Opinión Sup. Economía Domingo, 29 de septiembre de 2019 | Edición impresa

Pese a la devaluación, las exportaciones no reaccionan - Por Rodolfo Cavagnaro

Las últimas devaluaciones no han sido competitivas para la economía en general, salvo para las materias primas.

Por Rodolfo Cavagnaro - Especial para Los Andes

Las promesas de muchos candidatos para las próximas elecciones son de asegurar a as empresas un “tipo de cambio alto”. En las declaraciones políticas nunca se aclara si esa tasa de cambio será alta en términos nominales o en términos reales. Y la diferencia es fundamental porque en los últimos años la devaluación fue acompañada por un ajuste inflacionario que neutralizó los efectos buscados con la devaluación.

En primer lugar hay que dejar claro que en Argentina ya no se puede pensar en un tipo de cambio competitivo si no se controla la inflación, por un parte. Y por la otra, también debe quedar claro que uno de los aspectos que atentan contra dicha competitividad es el peso de Estado, la carga impositiva sobre el sector privado. Y lógicamente, todo se agrava cuando a pesar de la presión impositiva se gasta más de lo que ingresa y hay déficit fiscal.

Toda esta situación ya no se corrige con una simple devaluación porque la pérdida de valor del peso está generad por la inflación y la devaluación solo busca compensarla, pero la acelera más. Esto es más grave cuando el gobierno intenta mantener “pisado” el tipo de cambio pero no pisa o disminuye el gasto público. Al final, el mercado ajusta solo si el gobierno no lo hace a tiempo y en forma prolija.

La balanza comercial de agosto dejó un magro saldo favorable de u$s 1168 millones, similar al del mes anterior, y decimos “magro” porque, pese al salto devaluatorio, las exportaciones solo crecieron un 7,5%, mientras las importaciones cayeron un 30,3% medidos en términos interanuales. Los que registraron el mayor salto fueron los productos primarios, que crecieron un 38,6% en Agosto, mientras que los bienes agroindustriales crecieron un 0,6% y las manufacturas de origen industrial cayeron un 8%, por el peso que tiene las menores ventas de las automotrices

Esto quiere decir que el saldo se consigue no por virtud sino por defecto. La caída de las importaciones está vinculada a un menor ritmo de actividad económica, a la aguda recesión, pero subsisten interrogantes acerca de la falta de respuesta de las exportaciones ante la mega devaluación.

El saldo comercial hasta agosto acumula un saldo positivo de u$s 7708 millones, superando al mismo periodo de 2018, que acumulaba un saldo negativo (déficit) de u$s 6767 millones. El año 2019 se proyecta para terminar con un saldo favorable superior a los u$s 12.000 millones, siendo el más alto desde 2016. 

Los problemas que la devaluación no corrige

Esta situación está poniendo de manifiesto las tremendas distorsiones que afectan a la economía argentina que hacen que, pese a las devaluaciones, las exportaciones no puedan recuperar competitividad, salvo las de productos primarios, básicamente commodities que no tienen valor agregado y ocupan muy poco personal.

Esto es porque el sistema impositivo argentino es totalmente regresivo, ya que su eje es gravar el valor agregado. Esa es la razón por la que las devaluaciones favorecen notablemente a las materias primas y no arrojan beneficios a los productos agroindustriales o a las manufacturas de origen industrial. Un ejemplo caro es lo que pasa con los costos laborales. El salario nominal de un trabajador está afectado por cargas patronales sumado a los aportes que se hacen a cajas de subsidios familiares y ART. 

La carga para el empleador es de casi un 40% sobe el salario nominal. Pero esto es costo que se incluye en el precio de un producto. A pesar de ser valor agregado, no puede descontarse del IVA, por lo que este impuesto agrava la carga impositiva sobre el salario y lo mismo ocurre con el Impuesto al cheque, ingresos brutos y las cargas municipales.

Otro factor que quita la competitividad es el volumen del gasto público. Cuando asumió Néstor Kirchner encontró una mega devaluación hecha por su antecesor, no pagaba deuda externa, no había paritarias y el peso del Estado llegaba al 22%. Hoy este peso supera el 38% y los precios internacionales son la mitad de los que había en 2005. Por eso los modelos no se pueden replicar. Cuando Duhalde produce la devaluación del 400%, el pass through fue del 75%. O sea que la inflación nunca llegó a compensar la brutal devaluación de 2002.

El peso del estado lleva a los aumentos de impuestos pero como, además, se gasta más de lo que ingresa, tenemos déficit y eso colabora para que aumente la inflación. El ritmo se ha vuelto tan dinámico que cualquier movimiento genera aumentos de precios por las dudas y las expectativas de devaluación, mucho más.

El tercer elemento que conspira es el costo del crédito. Este es el problema que ha generado la aguda recesión ya que la falta crédito a valores razonables no les permite a las empresas mantener un ritmo productivo ni pensar en inversiones ni a los consumidores acceder a financiamiento para adquirir bienes durables o indumentaria.

Queda claro que si no se corrigen las deficiencias estructurales será casi imposible pensar en aumentos importantes de las exportaciones y de la actividad económica, mientras que si seguimos en la carrera loca de inflación y devaluaciones terminaremos en una hiperinflación a corto plazo.