Sociedad Domingo, 10 de noviembre de 2019 | Edición impresa

Largo viaje al África: una excursión a la tierra de los principios

Para muchas culturas de ese continente el origen de casi todo se explica a través de relatos.

Por Facundo García - Especial para Los Andes

En mitad de un lunes agitado, el mensaje de Whatsapp hace estallar mi tarde mendocina. “Hola García, ¿cómo andás, hermano?”. Es Saire (19): cuando nos conocimos él era un pibito de la tribu masai que se reía porque yo –un muzungu de patas cortas– quedaba rezagado mientras corríamos por la sabana. Ahora se ha transformado en un guerrero y me escribe por asuntos más importantes.

“Quiero contarte que hoy es un día de felicidad... ¡nació una vaca!”,  pone en su inglés tropical, y yo sonrío porque sé lo que eso significa para mi amigo. 

Según la tradición masai, el ganado es uno de los pilares del universo. Saire me manda fotos de la vaca caminando, del trasero de la vaca, de la vaca pariendo, de él ayudando en el parto, de la placenta. Hasta me graba, desde el mismísimo lugar del nacimiento, una canción que su gente canta para recibir a las crías: inicia con un tanteo, y luego pone a vibrar una melodía cósmica, una agitación de hierba y viento que, supongo, sirve para insuflar vida.

 

Saire está eufórico. No puede dejar de contarme. Tin, tin, tin, suena mi celu.  Me informa que la vaca madre se llama Mongo –“la que da todo”– y que parió “a la hora en que los animales salvajes juegan y gritan. Eso sería entre las 10.30 y las 11 de la mañana”. Manda más imágenes. Quiere ser periodista y está convencido de que la suya es una gran noticia. Para mí lo es: hacía un montón que no charlábamos. 

Épocas raras. De pronto uno interrumpe la redacción de una nota para emocionarse porque una vaca acaba de dar a luz en una aldea de Kenia. Y en la otra punta de la conexión, un joven guerrero masai hace un huequito en su rutina de campo para ver si tiene señal y enviarle a un cronista argentino –antes de que se le agote la batería– un video de Mongo y su cría, que ya retozan entre pasturas. 

Tildado frente a la pantalla, me quedo pensando en el valor que los africanos le dan a los nacimientos y a los orígenes en general. Por cada fenómeno despliegan una narración que explica de dónde viene, cómo empezó. A veces el relato es una trampa: un enredo ideológico para justificar lo establecido. Otras veces es un diamante de sabiduría.

Pensándolo bien, esta fascinación por los inicios es comprensible. “Mamá África” es la cuna del ser humano. El origen. La tierra de todos los principios.

Cómo surgió la desigualdad entre varones y mujeres

En Ositeti (sur de Kenia) cuentan que antes de que el poder estuviera en manos de los hombres eran ellas las que ostentaban la autoridad. Los varones, maravillados al ver que las mujeres podían parir personas, respetaban esa magia con un temor reverencial. No sospechaban que ellos también eran necesarios para engendrar a los hijos.

Tribu. En un pueblo en el que las mujeres piden permiso para todo, Lilian (centro) estudió Letras | Gentileza / Solomon Worku

Cierta mañana, una mujer le pidió a su hombre que le cuidara al bebé, porque quería salir a buscar agua. Pero muchos varones son distraídos, así que cuando ella se fue, el guerrero estaba en cualquiera. El bebé terminó cayéndose al fuego y murió.

“¿Y ahora qué voy a hacer?” –pensó el hombre, aterrorizado– “La mujer vendrá y si descubre que quemé a su hijo por accidente me va a dar una paliza”.

Mientras se decía esto, vio que a lo lejos volvía la madre. Sin saber cómo enfrentar el problema, el hombre se escondió al costado de la choza. Cuando ella entró, vio al niño calcinado al lado de la hoguera y gritó: “¡Dios mío, es mi culpa! ¡He sido tan descuidada!

 

¡Por irme a buscar agua se ha muerto nuestro hijo!”.

