Sociedad Domingo, 19 de enero de 2020 | Edición impresa

Lustradores: un oficio con brillo propio que resiste al paso del tiempo

Son parte del paisaje urbano. Brindan sus servicios hace años y se adaptan a las necesidades de sus fieles clientes y a los tiempos.

Por Ignacio de la Rosa - idelarosa@losandes.com.ar

Entre 15 y 20 minutos. Tiempo que puede ser de sobra para una declaración de amor, o para terminar con una relación de años. Suficiente para perder la final de un mundial contra Alemania en tiempo suplementario o para dar vuelta un 0-4 en un partido de martes a la noche con los amigos. Pero, por sobre todas las cosas, una pausa más que necesaria para hablar de cualquiera de estas cosas. O de todas.

Eso es lo que dura, en promedio, una lustrada de zapatos y esos son los tópicos que suelen marcar la charla entre lustrador y cliente. Porque es un trabajo que saca brillo -no sólo de los zapatos- y que, pese al arrollador avance de la tecnología, sigue más vigente que nunca.

 

“Llevo 35 años trabajando, esto es lo mío. Es arte, al menos para la gente que lo toma así”, destaca con simpleza Sergio Bustamante (67), quien prácticamente ya es parte del decorado y mobiliario fijo de la esquina de San Martín y Peatonal. Allí está todas las mañanas, de 8.30 a 14 desde hace más de 5 años, y por la tarde es peluquero. “Mi papá también era peluquero y cortaba el pelo gratis a los chicos que no podían pagarlo. Yo estoy haciendo lo mismo. El que puede y tiene, me paga; si no, no le cobro”, sintetiza.

Exprés. Unos 15 minutos demanda el trabajo en cada cliente. Pomada y cera, los insumos más usados. | Ignacio Blanco / Los Andes

Si de lustradores mendocinos se trata, sería hasta una herejía no hablar de los hermanos Rodríguez. Llegaron a ser seis y todos trabajaron como lustradores. De ellos, cinco siguen en el rubro -falleció Octavio- pero a la troupe se sumó el cuñado de uno de ellos. Y le han sacado y sacan brillo a casi todos los zapatos que alguna vez dejaron sus huellas en el Centro.

 

“Si lustrás bien y sos educado, la gente va a volver. El trabajo es siempre el mismo, y uno se va perfeccionando. Pero zapatos se usan siempre, incluso hoy los jóvenes abogados los usan y los lustran. Hubo un intento de traer un lustrador automático hace 2 o 3 años, y que consistía en meter el zapato a una máquina que lo cepillaba, pero no tuvo éxito. Nunca va a ser lo mismo que el trabajo a mano”, destaca José Rodríguez (34), uno de los más chicos de la dinastía, y quien se inició por medio de dos de sus hermanos mayores: Miguel y Ricardo. “Ellos arrancaron el la Peatonal, y me acercaron a mí. También hacemos trabajos en la construcción”, agrega quien por la tarde y noche trabaja como celador de escuela.

Ignacio Blanco / Los Andes

Ambos coinciden en que la crisis los golpea como a cualquiera, en que enero y febrero son meses difíciles -muchos oficinistas y abogados están de vacaciones- y en que, a razón de 70 pesos por lustrada, en una buena mañana pueden hacerse con entre 700 y 800 pesos. “Hace unos años se ganaba mejor. Pero nos han jodido las zapatillas y el nobuk. Ni siquiera los turistas extranjeros son una oportunidad, todos usan sandalias u ojotas”, resume casi a las carcajadas Bustamante.

 

Artesanos

Aunque nació en Chile, Sergio Bustamante vive en Mendoza hace 50 años. No sólo es argentino por adopción, sino que también lo es legalmente, ya que está nacionalizado. Entre 1987 y 1988 fue despedido de la cementera Minetti y con lo que le dieron consiguió dos canastos para vender huevos, frutas y verduras en el barrio Bombal y en el parque San Martín.

Ignacio Blanco / Los Andes

“Tenía dos hijos y no podía permitir que pasaran hambre. Salí a trabajar y así me hice amigo de un lustrador que me prestaba su cajón. Él lo usaba de mañana, y me lo prestaba de tarde”, rememora el hombre al remontarse a sus comienzos en el oficio.

 

Al año de trabajo, Sergio logró “independizarse” y compró su propio cajón. Se instaló en 1992 en la puerta del ya desaparecido banco Velox (en calle San Martín, a metros de la Peatonal). Pero las obras en la avenida lo obligaron a una nueva mudanza y el destino lo llevó a la entrada al pasaje San Martín (por Peatonal).

