Opinión Domingo, 21 de abril de 2019 | Edición impresa

Macri gira en el desfiladero - Por Edgardo R. Moreno

Los anuncios de Semana Santa dan cuenta del razonamiento de Macri.

Por Edgardo R. Moreno - De Nuestra Corresponsalía en Buenos Aires

Complejo desafío el del presidente Macri: intentará esta semana convencer a la sociedad sobre un método de combate contra la inflación en el que él mismo no cree.

El acuerdo de precios para una canasta limitada de productos, su control efectivo en los puntos de venta y su extensión más allá del área metropolitana de Buenos Aires es el núcleo de medidas que convoca ahora la ansiosa atención de las mayorías.

Macri sabe que lo que no funcionó con el garrote de Guillermo Moreno tampoco será eficiente por un pacto de caballeros. Pero se ha embarcado en un viraje coyuntural cuyos efectos políticos no convendría subestimar de inicio.

Salvo aquellas opiniones sectoriales que ya han resuelto objetar al oficialismo por posiciones ideológicas irreductibles, las repercusiones empresarias tras los anuncios de Semana Santa fueron cautelosas y receptivas. Admitiendo el carácter excepcional y temporario de las medidas, pero arriesgando que puede haber efectos positivos de corto plazo.

Por el contrario, la reacción fue virulenta en el escenario de la política en combate. El arco opositor tronó al unísono. Incómodos los heterodoxos por el plagio del libreto, indignados los ortodoxos por la traición a su dogma. Nada espanta tanto a un político argentino como el fantasma del pragmatismo ajeno.

Pero el acuerdo de precios no parece ser para el Gobierno lo más relevante de todo aquello que anunció, urgido por la inflación de marzo y el reclamo de sus aliados, que ahora regresaron al ceñido mostrador del oficialismo donde es inevitable dar cuenta del resultado de sus propuestas.

A juzgar por las medidas informadas por el ministro Nicolás Dujovne, el programa antiinflacionario seguirá teniendo un sesgo inconfundible: el acento en la política monetaria, dentro del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (a esta altura, el prestamista de única instancia para el país).

Como le pedían sus críticos más responsables, Dujovne obtuvo de los técnicos de Christine Lagarde dos modificaciones clave.

La primera equivale a un ancla imprescindible para las expectativas de los mercados inquietos. Cualquier dólar era barato con el mecanismo de indexación de la banda cambiaria. El límite de 51,45 pesos busca recuperar un horizonte de mayor certidumbre para el dólar, la variable que imitan con o sin razones- los precios locales.

Por otra parte, el retoque al manual de instrucciones para el piso de la banda cambiaria tiende a evitar desvíos como el de enero, cuando el veranito del dólar barato expandió cerca de tres por ciento la base monetaria. ¿Dos meses sin corrida cambiaria implicarán menor inflación? Parece ser ésa la apuesta del oficialismo.

La segunda modificación fue la dispensa obtenida para congelar tarifas sin desequilibrar los objetivos de déficit fiscal. El dato no es menor. Cuando la inflación parecía comenzar a ceder en diciembre pasado, el Estado se presentó como el primer remarcador del año nuevo.

Sin esos dos recursos de política monetaria y fiscal, el Gobierno no hubiese atendido los reclamos del radicalismo.  Con esos recursos, accedió a transgredir las normas de su cuaderno aceptando un acuerdo de precios. Roberto Lavagna y Axel Kicillof estaban pescando con éxito en el estanque de Macri. La campaña es ahora a brazo partido. Nadie será el dueño exclusivo del oportunismo electoral.

Ese parece haber sido el giro político más relevante del oficialismo en emergencia estadística. Las encuestas han inclinado la balanza entre dos posiciones que permanecían en tensión en la coalición gobernante.

El diputado Nicolás Massot le había planteado con realismo al jefe de Gabinete, Marcos Peña, la necesidad de repensar la estrategia de la Casa Rosada. La gravedad de la crisis no se superará sin un acuerdo político que incluya mucho más que la tropa oficialista.

Los anuncios de Semana Santa dan cuenta del razonamiento de Macri: de nada servirá imaginar ahora el perfil de gobernabilidad para un segundo período, si no se atraviesa antes -con éxito- el desfiladero angosto de la campaña. Para protagonizar cualquier acuerdo, primero hay que ganar la elección.

Macri pone como ejemplo de ese itinerario práctico lo que han conseguido sus adversarios en los gobiernos locales. El mejor testimonio lo ofrece ese nuevo emergente de la flexibilidad táctica que es el peronismo de la zona núcleo. Los gobernadores de la franja central del país han hecho del alineamiento esquivo y la heterodoxia de gestión un dogma innegociable.

Entre montaña y cangrejo, se sabe quién va mas lejos. Era el discurso dominante del Gobierno. Hasta ahora. Era preferible atalonarse en la ortodoxia y aguantar, antes que arriesgarse al retroceso que proponen sus adversarios políticos.

Macri cambió, para entrar a toda velocidad en una curva angostísima. Tiene que convencer a propios y extraños de que ha retrocedido, con un recurso temporario y táctico, pero políticamemente efectivo a corto plazo.

No para abandonar, sino para recuperar impulso. El tiempo apremia y la taba gira en el aire.