Política Viernes, 17 de enero de 2020

Las llamadas de un espía de la SIDE detrás de Lagomarsino: la nueva pista del caso Nisman

El "nuevo" espía estuvo activo aquel 18 de enero de 2015 exactamente las 12 horas que los custodios "necesitaron" para hallar al fiscal.

Por Redacción LA

¿El espía controlaba a Lagomarsino o se encontró con él? ¿Hablaron personalmente entre ellos? ¿Por qué la SIDE estaría detrás de Lagomarsino si nadie sabía que Nisman estaba muerto? Son algunas de las preguntas que surgen a partir de una nueva pista sobre la muerte del fiscal del caso AMIA, hallado sin vida hace cinco años en su departamento de Puerto Madero, horas después de denunciar a Cristina Fernández de Kirchner por encubrimiento a los iraníes acusados de volar la mutual judía.

Son las 10.10 del domingo 18 de enero de 2015 y un funcionario de la Dirección General de Reunión Interior de la SIDE se comunica mediante un radio de Nextel con uno de sus agentes activos. El que inicia la llamada está en la Capital. Lo toma una antena ubicada en la avenida Beiró, entre los barrios de Agronomía y Villa del Parque. El que la recibe está en Martínez, al norte del conurbano bonaerense. Lo toma una antena de la calle Hipólito Yrigoyen 3197, muy cerca de la Panamericana.

Pero ese espía nunca estuvo antes trabajando un domingo a la mañana en esa zona de Martínez. Ni tampoco volvió a hacerlo cinco años más tarde. Pero está justo ahí, el día en que Nisman aparecerá muerto, a sólo una cuadra del departamento donde vive Diego Lagomarsino, el experto informático de confianza del fiscal y el que le entregó el arma del desenlace fatal.

Si bien Lagomarsino había dicho que el sábado 17 Nisman se comunicó primero con él, luego se supo que el técnico le mandó un WhatsApp antes y luego de eso respondió el fiscal. Que no fue Nisman sino Lagomarsino quien provocó el encuentro que terminaría con la muerte del fiscal.

Una investigación exclusiva de Clarín firmada por el periodista Héctor Gambini sostiene que el espía de la SIDE mantuvo 38 comunicaciones en radio por Nextel, 27 de ellas desde el barrio de Lagomarsino, desde las 10.10 a las 16.59. A esa hora lo llaman desde una antena que corresponde a la zona de Puerto Madero donde está el departamento de Nisman.

Tras ese llamado queda en silencio dos horas y luego aparece en otras localidades del conurbano: Tres de Febrero y San Martín. Allí se comunica 11 veces más con sus mismos interlocutores: altos funcionarios de la Secretaría de Inteligencia del Estado. Pero vuelve al barrio de Lagomarsino cerca de las diez de la noche. En dos minutos (22.07 y 22.08) emite tres comunicaciones más y recibe una.

Luego de esta última apaga su teléfono, pero no se sabe a qué hora abandona la zona y termina su día de trabajo.

 

Cuando el espía de Martínez se desconecta, los custodios de Nisman están llegando a Puerto Madero para subir al departamento del fiscal con un cerrajero que va a abrir la puerta para que entren Niz, Sara Garfunkel -la madre de Nisman- y Marta Chagas, una amiga de ella. Y caminarán hacia el cuarto del fiscal, pasarán el vestidor y llegarán al baño, que está con la luz encendida. Hay un cadáver. Está vestido con un pantalón corto, oscuro, y una remera blanca. Descalzo. Paralelo a la bañera, boca arriba, la cabeza hacia la derecha, recostada sobre la bisagra inferior de la puerta cerrada. Si no fuera por la sangre que irradia toda la escena de muerte violenta, por esa desmesura de charco escarlata, podría parecer un hombre dormido.

La mano izquierda sobre el pecho. El brazo derecho en el suelo, flexionado hacia arriba, con la mano cerrada cerca de la frente. Una cintita roja en la muñeca. Las piernas estiradas. Cerca de la rodilla derecha hay un casquillo de bala. Su sangre se acumuló en el tercio del piso que da hacia la puerta. Tras el disparo, siguió emanando a borbotones de un orificio de 6 milímetros que está tres centímetros sobre su oreja derecha y 7 milímetros hacia adelante: ni detrás de la oreja ni cerca de la sien.

