Opinión Viernes, 24 de enero de 2020 | Edición impresa

No es un conflicto ideológico, es de intereses - Por Roberto Azaretto

Por Roberto Azaretto - Miembro de número de la Academia Argentina de la Historia y del Instituto Argentino de Historia Militar

Una ola de conflictos se extiende por todo el mundo. Como estamos lejos de los otros continentes nuestra atención se centra en la región y sobre todo, en países limítrofes como Bolivia y Chile. 

Como es común en un país donde los expertos de mesas de café suelen arreglar todos los conflictos y, que, cuando asisten a una disertación abierta a preguntas en vez de preguntar dan una conferencia, se dicen muchas cosas por parte de personas, que apenas ubican en un mapa a estos Estados.

Pero más grave son las tonterías de quienes ocupan o aspiran a ocupar posiciones dirigentes, que, no entienden los enormes cambios que tienen lugar en este siglo. Siguen analizando con las categorías del siglo XX y creyendo, que continuan vigentes las estructuras socio económicas del siglo pasado, como los enfrentamientos ideológicos anteriores a la caída del muro de Berlín, que nos llevaron a una guerra de baja intensidad en una gran cantidad de países periféricos, entre ellos, el nuestro.

Esos conflictos no eran, entonces, sólo de intereses sino para imponer un sistema ideológico totalitario, fomentando focos desestabilizadores y las luchas armadas internas y usando estados satélites para disimular el rol de la potencia dominante. En nuestra región ese rol lo cumplió Cuba.

Hoy los problemas entre las dos superpotencias, los Estados Unidos y China (que sustituyó a Rusia,Estado que conserva un importante arsenal nuclear pero atrasada tecnológicamente y una economía menor a la de Italia) son por el predominio tecnológico y los mercados mundiales. Por otro lado el actual presidente de los Estados Unidos ha renunciado a la tradición de defensa y promoción de los valores democráticos que fuera una valiosa tradición de ese país. Por el contrario se siente cómodo con los dictadores y autoritarios que proliferan en el mundo.

A esta confrontación se agrega el desasosiego de pueblos que ven en la cuarta revolución industrial digital un riesgo para sus empleos, su nivel de vida, su pertenencia social. Por eso los conflictos internos no son sólo el resultado de Estados fallidos o de enormes masas de hambrientos sino que se dan en países desarrollados que fueron capaces de generar un Estado de bienestar o que están cercanos a esos niveles de vida como ha sucedido en Chile.

Chile y Bolivia son un claro ejemplo de lo que sostenemos. Si se mira con objetividad las políticas seguidas por el presidente Piñera y el ex presidente Morales, observaremos que uno es casi rubio y el otro morocho, pero ambos cuidaron la estabilidad monetaria, el equilibrio fiscal y evitaron endeudarse para pagar gastos corrientes como solemos hacer por estos lados.

Sin embargo aquí hacemos distinciones ideológicas, más vinculadas a la estética o a declaraciones circunstanciales que a los hechos. Lo más lamentable es que ciertas posturas supuestamente progresistas nos llevan a olvidarnos de un compromiso que asumió la Argentina a partir de 1983: el compromiso con los derechos humanos. Esos sectores, que, han bastardeado la palabra progresista no se definen claramente ante el régimen criminal de Venezuela, cuyas víctimas están cerca de alcanzar las cifras publicadas por la Conadep en su informe, sobre el terrorismo de Estado en la Argentina.

La Argentina, que ha perdido gravitación e influencia no sólo en el mundo sino también en la región, debe relacionarse con el mundo en función de sus intereses, sin abdicar a los valores fundacionales que hacen a su cultura de origen. 

El país necesita volver a crecer, único modo de mejorar el nivel de vida de las mayorías, reducir la pobreza y terminar con la indigencia. Eso significa mercados, tecnología, inversión, comercio, abocarnos, en fin, a resolver los problemas concretos que nos han llevado a la decadencia y la pobreza. 

Para eso se hace indispensable entender al mundo como es, asumir la realidad, y saber abrirse e integrarse al mismo con equilibrio y sin compromisos incumplibles o que nos son ajenos.

Se vienen grandes desafíos ante los enormes cambios y transformaciones científicas tecnológicas y de los, que, se dan en el mapa mundial con economías en ascenso y otras estancadas o decadentes. Por lo tanto, de una vez debemos entender que no podemos depender solamente del precio de los commodities, a los que, por añadidura, desaprovechamos, como ha sucedido en varios períodos de auge en los últimos cien años.