Opinión Sábado, 28 de marzo de 2020 | Edición impresa

Ni la diabetes, ni el coronavirus son enfermedades de “ricos” - Por Luciana Sabina

Por Luciana Sabina - Historiadora

Hace días que los argentinos experimentamos un necesario aislamiento obligatorio buscando limitar el avance del coronavirus, no son momentos fáciles y somos conscientes de que el único modo de lograrlo es juntos.

En el marco de esta situación resulta inentendible que Alberto Fernández declarase: “es una enfermedad que nos llega a nosotros por los privilegiados que pudieron viajar a Europa”.

Tristes palabras que nos remiten a 2013 cuando -en sus acostumbradas y tediosas cadenas nacionales- la entonces presidente Cristina Fernández de Kirchner aseguró que: “Hay 80 millones de diabéticos en el mundo que además tienen alto poder adquisitivo. Es una enfermedad de gente de alto poder adquisitivo porque son sedentarios y comen mucho. Es para todos, no solo los que tienen plata pero la diabetes es una enfermedad de gente con determinado poder adquisitivo”.

Volviendo a nuestros días el del presidente no fue un caso aislado.

Marcelo Saín, ministro de Seguridad de la provincia de Santa Fe, se refirió a los argentinos que llegaban del exterior de manera despectiva: “No solo buscamos y traemos a estos chetos en aviones sino que usamos los kits de testeo en ellos, los que sería fundamental usar en asintomáticos para tener la exacta dimensión de nuestra emergencia con el virus. Tenemos pocos kits y los dedicamos a la clase alta”. Además agregó: “Como dijo mi hija: ‘si la solución de esto depende de la clase alta y media, estamos cagados’”. Mientras tanto entre las cárceles sobre las que Saín tiene injerencia se desataron dos motines por temor a la enfermedad ocasionando cinco muertes. Y ya que hablamos de inoperancia, nada mejor que observar las escandalosas cifras de inseguridad que arroja Rosario. 

Detrás de estos clasistas y discriminatorios se esconde un germen muy peligroso, el del “chivo expiatorio”.

Basta con observar el pasado para asegurar que la historia está llena de tragedias que despertaron tras culparse a ciertos grupos de los males contemporáneos.

Por ejemplo, cuando durante el siglo XIV se descargó sobre Europa la epidemia de peste negra ocasionando la muerte de un 60% de la población, algunas autoridades culparon al pueblo hebreo. Según sus teorías habían envenenado las aguas para causar la enfermedad. “En muchos lugares los judíos eran capturados y, tortura mediante, confesaban. Y esto derivaba en pogromos que al final costaron la vida a miles de inocentes y terminaron con cientos de comunidades” señaló el historiador Israel Winicki.

Sin irnos muy lejos con la irrupción del SIDA durante los años ochenta se culpó a los homosexuales de originar y propagar la enfermedad.

Hoy podemos ser diferentes y exigir a nuestras autoridades que también lo sean.

Es tiempo de que los políticos -sean del partido que sean- dejen de lado sus característicos comentarios demagógicos y oportunistas para ocuparse con seriedad del bienestar de “todos y todas”, sin hacer distinción alguna entre los argentinos como bien marca nuestra Constitución.