Sociedad Domingo, 29 de julio de 2018 | Edición impresa

Los exiliados venezolanos son mayoría entre los que piden asilo en Mendoza

Superaron a los bolivianos, que históricamente han sido los primeros. Llegan desde Venezuela hombres solos pero también familias enteras.

Por Ignacio de la Rosa - idelarosa@losandes.com.ar

“Lo que más quiere uno es volver a su tierra y con su familia. Es difícil tener que vivir de este modo, pero en Venezuela tampoco se puede vivir. La gente está muriendo de hambre, literalmente”. Franklin Bonalde (40) es venezolano e ingeniero industrial. El último tiempo que vivió en Bolívar, su estado natal, trabajó vendiendo artículos en la web, hasta que llegó a Mendoza hace casi 2 meses. 

“El salario no me alcanzaba y la única forma de sustentar los gastos era vendiendo cosas por internet. Pero el flete se volvió impagable también, por lo que decidí vender mi auto y mi televisor, cosas mías y de mis amigos; todo para poder comprar un pasaje de avión que me trajera a Argentina. Allá no se puede ni siquiera comprar comida con la hiperinflación”, sintetiza el hombre con calma y angustia, sentado en una de las sillas del amplio salón de la imprescindible Casa del Migrante (en Dorrego), minutos después de haber tomado una cena temprana. 

 

Allí son varios los extranjeros en situación de vulnerabilidad que encuentran un techo y una compañía amigable sin costo, y donde pueden cocinar y comer algo. 

Como él, son muchos los venezolanos que recurren diariamente a ese refugio para cenar, pasar la noche y tomar un desayuno antes de volver a la calle: ya sea para trabajar en alguna changa que pueda surgir o para patearla buscando cómo (sobre) vivir. 

“No siempre estamos y coincidimos todos acá, pero hay algunas noches en que hemos llegado a ser entre 12 y 17 venezolanos. Hay familias enteras”, dice el hombre, quien trabajaba en una obra en construcción hasta hace unos días, cuando se enfermó y los médicos le detectaron una infección en los pulmones. 

Ya son la mayoría

Según destacaron desde la delegación provincial de Migraciones, 70% de las radicaciones de extranjeros que se están gestionando en Mendoza son para ciudadanos venezolanos. “Por primera vez en la historia están superando las radicaciones de ciudadanos bolivianos, que siempre han sido las más tramitadas”, destacó el delegado de Migraciones, Pablo Narváez, quien agregó que estas personas llegan en calidad de turistas y aquí inician el trámite de exilio.

“La decisión de dejar la tierra y la familia es realmente durísima. Uno siempre quiere intentar esperar y aguantar hasta que se acomode la situación. Pero no pasa. Tener que irse de esta manera no es como irse de paseo. ¡Ojalá lo fuera!”, reconoce Jesús Valdés (47), quien llegó hace un mes y medio a Mendoza con su mamá, María (69). 

 

Ambos son de la región conocida como La Guyana (también en Bolívar) y sueñan con poder reencontrarse con sus otros familiares, muchos de los cuales están preparando todo para venirse cuanto antes. 

“En el mundo se habla mucho de la situación en Venezuela. Pero lo que ocurre realmente es -por lo menos- tres veces peor de lo que se dice. Tenemos una inflación de 500.000% y la predicción es que cierre el año en 1.000.000%. Un dólar está a 3.500.000 bolívares y se consigue en el mercado negro”, sigue Jesús, quien trabajaba como comerciante en su país y también fue camarógrafo y carpintero.

Desde que llegó a Mendoza, Valdés trabajó en una obra en construcción, estuvo a cargo del armado de un circo (ese es el empleo más estable que ha tenido) y ha ayudado en la cocina de algunos restoranes.

Los desterrados

El 4 de junio, el avión en el que viajaba Franklin Bonalde desde Manaos (Brasil) aterrizó en Buenos Aires. “Prácticamente escapé de mi país. Quise venir a Mendoza porque sé que es un lugar muy importante”, reconstruye el hombre, abrigado con una campera de corderoy, pantalones largos y chancletas con medias.

En Bolívar quedaron su esposa, su hijo de 11 años y su mamá, a quienes más extraña. También están sus 3 hermanos, 2 de los cuales no tienen planificado moverse de su patria ya que “no les va tan mal”.

“Trato de no pensar mucho en mi familia, porque me angustia. Y también tratamos -con quienes estamos aquí- de tranquilizarnos entre nosotros”, resume.

Mientras, Jesús terminea d cocinar en el amplio horno del establecimiento, Hizo algo parecido a la cachapa (plato típico venezolano), aunque el usar polenta en lugar de maíz tierno dificultó la elaboración. Y el gusto tampoco es el mismo: “No queda igual, pero es una forma de sentir que no nos hemos ido del todo de Venezuela”.

