Sociedad Domingo, 24 de noviembre de 2019

Leonardo Favio: cárcel, amor y el nacimiento de una mirada única

A una infancia difícil le siguió una juventud en la que el rebusque lo nutrió de imágenes imborrables que, como director, supo aprovechar.

Por Verónica Pagés - Especial para Los Andes

Leonardo Favio estuvo varias veces en las calles de Buenos Aires antes de que su estancia fuera la definitiva. En una de las tantas idas y vueltas buscando un destino –que él en plena adolescencia asociaba con comer seguido y “levantarse pibas”– consiguió entrar a la Marina (uno de sus amigos de Luján lo ayudó con los contenidos del tercer grado que nunca terminó). Aunque fue breve la experiencia militar –él mismo contaba que lo expulsaron por incapaz– le sacó provecho al traje de marinero que se dejó y usó durante un tiempo para pedir en la zona de Retiro. El cuento era que no tenía plata para volver a visitar a sus padres. Un embaucador hermoso. Así conseguía pagar una pensión de mala muerte y comer todos los días. 

En Retiro también estaba su gran fuente de entretenimiento: el Parque Japonés, una feria de atracciones, personajes y fenómenos que fueron llenando su ya nutrido imaginario. Tenía amigos en casi todos los puestos. Tragasables, saltimbanquis, enanos, magos, lanzallamas, contorsionistas. Oficios que lo atraían para probar, pero que rápidamente lo dejaban afuera: “Era un inútil”. 

Así, el Parque Japonés se convertía en el lugar propicio para que el raterito que supo ser saliera a escena. Había días en que la picardía y la avivada subían de tono y el robo liso y llano parecía el oficio más logrado. Pero no todo salía a pedir de boca. Por esa época, Favio conoció varias comisarías y hasta la cárcel de Devoto lo tuvo casi un año encerrado. A poco de salir volvió a entrar. Una vez lo hizo con el nombre de su hermano y la otra con el de un primo menor de edad, lo que le permitió quedarse en el Instituto Agote, que funcionaba desde hacía un tiempo en el mismo edificio que había sido del hogar El Alba. Ahora sí era un reformatorio hecho y derecho. Las dos experiencias fueron tan intensas que Leonardo dijo “basta”.

Se volvió a Mendoza y aceptó las insistentes invitaciones de su madre para sumarse a la compañía de radioteatro. Todo había empezado tiempo antes con un “Leeme esto que escribí”, pero la respuesta de Leonardo era “No, me da vergüenza”. Así fue hasta que un día lo terminó por convencer. Con 17 años, Leonardo Favio empezó a girar por Mendoza y San Juan con melodramas radiales que lo tenían en papeles cada vez más destacados. El boom que resultó “La fiera acorralada”, pieza que escribió su propia madre, le dio un espaldarazo que lo animaba a más: “Le empecé a gustar a la gente”, le decía hace años a su amigo Rodolfo Braceli.

Romance del aniceto y la francesa. . Película rodada en Mendoza.

Nada era demasiado lineal, directo o unidireccional en la vida de Leonardo Favio. Todo tenía su vericueto, su barroquismo. Volvió a Buenos Aires, pero un poco más fortalecido. Con la ayuda de una sus tías, la actriz Elcira Olivera Garcés que ya tenía un nombre en la escena porteña y estaba casada con el guionista Abel Santa Cruz, y con el empuje de su madre, Favio empezó a hacer bolos en radio El Mundo. A eso se le sumaron pequeños papeles secundarios en la tele, y uno en la película “El ángel de España”, de Enrique Carreras, donde actuó junto a Pedrito Rico. “Esa película debo haberla visto un millón de veces para verme en la pantalla”. De allí le llegó el dato sobre Favio a Leopoldo Torre Nilsson -por entonces el director más importante del cine argentino-, que estaba desesperado por no encontrar a un protagonista para su película “El secuestrador”. 

Así, a los 20 años, Favio empezó a salir en las revistas y su sueño de conocer chicas comenzó a hacerse realidad. Desde pibe tenía la convicción de que las más lindas eran las del cine. Su actuación en la cinta de Torre Nilsson lo llevó a trabajar junto a directores como Fernando Ayala (“El jefe”, 1958), Daniel Tinayre (“En la ardiente oscuridad”, donde actuó con Mirtha Legrand, 1958), José Martínez Suárez (“Dar la cara”, 1961) y otra vez con el que ya era su entrañable amigo Babsy Torre Nilsson en “Fin de fiesta” (1960), “La mano en la trampa” (1961) y “La terraza” (1963).

La chica de la pantalla grande que estaba empecinado en conquistar era María Vaner, su compañera en “El secuestrador”. Ya en la prueba que les tomaron le había gustado. En una parte de la historia la tenía que besar. “Me daba mucha vergüenza hacer esa escena porque me calentaba. ‘Métale, che, métale’, me decía Babsy. Finalmente me llamó aparte y me preguntó: ‘Dígame, ¿usted es pelotudo? Bésela’. ‘Si yo la beso’, le contesté tímido. ‘Pero bésela bien, pelotudo’, me dijo Babsy”, según transcribe Adriana Schettini en su libro “Pasen y vean. La vida de Favio”.

