+ Deportes Domingo, 14 de octubre de 2018 | Edición impresa

Nico Dieguez y una historia de sacrificios

Vivió ocho meses sólo en Buenos Aires para llegar a conseguir ayer la medalla de bronce en beach handball.

Por Maxi Salgado - Enviado especial a Buenos Aires

“Sólo me falta entrar al vestuario del Tomba” dice Nicolás Dieguez, el mendocino integrante de la Selección argentina de beach handball que se quedó con la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de la Juventud.

El jugador de la Universidad Nacional de Cuyo festejó siempre con la gorra de Godoy Cruz mostrando su fanatismo por esos colores. 

Dieguez se convirtió en el tercer mendocino en quedarse con un tercer puesto en estos Juegos. Los otros fueron Tomás Herrera en remo y Facundo Firmapaz en tiro.

Nico hace ocho meses que se fue a vivir a Buenos Aires con la firme decisión de quedar en la selección, con todo lo que eso significó para él y su familia.

“Nosotros somos muy familieros y nos costó tenerlo lejos”, cuenta la mamá, Ana, que el día antes de que su hijo ingresara a la Villa Olímpica hizo un viaje relámpago a Buenos Aires para darle ánimo.

“Sentí que estaba muy bajoneado y había que apoyarlo. Así que viajé un domingo a la mañana y volví a la noche”, cuenta.

 

“Tengo ganas de volver a la casa”, dice Nico ya más relajado después del festejo alborozado de todo el plantel.“La verdad que fue un presupuesto hacer que pudiera ir a visitarnos. Fue tres o cuatro veces, pero esos gastos los teníamos que costear nosotros” añadió Miguel, a quién no se le borra la sonrisa de su rostro.

En el podio. | Gentileza

Nico arrancó hace cuatro años con el beach después de hacer todas las inferiores en la UNCuyo con el profe De Cara. “Lo que juega ese chico. La verdad que le vino muy bien irse a Buenos Aires porque necesitaba convencerse de todo el potencial que tiene. Lo hemos extrañado en la Universidad y ahora lo vamos a disfrutar jugando para Mendoza los Juegos de Playa”, nos cuenta Rodrigo Araya, director de Deporte Federado de la provincia y hombre histórico del balonmano universitario.

“La verdad que el objetivo está cumplido. Han sido ocho meses muy duros. Entrenando con frío, lluvia, calor. A las ocho de la mañana y algunos días a las seis. Mucho sacrificio” manifiesta el propio cuatro de la Selección quien ayer se despidió con dos goles.

 

Cuando Nico llegó a la Capital Federal se trajo el pase para jugar el balonmano en un equipo porteño, pero el entrenador del seleccionado nacional fue claro con los preseleccionados “el que juega indoor no puede estar en la selección de beach”, así que finalmente decidió quedarse sólo entrenando.

Merecido. Los jugadores de la Albiceleste, con Dieguez (4), en la arenga previa al juego por el bronce. | Gentileza

“Si, la semana pasada ya pedimos de nuevo el pase para la U. La regla fue tan estricta que hubo chicos que se quedaron sin los Juegos”, cuenta el padre.

Cuando le consultamos a Nico que se viene sobre la modalidad aseguró que: “no sé, por ahora cambiar el chip para jugar indoor. Pero no he pensado si me quedo en uno u otro. Capaz que me llaman de la mayor. No sé igual todavía, pero seguro voy a ir a los Juegos de Playa”, cerró el mendocino que agradeció a todos los comprovincianos que lo estuvieron apoyando. 

 

Por un instante la medalla pasó a segundo plano. Con la ternura de un adolescente de 17 años miró a sus familiares y dijo al caer en la cuenta de lo conseguido. “ Ahora voy a tener un mini Pandi (peluche de la mascota oficial que se le da a todos los medallistas)”.  

Aún no se daba cuenta que ya entró en la historia grande del deporte mendocino siendo el primero en ganar una medalla olímpica en su disciplina. Casi nada.

Una final bien futbolera

Fue palo a palo. Y hasta electrizante porque a 30 segundos del final recién se pudo conseguir la diferencia necesaria. Fue 2 a 0. No hubo que recurrir a los fatídicos penales.

Esos tiros que habían negado la chance de ser finalista. "No fue penal. El árbitro me pidió disculpas", decía Nico Dieguez sobre la falta que cobraron en la definición contra Portugal en semifinales.

Cada avance terminaba en la red y en las tribunas la gente lo vivió como una final futbolera. Se festejaba con la misma vehemencia los goles que las atajadas. Los croatas no se quedaron atrás, aunque lógicamente eran muchos menos.

 

Los cánticos, los que se quedaron afuera y lo vieron pegados a la tela y en las pantallas pequeñas que se habían puesto, explotaron y se abrazaban desaforadamente cuando terminó el primer sets con triunfo nacional.

Mientras las chicas que debían enfrentarse por el bronce (especialmente las holandesas) se sorprendían con el clima mientras calentaban para su partido. 

El hecho de luchar por una medalla es algo inédito para el balonmano nacional y eso hizo que Parque Sarmiento perdiera la tranquilidad que había tenido en otras tardes.