivarianismo que nos encerró y aisló de los demás países y nos sumió en la intrascendencia internacional, por decir poco.

Si por algún tipo de sesgo ideológico diferenciador, el probable futuro gobierno aspirase a variar algunos contenidos de la actual política exterior, nada de ello debería ser un obstáculo para continuar lo bueno que se hizo en estos años. Vale decir, si como ha indicado el principal candidato opositor, en caso de arribar al poder se pretende una alianza con países de gobiernos más del tipo progresista de izquierda como España, Uruguay, Portugal, Bolivia o México, nada habría en principio que objetar si se suman relaciones sin oponerlas a las existentes.

Del mismo modo, si se quiere, como algunos han propuesto, revivir el Unasur, tampoco habría nada de malo en ello pero siempre y cuando se convierta en una integración continental de países que no esté basado en la ideología sino en los intereses de todos los países miembros para abrirse más fortalecidos al mundo. 

En síntesis, que la única posibilidad de trascender internacionalmente es si somos capaces de sumar y abrirnos en lugar de restar y encerrarnos en nosotros mismos.