Sociedad Domingo, 21 de julio de 2019 | Edición impresa

“Nené” Ramallo: “La lengua no deja de evolucionar y hay que asumir los cambios”

La especialista acaba de presentar su libro “Dar la palabra”, que recopila y condensa las columnas que publica los sábados en Los Andes.

Por Miguel Títiro - mtitiro@losandes.com.ar

¿Hablamos y escribimos bien los mendocinos? No hay respuesta terminante, pero que se puede, se puede. Es así, por lo menos, en la apreciación de la lingüista María del Rosario “Nené” Ramallo, colaboradora de este diario, quien acaba de publicar el libro “Dar la palabra”, que replica el nombre de su columna sabatina.

Esta sección empezó a circular en 2013 y desde entonces acumuló un material que ahora fue condensado en una obra de 305 páginas, editada por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo (ver aparte). 

 

-¿Hablamos bien los mendocinos?

-En primer lugar, habría que definir qué se entiende por “hablar bien”: ¿no infringir normas vigentes? ¿Qué normas? ¿Usar un léxico libre de formas vulgares? En la escritura, ¿conocer y cumplir las reglas ortográficas? Quizás es una afirmación demasiado general el pretender que los mendocinos hablamos bien o mal. Existe una gran franja de nuestra población que, conforme al grado de formación alcanzada, demuestra un buen uso del lenguaje estándar. Nunca la lengua termina de evolucionar y debemos asumir los cambios. La Fundación del Español Urgente (Fundéu), describe bien esta característica en su obra “El español más vivo”: “El ultimísimo español es el que estamos haciendo cada día”.

-Eso que describe se aprecia a veces con el uso de palabras... no tan académicas. 

-Lo apreciamos en el uso extendido del término “boludo” libre de sentido denigrante y que se emplea para tratar de igual a igual a la persona que está enfrente.

 

-¿Las reglas de la Real Academia Española (RAE) son las tablas de la ley?

-En todo orden de acciones humanas, es necesario contar con una reglamentación que, por supuesto, puede ser perfectible. Mientras estén en vigencia y no exista otro parámetro mejor, las acatamos y aplicamos sin hacer una interpretación subjetiva de ellas ni fijar por consenso criterios parciales. Además, la resolución de la Academia no es de ella sola: es panhispánica, esto es, para todo el mundo de habla española. Por ello, revela cierta ignorancia hablar solamente de la Real Academia Española: hay que referirse a la Asale (Asociación de Academias de Lengua Española), que incluye a 23 academias en el mundo, entre las cuales se encuentra nuestra Academia Argentina de Letras. Si nosotros buscamos, por ejemplo, un término cuyo género nos es dudoso, como “sartén”, el “Diccionario Panhispánico de Dudas” nos va a decir, claramente, que es femenino, pero que en países americanos, como Argentina, se admite el uso del masculino. Siempre hay un respeto por los usos regionales. 

 

-¿Incluso argentinismos?

-Para aludir a algo muy argentino, acudamos al paradigma de conjugación de nuestro “Diccionario argentino de dudas idiomáticas”, obra de la Academia Argentina de Letras: se incluye el voseo, realidad que nosotros no podemos ignorar. Y que tanto nos hizo sufrir en otras épocas, en que estaba prohibido su uso en la enseñanza y en que el alumno debía sufrir la diversidad de usar el “tú tienes” en el aula y el “vos tenés”, en el recreo o en su casa. Vosear dejó de ser un tabú y es ya una realidad en la enseñanza, aunque nuestros alumnos no siempre conocen la conjugación verbal.

Nené Ramallo y Raúl Pedone, editor general de Los Andes, en la librería García Santos, donde se presentó la obra. | Orlando Pelichotti / Los AndesSOCI

El tiempo y sus urgencias

-¿Qué pasa con la lectura en adolescentes y jóvenes lectura?

