Sup. Cultura Sábado, 18 de mayo de 2019 | Edición impresa

Me tengo que ir

Por Camila Balter

“Me tengo que ir”.
Qué feo suena.
O sea, “tengo que irme”, parece mejor, ¿no?
Sería como “debo ir a otro lado”.
Obvio que soy yo la que se tiene que ir.
Si digo “tengo” es porque soy yo.
Pero por qué decimos “tengo que”.
Hay mucho de propiedad en el tener; de controlar, de dominar.
Que no es lo mismo que el deber. “Debo irme” es otra cosa.
Y hay algo misterioso en el “me”. Porque no decimos a qué lugar vamos. 
“Debo ir a ...” No. 
Se usa cuando no se quiere decir donde se va, ¿no?
¡Cuántas cosas no decimos cuando hablamos!
Cuántos problemas por no poder decir lo que pensamos, 
lo que sabemos, lo que hicimos, lo que hacemos, lo que haremos.
Todo lo que tenemos que decir -y callar- para proteger y protegernos. 
“Tenemos que”. Ay, otra vez. 
Control. Dominio. Es mío.
El lenguaje es un escudo.
-Y un arma, obvio-.
Me tengo que ir.
Yo.
A un lugar,
pero ni siquiera sé
cuál
es. 
“Me tengo que ir”