Opinión Domingo, 21 de abril de 2019 | Edición impresa

No sabe / no contesta - Por Jorge Sosa

Las empresas que realizan las encuestas están viviendo su agosto en pleno abril.

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

Las encuestas son una maravillosa obra de la sociología. Consultando una pequeña cantidad de casos se puede conocer la opinión de millones.  

En estos momentos las empresas que realizan las encuestas están viviendo su agosto en pleno abril y lo van a seguir viviendo durante los días que faltan para las elecciones.

Aunque en realidad hay elecciones todos los domingos, en una provincia, en una ciudad, en un pequeño pueblito del interior, todos los domingos la gente se tutea con las urnas y deja su veredicto.  

Las encuestan anticipan lo que va a pasar y los candidatos se aferran a ellas para conocer el humor de la gente y qué pensamiento tienen de sus personas. Todos los candidatos tienen en sus escritorios una o varias carpetas con los resultados propios y ajenos.  

Dicen algunos criticones que las encuestas siempre son ganadas por aquel que paga la encuesta y en algo tienen razón. Dicen los encuestadores: no lo voy a dejar mal parado a mi cliente por lo tanto le voy a anotar algunos puntitos más.  

¿Se modifican las encuestas una vez recaudadas? Algo debe haber porque no puede ser que una encuesta con la misma cantidad de casos en el mismo lugar dé operaciones de resultados tan distintos. En algunas gana Mengano por veinte puntos y en otras gana Fulano por siete.  

Entonces uno se dice: o las encuestas están mal hechas o hay un retoque una vez que han sido realizadas. Por lo tanto son creíbles a medias. Es cierto que marcan una tendencia y es probable, no seguro, que esa tendencia se refleje en la realidad de los votos.  

Hubo encuestas en el pasado que le erraron por cifras catastróficas a lo que después ocurrió en las urnas. Tuvieron que acercarle el tarrito porque estaban orinando a unos dos metros del recipiente.  

Por supuesto que las encuestas forman opinión. Muchos toman la decisión de su voto de acuerdo a quién va primero y a la cantidad de puntos que le saca al segundo. Por el contrario, hay gente que decide su voto por el segundo, no porque el segundo les agrade sino para que no gane el que va primero. Son formadoras de opinión.  

Uno también realiza sus pequeñas encuestas entre sus amigos y conocidos cuando las charlas los llevan al territorio de la política. “¿Qué te parece? ¿Quién va a ganar?”, y va anotando mentalmente las respuestas y al final se hace su propia composición de lugar: La gente dice que va a ganar tal o cual y muchos se lo creen a pie juntillas. Pero una elección es algo más complicado que eso.

Los candidatos, encuestas en mano, salen a recorrer aquellos lugares donde es necesario sumar votos o reforzar los votos que parecen favorecerlo. Esto se llama “campaña”. Y en las campañas los postulantes salen a seducirnos, con discursos totalmente esperanzados, con críticas profundas a la oposición, con gestos que son tomados como actitudes de buena voluntad, una foto, un abrazo, el tradicional beso al querubín que le acerca la madre deseosa de rozarlo con quien puede que nos mande en el futuro.  

Pero todos llevan una encuesta bajo el brazo. Las encuestas son indispensables. En este momento en que usted está leyendo este esperpento sonoro hay gente que recorre las calles haciendo preguntas o que está pegada a un teléfono haciendo lo mismo.  

Pero la única encuesta creíble es la que arrojan las urnas. Después se verá quien estuvo cerca o le erró por varias zancadas. Mientras tantos nacen, crecen, se difunden y nos incluyen, y juegan el campeonato de las elecciones con números que a veces tienen la consistencia de un flan.

 Estamos encuestados. Somos los que votamos a los Zutanos, a los Fulanos, o a los No sabe / No contesta.