Escribe el Lector Sábado, 28 de diciembre de 2019 | Edición impresa

Oscar Dimas Agüero, lo instantáneo y lo histórico - Por Carlos Varela Álvarez

Por Carlos Varela Álvarez - Abogado penalista

Una de las buenas cosas de Mendoza es que ha tenido y tiene personas destacadas. Desde que San Martín puso sus aposentos en la Gobernación de Mendoza la vara es alta; lo merece.

Las patricias, Nicolino Locche, Víctor Legrotaglie, Quino, Carlos Alonso, Julio Le Parc, Leonardo Favio, Fray Luis Beltrán, Aída Kemelmajer, el padre Jorge Contreras, Antonio Di Benedetto y Liliana Bodoc son, entre otros, los nombres ilustres y sin duda reconocidos por todos.

El aviso fúnebre dijo que  había muerto un abogado notable, Oscar Dimas Agüero, un negro jetón.

Polémico, de una prosa brillante, lengua filosa y una inteligencia y cultura a toda prueba; un defensor de corbata, pañuelo, gemelos y un cigarrillo negro encendido en su mano derecha.

No recuerdo si miraba de frente pero no le veías venir, con su ironía y la estrategia escondida.

Lo conocí a fines de los ’90 cuando era considerado el mejor o uno de los mejores abogados de Mendoza.

Fue decano normalizador de la Facultad de Derecho de la UNCuyo e impuso su sello a las primeras generaciones de abogados que salieron de allí. Cuando fui docente tuvimos encontronazos y me fui, creí que no lo vería más.

Me tocó litigar contra y con él. Todas las veces fueron difíciles pero aprendí cuando me venció y sentí satisfacción en la victoria. Nos mantuvimos en silencio durante años.

Hace un par de ellos comenzamos de nuevo nuestro intercambio epistolar primero por correo y luego por teléfono. Le pedí que fuera perito ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para un caso y accedió de inmediato. Se ilusionó como el que más, mandó borradores, pidió consejos, aceptó sugerencias, fue un intercambio maravilloso y, por supuesto, también aprendí. Disfrutamos ambos con el equipo legal la victoria del caso. No pudo ir a la audiencia del juicio ante la Corte Interamericana porque era el cumpleaños de su pareja. Brindamos a la distancia.

Nos volvimos a ver en largos café en la Peatonal, arreglando el mundo y, por supuesto criticándolo, seguía fumando descaradamente. Fue enormemente solidario conmigo en esta etapa final. Nos disfrutamos, siguió escribiendo sobre cuestiones legales y mandaba sus borradores, seguía siendo un actor importante aunque ya no litigara en Mendoza. Como jetón, criticó con seriedad las reformas actuales en materia procesal penal y cuestionó las intromisiones del Ejecutivo en la Justicia.

Suspendimos el último café porque me avisó que estaba enfermo y no quería despedidas. Le ofrecí lecturas a domicilio, nunca más respondió.

Ha quedado un enorme vació para mí por el viaje de este personaje único del derecho clásico de Mendoza. Yo quería seguir gozando de su inteligencia y mal carácter, su risa socarrona y sus ojos achinados cuando se reía de verdad.

No alcanzamos a ser amigos aunque él siempre me decía que eso éramos. Nunca pude tutearlo, fue siempre Oscar para mí y yo el “estimado” o “querido amigo” o palabras similares.

La instantaneidad quizás olvide ese nombre, esa historia, sus lides, sus enojos y desplantes. Mi memoria no borrará esta relación de respeto, discusiones y afectos. Fueron de ida y vuelta y hoy despido a mi colega, el “Negro” Dimas, que se fue así como era él, que no lo vieran, dejando libros y palabras pero, sobre todo, un camino, aunque más solitario, más digno en la soledad que en la multitud de la mediocridad. Son los caminantes que se extrañan, son los que nunca se van.

Carlos Varela Álvarez - Abogado penalista