Desde el escondite, el hombre escuchó la palabra “nuestro” y sintió que una idea se delineaba en su conciencia. ¿“Nuestro hijo”? ¿”Nuestro”? Hasta que le cayó la ficha: los hijos eran de las mujeres y de los hombres. O sea que los varones también eran indispensables para procrear. 

“Desde ese momento ellos empezaron a acaparar más y más poder”, me resumía Lilian, una activista de la zona que lucha por los derechos de las jóvenes masai. 

Hoy muchas chicas de su tribu tienen que pedir permiso para casi todo, hasta para ir a la escuela. Padecen mutilación genital, y en áreas alejadas no se les permite tener ninguna propiedad. 

“Hay que darle al cuento un final alternativo, ¿no te parece?”, se sinceró la muchacha.

“Para cambiar eso me puse a estudiar Literatura: es indispensable crear otras narrativas”, confesó.

Sueños de periodista. Saire tiene 19 años y desde África informa a su amigo argentino sobre el nacimiento de una vaca | Gentileza / Solomon Worku

Cómo surgió el hambre

Sudán del Sur se independizó de Sudán en 2011. Es el país más nuevo del mapa. En su interior bulle una ensalada de grupos étnicos, y el núcleo de las tensiones actuales es la hostilidad entre dos tribus enormes. 

Los nuer se resistieron siempre a las invasiones árabes. Luego, cuando los europeos campeaban por el continente, aguantaron hasta que los británicos les bombardearon el ganado para obligarlos a negociar. 

Sus rivales también son duros. Los dinka constituyen la etnia más numerosa de la región. Igual que en otros pueblos, su paso a la adultez está marcado por cortes en la cara y la extracción de varios dientes, junto con el entrenamiento diario en el uso de la lanza. Como los nuer, son de estirpe guerrera y están entre la gente más alta y morena del planeta.

Para dinkas y nuer existe un fantasma, el del hambre, que aquí es antiguo como la presencia humana. Sus mayores cuentan que hubo una era en que el estómago de las personas vivía aparte, en los bosques. Era un ser independiente, pero sufría mucho. Un día un caminante se encontró con el estómago y sintió pena por él. Lo quiso cobijar poniéndolo en su lugar actual, la panza, para que pudiera alimentarse hasta recuperar fuerzas. 

Sin embargo al estómago le encantó su nueva casa. No se quiso ir más, se volvió insaciable. Por eso siempre anda rezongando, adentro de nuestros cuerpos, imponiendo la tiranía del apetito.

 

Cómo surgió España, según los árabes

Paseando por algunas de las callecitas más viejas de El Cairo (Egipto), me topé con la mezquita de al-Azhar. Ahí hay otro principio, porque alrededor de ese edificio funcionó, a partir del año 970 –y antes que todas las de Occidente– una de las universidades más antiguas del mundo. Todavía se pueden estudiar ahí varias carreras.

Estaba embobado por la arquitectura y el gentío cuando me sacó del hechizo un egipcio que medía como un metro noventa. Se llamaba Mohamed. “Look. Mirá estas puertas –indicó–. Hace siglos las trajeron hombres de mi sangre, con sus propios brazos”. Miré: eran puertas enormes, de unos cinco metros de alto. “¿Sabés por qué pudieron ubicarlas ahí? Porque mis ancestros eran gigantes”. “Ahora todo se va empequeñeciendo. Cosas, personas. Todo mini”, suspiró el grandulón.

Le respondí que, de ser cierto que las personas se han ido achicando, los petisos debíamos venir del futuro. “No necesariamente. A lo mejor sos japonés y no te avisaron”, retrucó él. Hicimos un silencio dramático y soltamos la carcajada rodeados de un trajín de telas y pregones, en la ciudad más populosa de la civilización árabe. Antes de despedirse, Mohamed me contó que se ganaba el pan tallando juegos de ajedrez en madera. Imaginé esos dedos de cíclope labrando reyes, alfiles, caballitos: seres minúsculos, seres grandes. El tablero de la realidad.

