Sociedad Domingo, 3 de noviembre de 2019 | Edición impresa

El mendocino que viajó al África profunda y encontró con las historias más escalofriantes

Al continente negro lo habitan cientos de etnias, cada una con sus ritos y sus miedos.

Por Facundo García - Especial para Los Andes

El GPS indica que el viajero llegó a una frontera. Pero no hay nada: ni soldados, ni policías, ni aduana. Apenas un cartelito que chirría con la brisa y dice “Bienvenido a…”; y en un color ocre, despintado, el nombre del país que comienza a partir de esa línea que no se ve. Igual de impalpables son algunos seres que los afros mencionan por lo bajo. En micros y fogatas, en calles y mercados, hablan de ogros, fantasmas, brujas. Criaturas que -como las fronteras- parecen no existir, aunque pueden tener consecuencias muy concretas sobre la vida de los mortales.

Una noche, viajando en colectivo por Etiopía, apareció de la nada una mujer en mitad del campo. Estaba esquelética y se puso adelante del micro, por lo que el chofer tuvo que detenerse. Bajé con varios pasajeros a ver qué ocurría. Estaba muy oscuro: solo nos iluminaban las luces del vehículo. Ella miraba con ojos que eran como dos abismos.

 

“¡Faranyi, faranyi!”: me pedía algo. Nunca entendí qué. 

Cuando quiso acercarse, dos pasajeros la sujetaron. Y al notar que la situación no avanzaba, la desesperada de repente se dio vuelta, se soltó de un tirón y se arrojó bajo las ruedas de un camión que venía en sentido contrario. 

El tiempo dejó de fluir, como si se hubiera trabado.

El camionero consiguió frenar justito. Los dos pasajeros del colectivo agarraron a la mujer de los brazos, la levantaron y la llevaron por una senda que comenzaba en la banquina. Después vi que volvían corriendo. “¡Up, up, up!”. Me ordenaban que subiera al micro.

”¿Pero qué pasa?”, pregunté. Nadie respondió. Los dos tipos que venían corriendo me empujaron arriba del bondi y apuraron al chofer para que arrancara rápido. Mientras el chofer ponía primera, vi que la mujer aparecía otra vez por la ruta, correteando atrás de nosotros. El conductor puso segunda, tercera. La figura flaca se fue empequeñeciendo en el espejo retrovisor hasta fundirse con la sombra. Yo pedía explicaciones que jamás llegaron.

A veces pienso en ella y me siento culpable. ¿Qué habrá querido? ¿Quién era? Su reclamo eterno me persigue, y desde que nos cruzamos prometí esforzarme más por comprender lo extraño. No siempre lo logro, pero me volví un preguntón. De modo que intentaré cumplir parte de esa promesa trayendo -desde diversos recovecos del continente- otras historias raras que recolecté en el camino.

Fuego. Una pausa en el camino puede llevar a saber de las historias más extrañas

Los ayudantes suicidas 

El Lago Victoria es fuente del Nilo y uno de los espejos de agua dulce más grandes del planeta. Con 69.484 kilómetros cuadrados, abarca zonas de Uganda, Kenia y Tanzania.

Está exigido al máximo y da de comer directa o indirectamente a más de treinta millones de personas. 

Es a orillas del Victoria donde el hombre –o lo que hace un rato era un hombre– se balancea en la madrugada. Tiene el cuello atado a una cuerda, y la cuerda está atada a un árbol. Todavía no salió el sol: el cuerpo del suicida es una sombra que se mece con la marea.

 

El puerto está a punto de espabilarse. En un cuarto de hora llegará un pescador, luego otro y a lo mejor hasta un tercero. Harán lo posible por bajar al ahorcado de la rama. No para salvarlo, sino para desatarle la soga del cuello y empezar a pelear para ver quién se la queda. 

Porque la cuerda que ha usado un suicida tiene poderes. Los pescadores lo saben y se la disputan a trompadas. El más fuerte saldrá corriendo con el tesoro y la noticia será la comidilla de la semana en cada puesto del mercado. 

Dice la tradición que quien entreteja su red de pesca con la cuerda de un suicida gozará una vida de abundancia. Aparte, el hechizo se hereda. Una familia de pescadores se considera salvada si tiene en la barca una de estas redes mágicas. Con ella se pescará lo que se quiera, como se quiera, cuando se quiera. 

Remojando los pies en el Victoria, leí en las hojas del periódico Daily Nation una entrevista donde autoridades keniatas describían el poder de este amuleto. Raphael Akuku, anciano de su tribu y funcionario de la Playa de Ogenya, aseguraba que “ha utilizado siempre su red con soga de suicida” y que le va de maravilla:

“¡Gracias a esta cuerda he podido ganar dinero diariamente y mandar a mis chicos a la escuela!”, dijo a la prensa. Le faltaba decir “Llame ya”.

 

Muerte y brujería

Entre los recopiladores de relatos africanos es difícil obviar al polaco Ryszard Kapuciski.