Debajo de su hombro izquierdo, junto a la bañera, hay un arma. Es una pistola de bajo calibre, vieja, pero cargada con balas sofisticadas, de punta hueca y alta velocidad. La pistola también está cubierta de sangre. Es un domingo lluvioso de enero y el país está a punto de entrar en conmoción. Y entonces, formalmente, ahora sí, el país se enterará de que Nisman ha muerto. Un fiscal federal de la Nación que ha investigado el atentado contra la AMIA y hace cuatro días que denunció a la ex presidenta Cristina Kirchner por encubrir a sus autores. Al día lo siguiente iban a esperarlo en el Congreso para escuchar los argumentos de su acusación. 

Un juego de espejos con más dudas

Eran las 22 del domingo, pero pasará una hora y media hasta que el llamado con la novedad llegue al jefe de la Policía Federal, Román Di Santo, de allí al funcionario de Seguridad Darío Ruiz, y de allí al secretario Sergio Berni.

Los custodios dijeron que mientras integraban la custodia de Nisman sólo le respondían al fiscal. Muerto Alberto, aún no se sabe a quiénes les respondieron durante la hora y media que tardó en enterarse el jefe de la Federal.

 

El comisario Di Santo -hoy retirado en su departamento de toda la vida, con una magnífica vista a la Basílica de Santos Lugares- les contó a sus íntimos que esa demora excesiva en la “novedad” que debían pasarle sus subordinados siempre le llamó la atención. Sin embargo, nunca fue llamado a declarar en la causa. Ahora podría ser indagado por los “descuidos” en la escena del crimen: si sucede, dirá que sólo cumplió las órdenes que le daba Berni.

La aparición de un espía instalado todo el día cerca de la casa de Lagomarsino el día en que Nisman estaba muerto es una aguja en el inmenso pajar del caso. Un delicado mecanismo de relojería en medio del barro.

De acuerdo a las diferentes localizaciones de su teléfono a las que accedió Clarín, el aparato del espía de Martínez se activa allí un rato antes de que los custodios de Nisman lleguen por la mañana a Puerto Madero -aunque pudo estar en la zona desde más temprano-, se desplaza justo cuando éstos suben por primera vez a tocarle timbre al fiscal y ven que no contesta (cerca de las 17) y vuelve al barrio de Lagomarsino cuando los custodios ya llegan con el cerrajero y faltan minutos para que Nisman sea descubierto.

Curiosamente, es un juego de espejos: las comunicaciones del “nuevo” espía de Martínez parecen acompañar el ritmo de la búsqueda en Puerto Madero.

Todos estos registros -cruces de llamadas que sigue haciendo la Unidad Federal de Investigaciones Especiales de la Policía Federal- son la nueva prueba en el caso Nisman y ya están incorporados al expediente que investiga la muerte del fiscal.

 

Lagomarsino dijo que ese domingo de la tragedia estuvo en su casa durante la mañana, se fue al mediodía a comer un asado a la casa de unos amigos en Pilar y regresó pasadas las 19. Incluso, le mandó un mensaje a Nisman -que éste nunca leyó-. Poco después de las 11 fue a un Carrefour de la zona, volvió a buscar a su familia, pasó a comprar helado y se fue a Pilar.

El espía hacía una hora que había empezado a comunicarse desde su barrio. Por la noche, cuando al agente le levantaron la misión, Lagomarsino ya había regresado a su casa hacía más de dos horas. También, el espía estuvo pegado a la casa del experto informático las 12 horas que los custodios "necesitaron" para hallar al fiscal muerto en las torres Le Parc (desde que llegaron hasta que entró en escena el cerrajero). Todo eso a pesar de que las secretarias de Nisman ya les habían ordenado varias veces “tirar la puerta abajo” para ver qué estaba pasando con el fiscal que no contestaba.

El caso es un festín para los detallistas: los custodios siempre se movieron juntos -fueron los dos a todos lados y ninguno de ellos se quedó en Le Parc por si Nisman estaba herido y necesitaba ayuda o simplemente por si los llamaba en forma urgente porque se había quedado dormido-, pero al momento de subir con el cerrajero a ver qué pasaba sólo subió uno. El otro, después de buscar a Nisman todo el día, eligió quedarse abajo justo cuando lo iban a encontrar.

