Opinión Domingo, 8 de marzo de 2020 | Edición impresa

Los algoritmos dominan tu vida y vos no lo sabés- Por Leonardo Rearte

Por Leonardo Rearte lrearte@losandes.com.ar

A. El despertador del celu, a las 7, escupe la obra consagratoria de Alcides: “No la dejes ir, no la dejes ir, porque te lo digo yo”. Enlagañado, sin levantar la espalda del colchón, apretás como podés el botón de la pantalla para que termine esa obra musical de finales del siglo pasado. Fin del suplicio y silencio. Sin solución de continuidad, le das de una al ícono del Facebook. Así, aún en la cama, te indignás con la mirada política de la prima Pocha; te reís con los labios secos del meme que se burla de la Lepra; entrás en pánico porque leés que “todos tenemos coronavirus pero Estados Unidos no quiere que lo sepas”; y te fumás por enésima vez la publicidad de zapatos Emmanuel y su oferta de 3% si comprás 2 estilettos púrpuras…  Y todo porque alguna vez pensaste que sería buena idea, para el cumple de tu esposa, comprar por internet unas botas. No las adquiriste porque te rebotaron la tarjeta, pero desde entonces esa publicidad te sigue, como perro flaco, hagas lo que hagas en la red. 

Quince minutos después estás cepillándote los dientes. Escuchás la playlist de Spotify llamada “Música que te re copa” e irrumpe de nuevo Alcides y “No la dejes ir, no lo dejes ir”… “¡¡Basta!!”, le gritás al aparato lanzando pasta de diente a los cuatro costados. Pasás a Youtube con el único dedo seco que te queda, en busca de algún clip buena onda. Pero antes, te atrapa la primera propuesta que resalta en el programa de videítos: “Las enfermedades más espantosas del mundo y las que le siguen”. Ayer, cuando te salió un grano raro en la frente, tuviste la pésima idea de googlear “Granos feos y peligrosos” y allí le diste click a un video. Hoy tu YouTube parece un catálogo de eccemas, puntos negros y llagas. Escapas del baño raudo, te vestís con una mano (en la otra, el móvil) y desayunás de pie (porque el tiempo que tenías para hacer las cosas tranqui lo consumiste boludeando en internet). Con la camisa fuera del pantalón, te subís como podés al auto, listo para ir al trabajo. La primera notificación que salta en el celular es de Maps. Medio dormido como estás, porque anoche te quedaste maratoneando en Netflix, le das al “ok”, y dejás que la voz robótica de la app de mapas te lleve “a destino por una ruta nueva pero con menos tráfico”. Así es como a las 9 AM estacionás y te das cuenta que la señora con acento español no te trasladó a tu trabajo, sino…  ¡a la puerta de Calzados Emmanuel!

B. Cuando éramos chicos creíamos que en 2020, la pasión del hombre por el conocimiento nos llevaría a otras galaxias, que viajaríamos en autos voladores y que habríamos desterrados la totalidad de las enfermedades... Es duro darse cuenta hoy que los científicos y los talentos más grosos del mundo están trabajando en Google o en Facebook, con la tarea poco trascendental de ¡encajarte toda la publicidad que se pueda! Internet es algo maravilloso, pero también un negocio colosal que tiende a la expansión y al monopolio. Y aquí, en esta magnífica mina de oro de unos pocos, lo que prima son las estrategias de marketing para copar tu atención todo el tiempo que se pueda, y colarte productos por todos los costados.

Lo dicho: las mentes más lúcidas de nuestra generación están trabajando en Silicon Valley ¡desarrollando algoritmos! De esa palabrita trata esta columna: los “algoritmos” están de moda, y son la clave para entender por qué Google te muestra los resultados que buscás cuando tipeás la palabra “granos peligrosos”; explican por qué ves solo algunos posteos de algunos amigos en Facebook (los que el algoritmo cree que te gustarán más) o cómo logra Netflix sugerirte qué ver después de “La Casa de las Flores”... Y -por sobre todo- son la ingeniosa forma que tienen los avisos de penetrar en tu vida digital. 

Un algoritmo es un programa; o para entenderlo mejor es, por ejemplo, una receta. Son instrucciones. Maneras de mostrar o hacer tal cosa, si vos hacés previamente tal otra. Lo curioso, es que estos algoritmos están siendo en la actualidad creados por inteligencia artificial para que sean lo más precisos posibles a la hora de a) generar “adicción” para que la gente no se despegue de la plataforma en cuestión y b) lograr vender más a través de la microfocalización y segmentación de audiencias de la que se valen los anunciantes. 

El drama es que los algoritmos logran ser muy efectivos en esto de “hipnotizarnos” y de alguna manera manipularnos, porque cuentan con muchísima información nuestra… aprovechándose del detalle de que nosotros mismos se la regalamos contando todo lo que hacemos, todo lo que somos, en las mismísimas redes sociales y buscadores.

C. Ha prendido entre algunos intelectuales la idea de la existencia de un “proletariado digital”: es decir, hay expertos que les reclaman a las grandes redes y buscadores que les paguen a los usuarios por usar su información, ya que con esa data logran millonarias ganancias. ¿Te imaginás que Facebook te pagara por darle me gusta a la página de Huracán Las Heras o poner que ya no estás en una relación? Porque esa, tu info, es la materia prima con la que ellos construyeron un imperio.

No sé si pedir tanto, pero considero que si existe una “retícula” que rige nuestras vidas (los algoritmos), como mínimo tendríamos que conocer cómo funcionan y saber si han sido creadas con métodos y fines éticos. 

Hoy las grandes empresas mantienen sus algoritmos en secreto; eso desde ningún punto de vista puede ser bueno para nosotros. Porque el títere tiene derecho, creo yo, a saber cuál piola mueve sus brazos, cabezas y bolsillos.

D. El conocimiento que tenemos del mundo y que nos llega a través de las redes sociales, también está mediado por los algoritmos.

De hecho, las noticias falsas que pululan en las redes tienen que ver, en parte, con la impericia de los programas de computación para detectar qué es falso y qué no. Porque las máquinas todavía no tienen la capacidad de identificar qué información puede ser confiable o lo que es peor, cuál puede haber sido fabricada con motivos non-sanctos. YouTube, Twitter, Facebook y Google reciben denuncias a diario de cómo sus buscadores entregan “bolazos” como resultados. De alguna manera -por acción u omisión- ellos han contribuido a que fenómenos como los terraplanistas, los anti-vacunas, y hasta los ¡reptilianos!, por ejemplo, tengan más asidero que nunca entre los internautas.

¿Te das cuenta? No solo no hemos logrado teletransportarnos ni viajar a Júpiter; sino que además compartimos era con millones de tipos que creen en planicies mundiales que no cabían ni en la cabeza de Colón. 

Qué clara que la tenía el biólogo y divulgador Edward Osborne Wilson cuando dijo: “El principal problema de la humanidad hoy en día es que tenemos mentes paleolíticas, instituciones medievales, y tecnología de los dioses“. Para ser más precisos, el verdadero problema es que esa tecnología de los dioses está siendo mayormente usada para manipular nuestras mentes paleolíticas ante la pasividad de nuestras instituciones medievales.