Espectáculos Sup. Cultura Sábado, 21 de septiembre de 2019 | Edición impresa

María Celina dell’Isola: la espátula que pintó Latinoamérica

Vibrante, colectiva, realista y hasta conmovedora. La pintura de esta artista habla con total sinceridad de nuestras costumbres.

Por Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar

El cantautor Marcelino Azaguate, la artista plástica Sara Rosales. Arturo Lafalla, el padre Contreras, Guillermo “Billy” Romero. Son algunos de los rostros que despuntan, con asombrosa gestualidad, en las pinturas de María Celina dell’Isola. Y ellos nos convencen, con su poder realista, de que esta artista sabe retratar Mendoza: pero no solo rostros, sino también esencias.

Sin embargo, María Celina dell’Isola (1942) no es mendocina. Nos recibió en su estudio de Dorrego (Guaymallén) y nos comenta que llegó a esta provincia a los 40 años. Y justo ese momento coincidió con su vuelta a la pintura, pues en el arte había dado sus primeros pasos de joven, allá en su Junín (el de Buenos Aires) natal. “Por eso yo me considero una pintora mendocina. Porque me desarrollé acá”, nos dice ahora, con  una forma de hablar desenvuelta y exacta. 

 

La semana pasada inauguró una muestra individual más en Buenos Aires, donde llegó a exponer en el Sívori. Ahora, en el espacio de arte Siranush, de la colectividad armenia. “Llevé un grupo de obras sobre pueblos andinos”, explica. “El tema es que yo me dedico a pintar esto desde hace muchos años”, asegura, y así comienza la charla. 

Aunque ni haría falta explicarlo, pues su taller es explícito: allí tiene colgados algunos de los recuerdos que trae de sus sucesivos viajes por el mundo, aunque especialmente de Latinoamérica: muñequitas peruanas y wichís, caballitos de madera, toritos de Pucará, cascabeles antiguos y algunas pinturas traídas de San Juan de Comalapa, el pueblito guatemalteco donde todos profesan el arte. 

 

Dell’Isola comenzó esta aventura latinoamericanista cuando se cumplió el quinto centenario del llamado “descubrimiento” de América: “No es que inmediatamente arranqué con esto, pero yo antes usaba la pintura como pretexto para hacer color, entonces no me importaba si eran flores o paisajes, no tenía una línea argumental. Pero a partir de ahí la encontré a esa línea, o ella me encontró a mí. No lo sé”, admite. 

“Me hizo pensar qué estábamos festejando”,  se dijo, y casi como dando vuelta una página en su vida, las flores, los paisajes y la naturaleza muerta abrieron paso a sucesivas series, casi todas pinturas en gran formato, donde el color volvió a tener importancia, pero con una diferencia sustancial: lanzan un mensaje contundente. 

 

La primera serie que pintó fue “Los dueños de la tierra, 500 años después”, donde contó la situación actual de pueblos originarios. Después pintó una procesión que llegó a estar expuesta en un Salón Nacional. La gente creía que era en Lagunas del Rosario, pero era Casabindo (Jujuy). “Y a mí me dio verguenza haber pintado Jujuy y no conocer la fiestas de acá”, confiesa. 

José Gutiérrez / Los Andes

Entonces siguieron sus sucesivas exploraciones a lugares como las lagunas, El Cavadito o La Asunción. ¿Otros pintores mendocinos lo hicieron antes que ella? Sí, claro, y nos busca un libro con la obra y las investigaciones de Fidel Roig Matons. Pero entre esa época (los 20’ y los 30’) y el día de hoy, pocos. 

 

En su serie “Fiestas patronales” abundan rostros cuyanos. Algunos famosos, otros no tanto, aunque igual de significativos: paisanos bailando una zamba, las madres alzando a sus hijos, las guitarreadas fraternales, gauchos pasándose el mate, algunas vírgenes. Escenas que parecen costumbristas y hasta decimonónicas, pero que no lo son: están a pocos kilómetros del centro, para quien quiera comprobarlo. 

El arte es, entonces, un asunto comunicativo para María Celina, que ha expuesto en Nueva York y también en Lavalle. Llegó a titular una de sus muestras individuales “Vení que te cuento”. “La pintura puede contar muchas cosas, y sin decir una palabra”, sonríe con sus ojos azules. 

 

Esa denuncia social la llevó a pintar cuadros estremecedores: “La deuda interna” (Salón Nacional de 2005) nos cuenta una marcha, que es el reclamo de los huarpes por sus tierras. En primera fila están el Padre Contreras, Benito Sellitto, y hasta ella misma un poco detrás. 

-¿Esa marcha existió?

-Sí, pero yo la cambié de lugar, para que se viera qué es lo que reclamaban: la nada absoluta. Tierra, que no es fértil. Es tierra para nosotros, pero para ellos es su lugar en el mundo. 

La han emparentado con Berni, aunque ella es más realista. Lo supo siempre y lo confirmó, sin ningún tipo de pesar, cuando retomó la pintura de grande. 

 

-¿Te pesó haber vuelto a pintar a los 40?

-No, porque en realidad dejé la pintura sabiendo que iba a volver. Sabía que era un paréntesis, que no era algo definitivo. Pero hay un tiempo para cada cosa en la vida. Criar hijos, trabajar... no da tiempo. Perocuando ya fueron más grandes, retomé clases. En ese entonces en Buenos Aires con María Laura San Martín, quien falleció hace poco. 

Cuando vino a Mendoza, estudió con Ángel Gil. 

-¿Qué aprendiste de él?

-Gil no enseñaba. Gil orientaba. Y sobre todo era un gran estimulador. “Pintá más grande, meté más gente”, me decía. Pero yo no podía poner gente así como así, sin sentido. ¿Gente haciendo qué? No lo encontraba, hasta que empecé con las procesiones.

 

“Cuando yo empecé en su taller, del grupo Alfa, ellos pretendieron de mí algo más modern. Tal vez como pintar sobre manchas. No podía, aunque lo intenté. Y me di cuenta de que hacía trampas. Manchaba para hacer una flor, manchaba para hacer un paisaje... no era lo mío. Entonces, de a poquito, me volví cada vez más figurativa, cada vez más realista”, explica. 

Y técnicamente también hay cosas para contar: María Celina usa solo la espátula y el óleo. Eso le permite colorear con pureza cromática, además de impregnarle texturas a la tela. “Tocá, tocá el relieve”, dice pasando la mano sobre unas vasijas pintadas. Y la luz, en su obra, habla también de lugares.

 

Puede ser una mañana clara en Casabindo o el sol atravesando la atmósfera llena de polvo lavallina. Dell’Isola es una maestra que interpreta las luces y tiene el suficiente respaldo técnico para pintarlas en la tela. Pintarlas o decirlas, es lo mismo.