Este custodio que no quiso “encontrar” a Nisman es Luis Miño, el mismo que había ido a buscar al fiscal al aeropuerto de Ezeiza cuando éste volvió de Europa, el lunes 12 de enero a la mañana. Y también el mismo que lo llevó a TN para la entrevista nocturna el miércoles en que Nisman denunció a Cristina.

 

Miño tenía varias líneas de celulares a su nombre cuya procedencia nunca detalló. Había trabajado como custodio en el Exxel Group, en una firma cuya propiedad se adjudicó a un grupo de espías, subsidiaria de otra que controlaba la seguridad privada en el aeropuerto de Ezeiza y que era dirigida por el segundo de Jorge “El Tigre” Acosta en la ESMA durante la dictadura, Adolfo Donda Tigel. Estos contratos de Ezeiza habían sido desactivados por el primer interventor de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), Marcelo Saín, cuando asumió el cargo, en 2005.

Saín -que hoy lidia con los crímenes en Rosario como ministro de Seguridad de Santa Fe- declaró luego que, cuando vio a Lagomarsino por televisión tras la muerte de Nisman, lo reconoció como a un espía que le habían presentado en aquella época para darle información sobre narcotráfico.

Las 27 comunicaciones del agente de la SIDE que ahora aparece “pegado” a Lagomarsino desde su barrio fueron hacia un superior suyo de la Dirección de Reunión Interior, quien a su vez tuvo comunicaciones con el jefe del área, Fernando Pocino. Éste se comunicaba luego con el segundo jefe máximo de la SIDE, Juan Martín Mena, actual viceministro de Justicia de la Nación en el flamante gobierno de Alberto Fernández.

El Nextel de este agente -que sigue trabajando actualmente en la AFI (ex SIDE) y cuyo nombre ya está en poder de los investigadores- integraba una flota de equipos de comunicación que en la SIDE identificaban como COM. Todos estos aparatos pertenecían al área de Reunión Interior que dirigía Pocino, el espía que ese mismo día se iba comunicando con Mena mientras recibía llamados de sus agentes del grupo COM, incluyendo el que estaba tan cerca de la casa de Lagomarsino. Había más, cuyas ubicaciones aún se sigue tratando de determinar.

Pocino representaba en ese momento el ala más “leal” de la SIDE a Cristina Kirchner, aliado con el jefe del Ejército que manejaba la inteligencia paralela, César Milani. Estaba enfrentado a Antonio “Jaime” Stiuso, el hombre fuerte del organismo que el kirchnerismo había alentado desde los comienzos del gobierno de Néstor Kirchner y acababa de soltarle la mano, un mes antes de la muerte de Nisman.

 

Pocino había cultivado una relación personal con Cristina Kirchner porque trabajó con ella en la Comisión Bicameral del Congreso que seguía el tema AMIA. Tejió relaciones con Milani cuando éste era el segundo jefe de Inteligencia del Ejército y aún era coronel, aunque ya en ese momento tenía llegada sin intermediarios al despacho de la entonces ministra de Defensa Nilda Garré, en 2007.

Cuando Cristina intervino la SIDE y puso al frente a Oscar Parrilli, el referente directo de Pocino pasó a ser el Señor Ocho, segundo de Parrilli: Mena. Él estaba entre los denunciados por Nisman de encubrir a los terroristas que volaron la AMIA. Hoy su procesamiento -igual que el de Cristina y el del flamante jefe de los abogados del Estado, Carlos Zannini, entre otros- sigue firme por un fallo de la Cámara Federal. Todos irán a juicio ante el Tribunal Oral Federal 8, que aún debe fijar la fecha.

Según los datos que constan en la causa, mientras el espía de Martínez se reportaba desde el barrio de Lagomarsino, Pocino llamaba a Mena 11 veces. Varios de esos contactos tienen una duración muy breve, de 7 u 8 segundos. Pero en otros mantienen conversaciones más prolongadas. A las 12.00 hablan casi 15 minutos; a las 15.48, cinco minutos y a las 16.16, 37 segundos. Todos los llamados son de Pocino hacia Mena y mientras los custodios de Nisman aún no habían subido a golpearle la puerta.

