Opinión Sábado, 25 de enero de 2020 | Edición impresa

Los fusilamientos en Plaza Pedro del Castillo, con mirada femenina - Por Luciana Sabina

Por Luciana Sabina - Historiadora

El Cabildo de Mendoza se terminó de construir en 1607 y desde entonces, además de sede del gobierno, funcionó como cárcel. Consecuentemente el paredón de fusilamiento se ubicó en las cercanías, en un extremo de la actual Plaza Pedro del Castillo. Como hasta el terremoto de 1861 ese fue el centro de la ciudad, es muy probable que la chilena Javiera Carrera visitase la zona junto a sus parientes. Sin sospechar que algunos de ellos hallarían allí su propia muerte.

Esta historia comenzó en 1810 cuando Chile expulsó a los españoles, las disputas por el poder entre criollos comenzaron casi de inmediato y  cuatro años más tarde -en Rancagua- todos fueron vencidos por los hombres del Rey. La venganza contra los revolucionarios fue brutal. Muchos procuraron escapar hacia Mendoza, entre ellos Javiera, sus hermanos y su archienemigo Bernardo O’Higgins.

 “Me horroriza la conducta del Ejército Real -escribió Carrera a su marido por entonces-, pasar a cuchillo niños de pecho y sus infelices madres (…  .) Estaré en Mendoza, de allí nos trataremos por la pluma hasta que veamos lo que te parezca mejor”.  

Lamentablemente la mujer no pudo establecerse en nuestra provincia, siendo San Martín gobernador y socio de O’Higgins los envió escoltados hacia Buenos Aires. Una vez libres en territorio nacional los Carrera intervinieron en la política argentina de modo activo. José Miguel, por ejemplo  colaboró con diversos caudillos federales y llegó a invadir Córdoba.

Juan José y Luis hicieron lo propio. Llevaron a cabo la fallida “Conspiración de 1817”, una redrada contra O’Higgins y San Martín. Fueron descubiertos y tomados prisioneros por Toribio de Luzuriaga, al mando de Mendoza.

Se cree que el plan fue urdido por Javiera que desesperada escribió desde Buenos Aires a Luzuriaga, en diciembre de 1817: “Aunque no tengo la satisfacción de conocerlo a Ud., animada de las virtudes de su persona compatibles con su ministerio, me atrevo a interrumpirle en sus tareas suplicándole el alivio posible para mis desgraciados hermanos (…  ) En tan lamentables circunstancias no les será indiferente ver letra mía, ya que no puedo proporcionarles otro remedio a sus penas. Al efecto incluyo las dos adjuntas para que me haga Ud. el honor de tener la bondad de hacérselas entregar…”.

Don Toribio era un hombre de pocas palabras y carente de tacto, respondió a Javiera en enero. Le aseguró que entregaría las cartas, pero que no esperara respuesta dado el mal ánimo de sus hermanos, uno de los cuales presentaba tumores y no deseaba ver a nadie. La situación empeoró cuando en febrero el mismo Luzuriaga descubrió y desbarató un plan para liberar a los Carrera. El 8 de abril fueron fusilados.

En nuestra ciudad la noticia se vio apocada por otra, las fuerzas independentistas habían triunfado en Maipú. Pero Javiera quedó postrada durante días al leer estas palabras: “…   Dios Todopoderoso tiene ya en su santa paz a mis incomparables amigos y hermanos tuyos -escribió Miguel Novoa, abogado de la familia- Juan José y Luis. Ayer a las 5 de la tarde fueron ejecutados por el canalla de Luzuriaga, que a su vez acataba órdenes superiores…”.

Novoa refiere a Bernardo de Monteagudo como instigador de las ejecuciones, presente entonces en Mendoza. Un aliado de San Martín y por ende de O’Higgins.

En Buenos Aires la situación de la chilena fue de mal en peor. Juan Martín de Pueyrredón la arrestó en su domicilio por algunos meses. En 1820 pudo escapar hacia Montevideo. Se encontraba allí cuando su hermano José Miguel estaba preso en Mendoza.  

Godoy Cruz era entonces gobernador y no dudó en eliminar de inmediato al chileno. Fue fusilado en el mismo lugar que sus hermanos y decapitado. Se organizó un macabro desfile de tropas para acompañar el martirio. Además, durante semanas su cabeza colgó putrefacta en uno de los extremos del Cabildo. Un brazo fue enviado a San Luis como “presente”.

La hermana mayor de los Carrera pudo regresar a Chile recién en 1824 y desde entonces trabajó para expatriar los restos de sus parientes. Logró hacerlo en 1828 gracias a la buena predisposición del gobernador mendocino Juan Corvalán. Los cuerpos fueron exhumados y llevados al templo de San Francisco.  Venerados por el pueblo antes de enviarlos a Chile, exactamente frente a la plaza donde los habían ejecutado. Esta parte de la historia suele dejarse de lado, pero para Javiera significó una reconciliación con nuestra provincia. “Quedo impuesta de lo bien que se han portado los mendocinos –escribió-, les agradeceré si es posible en medio del horror que me han infundido”.