La leyenda dice que Favio se hizo director de cine para conquistar a María Vaner. Él pensaba que no alcanzaba con ser actor, después de todo era un oficio en el que nunca se sintió demasiado cómodo. Así, surgió “El amigo” (1960), una película de algo más de 10 minutos con muchos de sus recuerdos de la época del Parque Japonés. “El corto nació como una hipoteca que tenía con María. Todas las mañanas le decía que me iba a estudiar cine con Torre Nilsson, cuando en realidad me quedaba en un bar, tomaba un café con leche y me ponía a leer el diario. Le decía eso para que no se piantara con un intelectual. Pero llegó un día en que preguntó cuándo empezaba a filmar”. La película se presentó en el Festival de Cine de Mar del Plata: “Estaba feliz, creía que Fellini era un salame al lado mío”, le contó Favio muerto de risa a los integrantes de La Nave de los Sueños, autores de “La memoria de los ojos”, el libro que resume toda su filmografía.  

Crónicas de un niño solo. Su debut (a lo grande) como director

Y se dio cuenta de que podía, de que nunca había estudiado pero que era posible. “Siempre se dijo que mi vínculo con la dirección viene por Babsy, no, no... Mi forma de dirigir a los actores viene de mi madre; yo siempre observaba cómo marcaba a los actores de su compañía, cómo colocaba la música, los tiempos, era una gran directora. Todo lo que hay en mí como artista es de mi madre y el sello mío de dirección es de la radio, de sus climas y sus silencios. Mi madre era muy minuciosa, se acercaba al actor y le iba indicando el gestito, ahora más chiquito, más grande, para arriba, como si estuviese dirigiendo una orquesta. Era una mujer de mucho talento, de una gran sensibilidad. Y eso me quedó porque yo veía que surtía efecto”, reveló Favio en una entrevista con el suplemento Radar del diario Página 12. 

Luego llegó “Crónica de un niño solo” (1964), la primera parte de la que sería su involuntaria trilogía en blanco y negro. Nada de lo que empezaba con “Crónica...” estaba planeado de antemano, pero el resultado estético (la ausencia de color, los silencios, el peso de las miradas) que se completó con la tercera película años después armó un conjunto que muchos consideran lo mejor que ha tenido el cine argentino en toda su historia. 

La idea de “Crónica de un niño solo” era volver sobre el recuerdo íntimo de la fuga de una comisaría en Mendoza, pero con su hermano el Negro le dieron una vuelta al cuento para sumarle las memorias que ambos tenían de su paso por el hogar El Alba. Encierro, soledad, cabezas rapadas, peleas, humillación y fuga. Un mundo que Favio vivió de chico y retrató con austeridad y crudeza. Crónica... fue muy bien tratada por la crítica y recibió premios, pero fue la emoción de su amigo Babsy Torre Nilsson la que le dio la confirmación del valor de su ópera prima. “Yo filmaba para deslumbrar a Babsy”. 

“Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más” (1967) fue su segundo film, que nació en el mismo Festival de Cine de Mar del Plata que estaba consagrando a “Crónica...”. Un uruguayo se le acercó a Favio para ofrecerse como productor de su próximo film. Con lo duro que le había resultado terminar de pagar su primera película, Favio aceptó inmediatamente. Le dijo que estaba pensando en un cuento de su hermano el Negro, llamado “El cenizo”, en referencia a un tipo de gallo de riña, el bien más preciado del protagonista. La historia contaba –con muchos silencios–una tragedia anunciada a partir de un amor a dos puntas que sucedía en un pueblo de provincia, que no podía ser otro que Luján de Cuyo.  

Para el papel de Aniceto, Favio quería a Palito Ortega. Estaba convencido de que necesitaba una figura popular para asegurarse el éxito, pero el cantante rechazó la propuesta. La segunda opción era Oscar Ferrigno y por él fue a ver una obra de teatro independiente a un subsuelo perdido por ahí. Pero no llegó a ofrecerle el papel. Quedó enloquecido con Federico Luppi, que actuaba en esa obra que había visto por casualidad. Luppi sería el Aniceto, personaje inspirado en Raúl Di Marco, un amigo lujanino de la adolescencia. Pero en la flacura de Luppi, en su cadencia y su furia, Favio veía a su hermano. Elsa Daniel y María Vaner iban a ser la Francisca y la Lucía, quienes se disputaban el amor de ese hombre. Dos actrices que enloquecían a Favio. Vaner era su mujer. Y Daniel, la que quería tener en sus películas. “Anduvimos un poquito, ella fue mi gran metejón. Pero bueno, ¿de quién no fue el gran metejón?”.

“El romance del Aniceto y la Francisca” fue otro éxito que lo colmó de premios, prestigio y reconocimientos, pero que no tenían su correlato económico. Lo tenía desvelado un nuevo proyecto, más ambicioso que los anteriores: el “Juan Moreira”. Pero la desmesura que quería no se ajustaba a los números. Babsy Torre Nilsson le ofreció producirle una película más modesta y encaró el que sería el final de su trilogía con “El dependiente” (1969), basado también en un cuento de su hermano. Walter Vidarte, Graciela Borges y Nora Cullen le dieron vida a una historia de puertas adentro a partir de las visitas del dependiente de una ferretería a una joven alejada del qué dirán. 

Por entonces, Favio ya amaba a la jovencísima Carola –su amor definitivo–, a quien tenía embaucada con que la iba a convertir en estrella, pero ella no estaba interesada. El embauque quedó sin efecto y se llenó de sentido todo lo demás. También había empezado a sonar “Fuiste mía un verano”, la canción con la que Favio empezó a conocer la popularidad que buscaba con su cine. Supo que ese nuevo valor podía potenciar al que ya tenía. Prestigio y popularidad debían ir de la mano. Y decidió poner todo su empeño ahí.

* (Mendoza, 1968). Periodista y crítica teatral. Se recibió en la UNCuyo. Vive hace más de 25 años en Buenos. Trabajó 20 años en el diario La Nación. Escribe de espectáculos, viajes y demás.