Por la noche fui a la calle Dokki porque quería comer koshari, una comida típica. Mientras estaba sentado a mi mesa, escuché que me llamaban. “Disculpe –dijo un flaco–. No me gusta comer solo ¿Le molesta si traigo mi plato a su mesa?”.

Se sentó y me contó que se llamaba Ahmed, que era médico y que tenía algunos minutos de descanso en la guardia de un hospital donde trabajaba. “Ya sé que mi nombre no le dice mucho. ¡El 30% de los egipcios se llama igual!”. El tipo vestía ropa occidental. Su celular era mucho más moderno que el mío. No parecía un revolucionario, tampoco un tradicionalista. 

“¿Argentino? Ustedes hablan español, ¿no?”. Hamed me preguntó si yo sabía que en tiempos antiguos España había pertenecido a los árabes. Le respondí que algo había leído. Él sonrió con satisfacción. “¿Sabe lo que me relataba mi abuelo sobre Al Andaluz, que es lo que ustedes llaman España? Se lo voy a contar”. 

Entonces desgranó esta historia: “Hacía mucho que los reyes europeos querían invadir la península de Al Ándalus. Sabían, de todas maneras, que el Imperio Musulmán era rico y poderoso. De ahí que antes de iniciar la guerra los cristianos decidieran mandar espías.

No querían arriesgarse. Al llegar a Al Ándaluz, los espías vieron a un niño llorando.‘¿Por qué llorás?’, le preguntaron. ‘Lloro porque olvidé 200 de las 400 páginas que había estudiado la semana pasada’, dijo. Los espías se quedaron sorprendidos ante el sentido de responsabilidad del nene. Siguieron camino y más allá vieron a dos hombres que intercambiaban espadazos. “¿Por qué luchan?”, quisieron saber los enviados del rey cristiano. Los hombres bajaron las espadas: ‘No estamos peleando. Estamos aprendiendo a pelear. Sirve para defender a los débiles y para no temer, para sentirse vivo y reconocer a los amigos’. Ese invierno, los espías cristianos volvieron a Europa y le aseguraron a su rey que era imposible invadir Al Ándalus. Pero 100 años pasaron.

Murieron los reyes de ambos reinos y los espías. Murió también el niño que lloraba y los amigos que aprendían a pelear. El nieto de aquel primer rey cristiano subió al trono y mandó a dos nuevos observadores para que le contaran qué ocurría ahora, un siglo más tarde, al otro lado de la frontera. Al llegar a Al Ándalus, los espías vieron a otro niño llorando. ‘¿Por qué llorás?’, preguntaron. ‘Lloro porque olvidé cómo se baila la canción que está de moda’, respondió el chico. Más adelante, encontraron a dos hombres peleando. Cuando consiguieron separarlos, los espías quisieron saber por qué luchaban.

Pero no pudieron dialogar: los contendientes estaban tan borrachos que se caían solos.

Aquel invierno, los espías cristianos volvieron a su país y pidieron audiencia con el rey.

Ese mismo año se inició la campaña para expulsar a los musulmanes de Al Ándalus”.
“Y así nació España” remató Ahmed, mientras pagaba su cuenta y se esfumaba entre las sombras de una avenida cairota.
 

La seducción

Dentro de un continente con cientos de etnias, los códigos para comenzar un vínculo de pareja tienen infinitas variaciones. A veces se entablan charlas entre familias, otras hay intercambio de ganado, e incluso hay zonas en que las relaciones fluyen de una manera muy parecida a lo que se ve en Mendoza.

En Etiopía –donde habitan mujeres de una belleza única– el ritual de seducción suele consistir en que el hombre agarre de la muñeca a la chica. La muchacha tironea como para soltarse. A partir de ahí hay dos opciones. O ella sacude el brazo dejando entrever cierta flojera (¡hay onda!) o empieza a tirar fuerte y se queja hasta que el pesado la suelta.

Perfil

Facundo García (Mendoza, 1980). Escritor, periodista y docente. Recorrió 9.500 kilómetros del continente africano y cada noche escribía lo ocurrido en la jornada. Así surgió el libro “Pregunta de los elefantes”.