Como buen reportero, Kapu sabía que era tan importante retratar los hechos concretos –guerras, revoluciones– como descifrar la trama simbólica de sus protagonistas. Lo que se hace es fundamental: tanto como lo que se piensa sobre lo que se hace. Y no solo en culturas lejanas: cualquiera que haya estudiado los caprichos del mundo financiero sabe que allí también cunden las supersticiones. 

En una de sus andanzas, el Kapu le preguntó al periodista ghanés Kwesi Amu si alguna vez había visto una bruja:

“Eso es imposible”, respondió Kwesi, “Durante la noche, las brujas rodean la Tierra con telas de araña. Mantienen con la mano un extremo del hilo y el otro extremo está pegado a todas las puertas de las casas del mundo. Si alguien intenta salir al exterior, se mueve la telaraña. Las brujas lo notan y desaparecen en la oscuridad deprisa y corriendo. Por la mañana, solo verás girones de telarañas colgando de las ramas y de los picaportes”. 

Leía estas palabras de Kwesi en mi libro electrónico, rumbo a la sabana profunda. Estaba entrando en territorio de los masai, que ocupan el sur de Kenia y el norte de Tanzania. En uno de los primeros días de convivencia con ellos, acompañé a mi amigo Joseph a una aldea vecina para comprar un maple de huevos. Íbamos en moto –él conducía, yo como acompañante–, a campo traviesa y bastante rápido. El maple de huevos se me escapaba de las manos entre tanta subida y bajada. “¡Ey, ey, nos vamos a matar!”, grité. 

Joseph frenó y se puso más serio que un cadáver: “Shh. Muzungu, los masai no hablamos de la muerte, porque si la mencionás la estás llamando”. Lo dijo y volvió a acelerar.

Monstruos sensibles

En efecto, los masai no hablan de la muerte. Pero tienen mil historias de terror. Muchas son sobre ogros, y casi todas transcurren en la proximidad de los bosques. 

“¡Cuidado cuando caminen solos por ahí! Podría pasar que buscando frutos silvestres recojan una pelotita que en realidad es… ¡un ojo de ogro!”, advierten las abuelas, mechando el aire de broma con cierto tonito que inquieta al círculo de niños que las escuchan.

Los ogros comen gente. Por lo tanto, si uno cae en el error de levantar del suelo el ojo del bicho, él –que a lo mejor está en la otra punta de la sabana, pero ha dejado ese ojo como señuelo– localizará a su víctima e irá corriendo para atraparla. 

“¿Y corren rápido los ogros?”, pregunto a la multitud reunida junto a la fogata.

Uno de los niños se anticipa a las viejas:

“¿Que si son rápidos? ¡Ja! Un ogro corre más fuerte que una chita y además no se cansa. Si agarraste su ojo, lo tenés al lado tuyo en dos minutos”. Buuuhh. Sus hermanitos sacuden los hombros porque sienten escalofríos.

Entonces una de las abuelas arranca con “La historia del ogro y las moscas”, que dice así:

Había una vez tres niños masai. Sus padres se habían ido al pueblo –era día de mercado– y los habían dejado a cargo. Pero en vez de cuidar el ganado y las gallinas, los tres hermanos se dedicaron a jugar. En eso, sintieron el andar de un ogro y desde lejos empezaron a burlarse de él. El monstruo giró rápido y vio a los nenes, que corrieron a refugiarse en su choza. 

El gigante se agachó y metió la cabeza en la choza, pero aunque buscó y buscó, no vio a los niños, que se habían escondido debajo de las camas. “Huyeron. Igual, tarde o temprano, ellos o sus padres van a tener que volver. Me las van a pagar”, pensó el monstruo. Como era mediodía, decidió sentarse y comer lo que llevaba en su bolsa –acaso un niño de otro poblado–. Luego se quedó dormido boca arriba. 

Como todo el mundo sabe, los ogros tienen muchos ojos y la piel de colores raros. Los sigue un enjambre de moscas, ya que son bastante sucios. Y este no era la excepción.

Por eso, mientras los chicos seguían ocultos, el gigante, que digería su almuerzo entre ronquidos, empezó a tirarse pedos. 

El concierto digestivo fue tan estrepitoso que los chicos se tentaron de risa en su escondite bajo las camas. Al principio eran risas contenidas, pero después fueron carcajadas. Carcajaditas de niño que se colaron a través de la peluda y cerosa oreja del ogro, hasta que se despertó. 

Al abrir los ojos, lo primero que el monstruo vio fueron las moscas que lo seguían a todos lados. Creyendo que las risas venían de las moscas, dijo:Hasta los insectos se burlan de mí. Como ogro soy un desastre”. 

Y se suicidó.
 

Perfil

Facundo García

(Mendoza, 1980) Escritor, periodista y docente. Recorrió 9.500 kilómetros del continente africano y cada noche escirbía lo ocurrido en la jornda. Así surgió el libro “Pregunta de los elefantes”.