Él y su madre ahorraron lo suficiente para poder cruzar todo Brasil en avión; y desde Iguazú hasta Mendoza viajaron en colectivo.

“El venezolano está migrando mucho, y hay países donde ya no somos muy bien recibidos porque nos ven como una peste. Por suerte en Argentina y en Mendoza eso no ocurre, acá son muy generosos y atentos”, comentan madre e hijo.

Ahorrar en dólares en Venezuela está prohibido y conseguirlos es todo un desafío dentro del mercado negro. Para peor, el valor del bolívar (moneda venezolana) es ínfimo. “No vale nada ya en Venezuela, menos va a valer afuera”, asume Valdés.

Jesús sueña con traer a su esposa y 2 niños a Mendoza cuanto antes. “Todos los días hablamos por WhatsApp. Eso nunca falla”, dice sonriente. En simultáneo, María se acomoda su gorro de lana y acerca un poco más su silla al círculo que se ha formado. “No estamos acostumbrados al frío, nunca hacen menos de 26 grados allá”, se excusa.

“Quisiéramos poder volver, pero a una Venezuela distinta. Es un hermoso país y siempre lo extrañamos”, resume.

El dinero no vale

La situación económica en Argentina no aparece como la ideal y eso es algo que los venezolanos tienen claro. Sin embargo, coinciden en que es incomparable. “Aquí hay una crisis, pero para nosotros es una tontera. Acá puede subir la carne y los cigarrillos, pero se consiguen y los supermercados siguen con ofertas. Para nosotros parecen hasta imperceptibles esas variaciones", resume Jesús Valdés.

Cuentan que el salario mínimo en Venezuela es de 5 millones de bolívares, que equivalen a menos de 2 dólares. “Un kilo de tomates cuesta 2 millones y 1 un kilo de carne 8 millones, por ejemplo. Con lo que en febrero de este año se podía comprar una moto (70 millones de bolívares) hoy ni siquiera alcanza para comprar 5 pollos”, grafica Valdés.

 

Yonair (38) y Alberto Pérez (30) son hermanos y hace 4 meses llegaron a Mendoza, provenientes de la región de Portuguesa. Los dos están trabajando en un restaurante en Cacheuta. “Nadie quiere irse de su país pero la situación está demasiado complicada. Es muy duro tener que dejar a tu familia, tu vida, todo”, dice el primero. Como los demás, mantienen la ilusión de que sus esposas e hijos puedan venir a instalarse con ellos.

Entran como turistas no como refugiados

El delegado de Migraciones en Mendoza, Pablo Narváez, destacó que ha crecido considerablemente el número de venezolanos que llegan a Mendoza y que tramitan la radicación.

“No entran al país como refugiados, sino que llenan el formulario como turistas para no tener problemas migratorios. Pero cuando ya están aquí, piden asilo recurriendo a la Ley 25.871. Y el principal inconveniente es que no traen consigo las partidas de nacimiento ni el equivalente al certificado de buena conducta, ya que es algo que da el Gobierno y ellos vienen escapando”, explicó el funcionario.

La mayoría de los venezolanos entrevistados por Los Andes tienen turnos para tramitar “la precaria” (así le llaman a la documentación provisoria que les daría la residencia). “Estoy esperándola para poder tramitar la validación de mi título aquí y poder trabajar como ingeniero industrial en Argentina”, contó Franklin Bonalde.

La Casa del Migrante

Dependiente de la Iglesia y ubicada en Joaquín V. González 450 de Dorrego, la Casa del Migrante es un albergue con cocina y comedor para que -sin costo- los extranjeros que estén viviendo en situación de vulnerabilidad puedan tener un techo y un espacio para comer.

“Tiene sus normas, horarios de llegada y de salida. Venimos entre las 19 y las 20 para cocinar algo -cada uno lleva y prepara su comida- y cenamos en el comedor. Pasamos la noche en el albergue y por la mañana nos vamos temprano. Al mediodía volvemos y, tipo 14, cada uno vuelve a la calle o a sus trabajos”, destacó Bonalde.

 

En el lugar se les da un té con leche y pan o una tortita al desayuno y por la noche, según la disponibilidad.

“Actualmente hay gente de Venezuela, Haití, Brasil y Colombia. Es un espacio ameno y la convivencia es tranquila. Si uno no tiene algo, el otro lo comparte. Todos los que estamos aquí tenemos el mismo problema de haber tenido que irnos de nuestro país y no tenemos un trabajo estable. Está muy lejos de ser un lugar de turismo”, sintetizó la venezolana María.