-El problema está en la instalación de la “cultura de la rapidez”, en desmedro de la “cultura del esfuerzo”: ya no existe, ni en adultos ni en niños o adolescentes, la paciencia de la búsqueda concienzuda en bibliografía adecuada y seria; es más rápido “guglear”, no importa si la solución está bien documentada o no. Antes estuvo la cultura de la fotocopia. Se perdió el acceso a los manuales escolares; no se exigía la lectura de obras literarias porque eran aburridas... En el día a día, se dejó de exigir “la respuesta completa” y se sustituyó por marcar en un casillero. ¿Los chicos tienen la culpa? No. La culpa está en el fomento de la “cultura del instante”.

-Sectores de la sociedad demandan el lenguaje inclusivo ...

-No estoy de acuerdo con esta forma de comunicarse, por razones de índole histórica; respeto a quienes lo asumen desde una perspectiva que no es lingüística. Somos espectadores de un cambio que se viene gestando, pero que no se puede reducir a un cambio vocálico. La perspectiva histórica tendrá la última palabra. Por ahora, sin rasgarme las vestiduras, prefiero un lenguaje inclusivo de la amabilidad y de la cortesía.

 

-¿Cómo define su última obra, “Dar la palabra”?

-No es un ejemplo aislado de mi actividad profesional: soy docente como un “estado del alma”, no como un trabajo. Es una antología que pretende llevar a la comunidad mendocina una síntesis de la columna homónima, que se viene publicando en Los Andes desde 2013. A partir de la aparición de esos artículos semanales, surgieron pedidos de alumnos, de colegas, del público en general, para que los sistematizara en una obra conjunta. Mi propia familia, mi esposo, también docente “de alma”, Ricardo Perotti, recientemente fallecido, me lo sugerían muchas veces.

 

-¿Cuál fue el método de trabajo?

-Estuvo y está signado por mi espíritu inquieto: se detecta una duda, se escucha o lee un error, se recepciona el pedido de algún lector curioso y ahí comienza a gestarse cada artículo. Nada se improvisa: meticulosamente, voy rastreando el problema motivador de la nota en todo el material bibliográfico que tengo a disposición: diversidad de diccionarios y de obras gramaticales, además de corroborar material on line, como el que posee la propia Academia, la Fundéu y el Instituto Cervantes. Una vez encontrada la respuesta, viene la mediación del material de modo de hacerlo accesible al público en general. Nunca me siento a escribir de una sola vez; voy armando cada artículo hasta alcanzar el “punto de cocción”. Se trata de una especie de alimento: no se apura para que no se arrebate, ni se guarda para que no pierda vigencia.

En Foco

Raúl Pedone - Editor general de  Los Andes

El papel de un medio de comunicación -en un sentido amplio y general- suele asociarse a la producción de información para ser distribuida en múltiples formatos. También al entretenimiento, la responsabilidad ciudadana, la educación, el equilibrio de poderes y otros roles de enorme importancia para una comunidad. Difícil de entender, el compromiso con el buen uso de la lengua, materia prima en especial de los diarios, queda casi siempre relegado a un segundo plano, aunque -al decir de las redacciones- “nadie vuelve de un error cometido en algún título de imprenta”.  

Quienes editamos Los Andes pensamos en estos postulados cuando aceptamos una estimulante propuesta de la profesora María del Rosario Ramallo: desarrollar un espacio específico para analizar cómo hablamos y cómo escribimos, que con el tiempo se convirtió en un clásico del fin de semana.  

A “Nené” -como la conocemos- le sobran títulos, experiencia y antecedentes académicos para cumplir con esa tarea. Pero, además, maneja un registro que acierta con el interés y la comprensión de un público diverso y masivo, como es la audiencia de un periódico.

El valor de sus columnas cobra mayor magnitud cuando se comprueban las numerosas temáticas abordadas y su publicación regular, semana a semana. Recopilados, los textos de cada sábado se transforman aquí en una sólida obra, que sobrevuela la efímera vigencia de las noticias y aspira a transformarse en un libro de consulta permanente. Le damos la palabra.