“Estuve más de 20 años trabajando ahí. Pero un día pasó un inspector municipal y me dijo que no podía estar ahí; me tuve que ir de nuevo”, sigue. A esta altura de la charla, un hombre que se ha parado en la esquina para que Sergio lustre sus zapatos escucha atento el relato del hombre. Es un viejo cliente de Bustamante, como prácticamente la totalidad de quienes se acercan todos los días. Si hasta algunos le dejan la bolsa con los zapatos para pasar a buscarlos cuando ya estén listos.

 

El recuerdo del Viti y el salpicón de pomada

“Me hice muy amigo del Viti Fayad. ¡Era un tipazo! Lo quiero mucho y fue un defensor de los lustradores”, retoma la conversación Bustamante con una enérgica defensa hacia el ex intendente capitalino. Es que fue por mediación de él que Sergio dejó de deambular y pudo reinstalarse nuevamente en la puerta del pasaje. “Me había mudado a la esquina con 9 de Julio, pero como había otro lustrador, me fui a la otra punta. Un día pasó el Viti y me dijo: ‘¿Qué hacés acá?’. Le conté y me dijo que volviera a la puerta del pasaje San Martín, que ya nadie más me iba a correr. A esta esquina llegué hace 5 o 6 años, desde que murió el señor que estaba antes acá. Un día me dijo que le cuidara el puesto y no volvió más”, agrega emocionado.

Ignacio Blanco / Los Andes

Como habitué de la calle que es, Sergio ha perdido la cuenta de las anécdotas. Pero no duda en elegir su “cagada” favorita. “Una vez le lustré los zapatos a quien era el gerente del banco Velox, y estaba apurado porque tenía una reunión con gente de Buenos Aires. Tenía una costura en la parte de atrás del zapato y la enganché con el cepillo. ¡Lo salpiqué con pomada desde el pantalón hasta el cuello! Desde ese día, cada vez que pasa por al lado mío me saludaba, pero nunca más volvió a lustrarse los zapatos conmigo”, recuerda en voz alta, y ríe. 

 

No hay una sola persona que no pase por la esquina y no salude a Sergio. Gastadas por la actualidad de Boca, preguntas por alguno de sus siete hijos o algún comentario sobre el tiempo; todo es excusa para iniciar una conversación. “La gente me conoce, me quiere y esa es mi alegría. Disfruto más de estar acá que en mi casa”, piensa en voz alta.

Sergio es de esos tipos que pueden hablar de cualquier cosa. Y también de los que saben respetar a aquel cliente de pocas palabras, o que prefiere invertir el tiempo que dura la lustrada concentrado en el celular. Sus hijos, sus ex mujeres y sus anécdotas son sus temas preferidos de conversación. Política y discusiones derivadas de ella, en tanto, son los temas que prefiere evitar.

 

Hermanos i-lustres: la historia de los Rodríguez

Uniformados con guardapolvos azules que llevan el auspiciante en la espalda, no hay mendocino que se haya lustrado los zapatos y que no lo haya hecho con cualquiera de los hermanos Rodríguez. En la Peatonal, en la AFIP, en la Legislatura, en Casa de Gobierno; siempre hay un Rodríguez para darle cobertura a cualquier radio del microcentro.

“Toda la familia ha estado por distintos lados. Yo empecé hace 20 años, y me enseñaron mis hermanos el oficio. Antes me ganaba la vida vendiendo golosinas”, cuenta José Rodríguez, lavallino de nacimiento y quien vive en San José.

 

Artesanal en su trabajo, José recurre a los insumos más tradicionales y de mejor calidad: pomada, cera y anilina. “Hay otros que usan silicona y otros productos, pero para mí eso no es lustrar”, agrega en tono de sincericidio, y coincide en lo difícil que es la mañana mendocina en verano. Mientras conversa acomodado en la silla de su cajón, intenta rastrear con su mirada algunos zapatos acomodados en un bar de la Peatonal y listos para ser lustrados.

Ignacio Blanco / Los Andes

“La gente usa menos zapatos que antes. La gente grande usa más zapatillas. En la mañana es cuando mejor se trabaja con los bancarios, oficinistas y abogados en calle Pedro Molina”, reflexiona. 

 

“Si es por elegir una de tantas anécdotas, recuerdo que en el 2000 nos fuimos con mi hermano Miguel al hipódromo. Fue en la época en que había un premio importante y se nos ocurrió ir un día a lustrar las botas de los jockey. ¡Terminamos hechos pomada, literalmente! A tal punto que teníamos que volver al día siguiente y yo no daba más, por lo que mandé a mi hermano”, recuerda con una sonrisa tímida.

Como si con un trabajo no tuviese ya suficiente, todas las tardes y la noche José trabaja como celador. Y junto a sus hermanos se las arreglan para trabajar en la construcción cuando hace falta.