Espectáculos Martes, 9 de abril de 2019 | Edición impresa

Osvaldo Laport: “Lo físico es inherente a mi carrera de actor”

Sencillo y de bajo perfil, el actor se muestra agradecido de los que lo convocan para actuar.

Por Javier Firpo - Especial para Los Andes

Osvaldo Laport nos recibe en su pequeño camarín del Teatro Picadilly (Buenos Aires), adonde llega con tiempo para acicalarse y salir a escena sin la necesidad de estar corriendo. Le gusta aclimatarse, tomar unos mates y saludar a boleteros, acomodadores y vestuaristas.

“Rotos de amor”, la obra que está presentando, llegará al Teatro Mendoza el 12 y 13 de julio (la protagoniza junto a Gustavo Garzón, Víctor Laplace y Pepe Soriano).

Tiene las manos grandes, macizas y agrietadas, típicas de quien trabaja en el campo, y las uñas lucen con rastros de tierra. Cuenta que estuvo toda la mañana haciendo actividades caseras en su caserón de Benavidez, a una hora de Capital. Es su cable a tierra, en su hogar se desconecta haciendo de todo. “Hacer”, el verbo que más le sienta al popular actor.

 

“No puedo estar quieto, además en mi casa hay mucho aire libre –abre los brazos-, exige estarle encima todo el tiempo, de lo contrario se te viene abajo. No tolero ver cómo una pared se puede deteriorar, o me saca de las casillas notar cómo avanza una mancha de humedad. Y si un velador tiene el enchufe roto, tengo que arreglarlo, es más fuerte que yo”.

Al ratito dirá que “hacer” tiene que ver con una filosofía de vida familiar que viene desde la cuna.

-¿En qué consistía esa “filosofía”?

-Mis padres, a mí y a mis hermanos mayores, nos educaron bajo una crianza integral, más allá del género. En mi pueblo, Juan Lacaze (departamento de Colonia), yo empecé a trabajar de canillita a los 8 años porque provenía de una familia muy humilde, pero con voluntad, valores y convicciones.

Yo volvía de repartir los diarios y tenía que hacer las camas, lavar los pisos, secar los platos, hacer un pozo de agua, coser un botón o arreglar la suela del zapato. A esa filosofía me refiero, a la de estar preparado para ganarme la vida de lo que fuera y les agradezco profundamente a mis padres, que fueron sabios.

Federico López Claro

-¿Esa precoz responsabilidad te restó infancia?

-Entendía cómo eran las cosas, veía que mis viejos se mataban por nosotros y yo colaboraba, para mí era una diversión, no padecí la infancia, la recuerdo como una época de unidad familiar.  

-¿Así fue que desde chiquito el ocio y vos nunca se llevaron bien?

-Algo así…  Soy de los que tienen que estar siempre en actividad…  Desde hace un tiempo también encontré un nuevo metier, que tiene que ver con hacer esculturas con los cachivaches que tengo y que voy encontrando. Soy cachivachero, no puedo con mi genio…  y me creo que soy el nuevo Carlos Regazzoni y hago caballitos, el animal más noble y que más me conmueve…  

-¿No dependés de nadie para disfrutar?

-Tengo una hermosa relación conmigo, me entretengo fácil, no soy de los que se aburre. Lo veo como una virtud eso de saber encontrar nuevos espacios sin pensar en si me llamarán para tal o cual laburo. Creo que es una habilidad que viene desde niño, eso de la filosofía de vida…

-¿Te reclama la familia?

-Estoy presente, no soy un tipo huidizo…  Vivo con mi tres mujeres: Viviana, mi esposa; Jazmín, nuestra hija, y la suegra divina. Por lo que no hay machismo posible –se ríe ancho, como su recordado Guevarita-.

-¿Cómo es tu relación con tu hija Jazmín, de 23 años, que sigue los pasos tuyos?  

-Tengo un vínculo extraordinario, adulto, en el cual impera el diálogo. Todo se dice, todo se consulta y por sobre todas las cosas se respeta la opinión del otro.  

 

-Histórico galán de telenovelas, en tu último trabajo en “Cien días para enamorarse” interpretaste por primera vez a un abuelo, ¿cómo resultó esa experiencia?  

-¡Ni me lo digas! Vuela el tiempo no sólo en la ficción, también en la vida. Es una pesadilla –dramatiza pero divertido-. Ahora en serio, ese abuelo para mí fue una bisagra, un punto de inflexión en mi carrera, ya que tuve el eco de muchos adultos y personas mayores que se sintieron identificados con este personaje que no entendía ni quería que su nieta (rol que encarnó la joven actriz Maite Lanata) se convirtiera en hombre, pero que gracias a los guiones inteligentes de los autores, la gente mayor comprendió que estamos viviendo cambios trascendentes en la sociedad.

-Pero a pesar de encarnar a un abuelo, no dejás de pelar lomo...  

-Sí, claro, eso siempre. El viejito no se achica, y sale a darles pelea a los muchachos de veinte...

-¿Te cuidás mucho el estado físico?  

-Como rico, me doy mis gustos, pero también tomo recaudos, me cuido, hago gimnasia…  Cuesta mantener este cuerpito –se tienta-. Pero si no lo tuviera, sería un gordito feliz y a mucha honra. Ocurre que yo vivo de mi físico también, por lo que sería muy poco inteligente si no cuido el envase que tanto me ha dado de comer. Tengo que defender esta “plaza” que me ha dado la actuación.

-Muy pocos actores arriba de 60 se pueden permitir encarnar a sex-symbols...  

-No sé si para tanto, pero todavía puedo sacarme la camisa y no pasar papelones -carcajadas sinceras-. Y es cierto, no hay muchos colegas de mi generación que tengan ganas de hacerlo, y para mí sigue siendo algo placentero.

-¿No te sentís cosificado?  

-Pero sería un tarambana si pensara eso. Yo tengo que agradecer que todavía me convocan y que a alguien se le ocurre pedirme que me saque la camisa. Porque quedó para siempre la imagen Catriel, aquel inolvidable personaje que hice en “Mas allá del horizonte”, en los años ‘90, el culpable de todo, el responsable de que me empezaran a pedir que me quedara en bolainas en otros personajes. Y todavía está el público que me pide y agradece.

 

-¿Con los años no pensaste en cambiar de perfil, como ha sucedido con otros actores?

-Sí, claro, estando en la cresta de la ola tuve la poco sabia idea de querer intelectualizar mi carrera, quise ser Alfredo Alcón y me morí de hambre, dos años sin trabajo. Hasta que puse la cabeza en remojo, después me miré en el espejo y entendí que yo debía respetar mis orígenes, mi estilo de trabajo y encariñarme con los personajes que más prendieron en la gente.

-¿Renegaste de lo que te había abierto la puerta?

-Sí, fui poco inteligente, digamos. Menosprecié lo que tanto me había dado de comer y lo que me había puesto en el centro de la escena. Pero creo que esa penitencia que tuve que pagar me sirvió para recapacitar y entender que “lo físico” es inherente a mi carrera de actor.