Opinión Domingo, 22 de marzo de 2020 | Edición impresa

Las tres grandes crisis de la globalización - Por Carlos Salvador La Rosa

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

La globalización no es una novedad en el transcurrir de la humanidad, podría decirse que es el progreso “en bruto”, vale decir, se inicia cada una de sus etapas cuando las relaciones de producción cambian pero aún ellas no se traducen en una sociedad adaptada a las nuevas formas evolutivas. Por eso la gran frase que simboliza cada gran cambio hacia más globalización es la de que “todo lo que parecía sólido se desvanece en el aire”. Todas nuestras certezas desaparecen ante un nuevo mundo que nuestras conciencias aún no han incorporado. La globalización es simplemente la evolución humana que día a día, año a año, siglo a siglo avanza hacia formas superiores de integración. Pero es, como dijimo, progreso “en bruto” porque no se adapta naturalmente a las necesidades humanas, sino que a veces incluso las desmorona aún más.

El síntoma más evidente de la nueva globalización lo dieron la aplicación de las nuevas tecnologías de información, que apenas ingresaron a la URSS por los pequeños pliegues por donde los soviéticos intentaban abrirse a medias esperando que cambiando algo no cambiarían nada. No obstante, el virus tecnológico hizo volar por los aires a todo el sistema, lo destruyó completamente como si fuera una jarra de cristal, por su fragilidad y rigidez frente al cambio.

Por el contrario, Occidente, que tenía un sistema hecho desde sus orígenes para el cambio permanente, pudo incorporar las relaciones productivas basadas en la tecnología, de un modo bastante razonable, tanto que allí nomás se proclamó vencedor indiscutible de la guerra fría, de la guerra este-oeste y pensó que el mundo de allí en adelante sería todo suyo. Pero no ocurrió exactamente así.

Sucede, que como decía un viejo general (que había sacado el dicho de los autores clásicos), “a la evolución se la cabalga”. O_sea, a la globalización hay que montarla, conducirla para dirigirla hacia los fines que pretendemos los humanos, en vez de esperar que ella sola nos haga progresar y entonces en vez de cabalgarla nos colguemos de su cola a fin de aprovechar los colgados los beneficios del progreso que ella trae consigo. Que eso fue lo que precisamente hicimos.

Cuando las tierras bajas están sin agua, el deshielo de las montañas puede traerles la salvación si y solo si están preparadas para recibirlo. Porque el agua de arriba avanza hacia abajo como un alud y no se detendrá ante nada aunque deba destruir todo; en cambio si hay diques preparados para contenerla, el agua de arriba salvará a las tierras de abajo.

Esa es la diferencia entre cabalgar y colgarse de la evolución, la que puede ser tan constructiva como destructiva, pero no depende de ella sino de nosotros.

Claramente, Occidente no entendió eso, proclamó el fin de la historia y se confundió con ella. A partir de entonces se quedó con una sola de las patas de la evolución, la financiera, y entonces creó nuevos ricos haciendo que el dinero fuera el único factor de producción. Vale decir, lo que más convenía era poner dinero a interés (o en hipotecas subprime) para ganar más dinero con el dinero, no trabajando. Eso estalló en 2008 cuando se reveló la falsedad del sistema, el timo, la estafa, un conjunto de CEOS_incrementando la desigualdad en nombre de la utopía de que el dinero crearía dinero para todos los hombres, que si uno hipotecaba su casa y ponía la plata a “trabajar”, allí nomás tendría dos casas.

Bien sabemos como terminó la cosa, de la que aún no nos hemos repuesto. Un mundo con mucha más potencialidad, pero mucho más injusto porque en vez de poner la globalización al servicio de todos,  la aprovecharon unos pocos.

De allí que poco tiempo después vendría el segundo desafío a la globalización, éste no económico-financiero sino político. Fue gestado precisamente por los perdedores del sistema, aquellos que en vez de recibir los beneficios de la evolución, habían recibido sólo sus perjuicios. El pico de esta segunda reacción ocurrió en el corazón del imperio occidental y su expresión más acabada fue Donald Trump, elegido por ser el político menos parecido al resto de los políticos y porque los prometía un imposible exigido a gritos:_el de volver atrás, el de acabar con la globalización a la que consideraban responsable de sus penurias. No casualmente otro Trump surgió en Brasil: Jair Bolsonaro es la expresión por derecha del mismo sentimiento antiglobalizador que en América Latina se expresó antes por izquierda en la excentricidad populista y bolivariana. Todas reacciones, ninguna superaciones.

Sin embargo, pese a tan contundentes advertencias, todavía seguimos colgados de la cola del caballo evolutivo en vez de intentar cabalgarlo para que nos conduzca a un mundo mejor. Y_por ende ahora aparece el tercer desafío, que no es financiero ni político, sino virósico; es como que la misma naturaleza se rebelara contra nuestras sandeces, nuestra imposibilidad de entender cómo ponernos al frente de las nuevas realidades.

Un anticipo político de lo que hoy estamos viviendo como un virus pandémico lo vimos hace poco en el más original evento político ocurrido en los últimos tiempos: la insurrección chilena. Allí aparecieron los indicios de lo que nos estaba pasando y no entendíamos:_un país emergente que supo adaptar todos los esquemas del capitalismo primermundista había logrado un éxito fenomenal en transformar la sociedad, creando una clase media que nunca tuvo y una economía en pleno crecimiento. Pero esa misma clase media, cuando tomó conciencia de sí, reclamó lo que el sistema no le daba, precisamente salud, educación, seguridad social. E_hizo estallar el modelo económicamente más exitoso de América Latina.

Ahora, por razones muy complejas de precisar, el mundo globalizado (con una globalización que a diferencia de las anteriores cubre el planeta entero porque no existe ningún lugar aislado del resto) una pandemia afecta al mundo entero y debemos vencerla sobre todo con aislamiento, paradójicamente. Lo que más falta en un mundo todo globalizado.

Lo que viene es una historia por escribir, pero todo nos indica que superada la inmensa crisis sanitaria, el hombre deberá replantearse todas sus prioridades y dedicarse mucho más a lo que hasta ahora no se dedicó. A construir un mundo para la humanidad en vez de dejar que la globalización haga y deshaga, lo que sólo trae beneficios para unos pocos y a la postre para ninguno, como verificamos en estos aciagos momentos.