Además de llamar a Mena, Pocino tiene también varias comunicaciones con Alberto Massino -director de Análisis de la SIDE que respondía a Antonio Stiuso- y con César Milani. Con éste habla a las 13.45 (casi 7 minutos) y a las 17.06 (94 segundos).

A esta hora los custodios subían a golpearle la puerta a Nisman y desde Puerto Madero llamaban al espía de Martínez para sacarlo de la zona hasta la noche, cuando Lagomarsino volviera a su casa tras el asado con amigos en Pilar.

 

Ese sugestivo cruce de llamadas arroja un dato más. A las 13.44 -cuando todavía la falta de respuestas de Nisman no había alarmado a nadie- el custodio Benítez llama a su colega Miño y hablan 80 segundos. Benítez había trabajado el día anterior y dirá luego que Nisman le había pedido un arma, aunque sus tres declaraciones en el caso serán diferentes. Miño es el hombre que está a punto de “estirar” la búsqueda de Nisman hasta que no le quede más remedio, más allá de las diez de la noche.

El lunes a la mañana, nueve horas después de que el espía que se había instalado en su barrio apagara el teléfono, Lagomarsino dice que se entera de que Nisman ha muerto por un WhatsApp de su hermano y va a Tribunales a decir que él le había llevado el arma a Nisman a pedido del fiscal.

El empleado judicial que le indicó que no era allí donde debía contar lo que quería contar -fue al juzgado original de Manuel De Campos y debía ir al que De Campos subrogaba, que en realidad era el de Fabiana Palmaghini-, declaró luego que Lagomarsino estaba muy nervioso, “lloraba como una actriz” y cambiaba su relato constantemente.

La fiscal Viviana Fein -que en la reciente serie de Netflix confiesa que le daba miedo interrogar al agente Stiuso- le tomó a Lagomarsino un testimonio corto y amable: su primera declaración ocupa sólo 7 carillas, incluyendo las formalidades y las firmas.

Aunque las cámaras lo toman entrando y saliendo del complejo Le Parc, Lagomarsino no recuerda bien cómo estaba vestido Nisman cuando según él le dio el arma. Se acueda de todo, menos que él llamó primero para provocar el encuentro y cómo estaba vestido el fiscal. En su primera declaración habla vagamente de un “pantalón largo”. En la segunda aclara directamente que no lo recuerda.

La sospecha de los investigadores -que aún hoy lo mantienen vigilado con tobillera electrónica en su casa- es si Lagomarsino realmente vio a Nisman aquella tarde. Su relato del “arma amiga” -para suicidarse, Nisman “necesitaba” una pistola propia o al menos la de un conocido- le dio cuerpo a la idea del suicidio que el Gobierno trató de imponer seis veces en las primeras 24 horas del caso.

 

A las 9.15 de aquel sábado y antes de que Lagomarsino se comunicara con Nisman, la madre del fiscal había invitado a su hijo a almorzar a su casa. Él le respondió que no podía porque tenía mucho trabajo. En esa casa Nisman guardaba su propia pistola. Si pensaba suicidarse, era una excelente excusa para ir a buscarla. Mucho más sencillo que tirarse un lance improbable con su empleado informático, apenas un rato después, sin saber si éste tenía o no un arma.

Esa es la otra sospecha que sigue a flote cinco años después. ¿Realmente Nisman le pidió un arma a Lagomarsino?

Ese sábado, mientras Lagomarsino llegaba por primera vez al departamento de Nisman, el custodio Benítez llamó a su colega Miño y hablaron durante 23 minutos: mientras llegaba el empleado al que le iban a pedir un arma, el custodio que luego diría que a él también le pidieron lo mismo está hablando largamente con quien al día siguiente “buscaría” a Nisman más de 11 horas.

Por la noche, cuando según Lagomarsino estaba explicándole a Nisman cómo se armaba y se cargaba la pistola 22, Benítez y Miño vuelven a hablar durante 8 minutos más.

Pocas horas después, aquel lunes 19 de enero cuando el país supo que Nisman estaba muerto y los espías acababan de pasarse el domingo hablando entre sí, hubo al menos seis manifestaciones oficiales en menos de 24 horas donde se mencionó o se sugirió con fuerza que el fiscal se había suicidado.