Espectáculos Domingo, 19 de enero de 2020 | Edición impresa

Marina Enríquez: La musa de todos nuestros miedos

Se consagró como una de las grandes narradoras al recibir el Premio Herralde por su novela "Nuestra parte de noche”.

Por Gustavo Grazioli - Especial para Estilo Verano

Mariana Enríquez lleva mucho tiempo ocupando un lugar importante en la literatura argentina. Publicó su primera novela, “Bajar es lo peor”, en 1995, con apenas 21 años. Desde entonces, fue creciendo y se consolidó como una rara avis del terror gótico, no sólo a nivel nacional.

“Las cosas que perdimos en el fuego”, libro de cuentos que fue un éxito de crítica y de ventas, ganó, por ejemplo, el premio Ciutat de Barcelona a la mejor obra en lengua castellana en 2017. Pero fue por más: “Nuestra parte de noche” (2019), su última novela, obtuvo el Premio Herralde, uno de los más prestigiosos en habla hispana. Y Enríquez, que también es periodista, editora del suplemento dominical Radar, de Página/12, se convirtió en la primera escritora argentina en ganarlo.

 

Hoy se la ve de un rubio estilo Kurt Cobain en el “Unplugged de MTV” (“Es para taparme las canas”) y en pleno dominio de los temas que fue tratando durante muchos años, como los mitos y leyendas populares, combinados con acontecimientos políticos y sociales que azotaron y azotan a la Argentina.

“No aparece nada nuevo en mí. En ‘Nuestra parte de noche’ usé todos elementos sobre los que leí y me interesé siempre. Esta vez los profundicé y les presté mayor atención”, explica. Esta última novela, la consagratoria, es coral, de 700 páginas, y está estructurada en torno a un mecanismo narrativo que no busca ser pretencioso.

 

El argumento hace eje en Gaspar, llamado a ser médium en una sociedad secreta, la Orden, que contacta con la Oscuridad en busca de la vida eterna a través de rituales atroces. Pero el destino de los seres dotados de esos poderes especiales, como Gaspar, es cruel, porque su desgaste físico y mental es veloz e implacable.  Juan, su padre, intentará que eso no suceda. El trasfondo es la represión de la última dictadura militar y, más adelante, la incierta llegada de la democracia. El terror real y el sobrenatural se cruzan en un libro de un modo perturbador: un clásico de Enríquez.

 

-¿Qué te atrae, por ejemplo, de San La Muerte, al que retrataste con precisión quirúrgica?

-El santoral pagano local no aparece mucho en la literatura argentina y me interesa hacer como una especie de rescate de eso. San La Muerte tiende a ser el santo que más se adecua a mi sensibilidad literaria. Rodolfo Walsh escribió un texto brillante sobre él y me parece un antecedente interesante, porque, como te dije, hay poco material sobre la religiosidad popular y también sobre la mitología de los pueblos originarios. San La Muerte me impresionó mucho desde chica porque parte de mi familia es de Corrientes y es un santo de la zona. Está particularmente en Corrientes y tiene el santuario ahí.

-La muerte en general todavía parece ser tabú en nuestra cultura. ¿Por qué creés que existe ese miedo a nombrarla?

-Suele llamar la atención que alguien escriba sobre la muerte, porque parece que estuviera tocando un tema del que nadie habla. Hay un intento por tratar de evitar lo imposible. Se refleja en un montón de aspectos. Está bien toda la cuestión del fitness, de cuidarse, de comer mejor, de vivir bien. Pero noto que mucha gente que hace eso no intenta tanto vivir mejor sino evitar la toma de conciencia de que un día va a morirse. Morirse saludable. Todo esto provoca un estado de ansiedad. Es muy loco vivir tratando de evitar lo que es inevitable.

 

-¿Cómo fue el proceso de investigación que hiciste para escribir esta novela?

-Lo que hice fue leer con más atención varios textos de ocultismo británico y de algún tipo de terror muy específico. Me puse a leer terror folk. Leí un poco de mitología argentina y otro poco de antropología. Hay un personaje de la novela, Rosario, que cuenta sobre una médium de África, donde hubo varias lecturas de textos colonialistas/expedicionarios británicos. No usé el tono pero sí el tipo de relaciones que se establecía en aquel momento, en esa cultura.

La literatura de Enríquez no flota etérea en un cúmulo de palabras: hunde sus raíces en el entorno político. Durante su primer año en la carrera de periodismo, desapareció, a manos de la policía, su compañero Miguel Bru. Algo de ese hecho aparece retratado en su última novela.

 

“No estoy escribiendo terror en el aire. No tengo solamente un interés literario. Al escribir uso mi experiencia, no la personal: no cuento mi vida, porque me parece poco interesante. Pero a mi vida cotidiana la rozan eventos que tienen que ver con lo político a nivel macro y aquella desaparición fue uno de ellos. Lo personal entra en contacto siempre con la vida política y la historia de un país. La novela tiene mucho más que ver con eso”, aclara.

-¿Escribís para exorcizar esos fantasmas?

-No, no escribo para eso. No entiendo mucho lo que significa, en realidad. A los fantasmas se los bancan mis amigos o mi terapeuta. Para mí, escribir no es algo terapéutico. El 80 por ciento de las cosas que aparecen en la novela, la religiosidad popular, un hombre andrógino medio enfermo, estilo Lord Byron, o más tarde la poesía, la política, o específicamente un momento de la sociedad argentina que transcurrió a fines de los 80, principios de los 90, son obsesiones mías. Pero no estoy exorcizándolas porque me duelan. Son las cosas que me obsesionan y de las que me gusta escribir.

 

-¿Qué es la literatura para vos?

Es una forma de armar un sistema con todas mis obsesiones y con la investigación a la que me llevan esas obsesiones, para tratar de saber por qué llego a esas cosas. Por qué esas obsesiones se terminan entroncando con mis cuestiones personales. Lo que hago cuando escribo literatura es ordenar mis planetas.