Sociedad Domingo, 27 de octubre de 2019 | Edición impresa

Un mendocino en el África profunda: el misterioso "guerrero" que le cambió la vida

Otra gran historia del periodista que viajó desde Etiopía a Sudáfrica. La segunda crónica de una serie para atesorar.

Por Facundo García - Especial para Los Andes

Los leones no se comieron el ganado. Los perros todavía roncan. La sabana está fresca, con el aroma de la hierba en la oscuridad. A esta hora, Lankisa Saoli ya está levantado hace rato. Y parece eterno: cuando se sienta bajo un árbol, envuelto en sus ropas para mirar la salida del sol, Lankisa tiene los ojos más brillantes del mundo.

 

Nació en 1950 y su madre falleció poco después. La gente de la aldea empezó a murmurar que algo raro había en aquel niño que no pronunciaba palabras. Cuando creció, supieron que era sordo y mudo. Sabana adentro -sin electricidad ni agua corriente- no hubo escuela, médicos ni fonoaudiólogos que lo ayudaran. 

“Nunca habló, es verdad, pero aprendió a expresar su amor a través de acciones”, resume su sobrina Lilian.

 

Como imantado por la luz que tiñe el cielo, Lankisa se incorpora y anda. Lleva a las vacas a tomar agua. Sus piernas flacas caminarán siete kilómetros de ida y siete de vuelta para que el ganado alcance la vertiente más cristalina. Si por casualidad me cruzo con él, quizá sonría y haga la seña con la que suele nombrar a los blancos. Es así: pone dos manos frente a su cara, formando con los dedos un cuadrado alrededor de los ojos.

Es el mismo gesto que usa para referirse a las cámaras fotográficas. En su lenguaje, “cámara” y “blanco” se dicen igual. Es porque Lankisa piensa que los occidentales vemos la realidad como una sucesión de fotos.

En estación seca, mi amigo se internará en la llanura; enfrentará a los depredadores para que sus vacas gocen de los mejores pastos. Y en la tarde, mientras enfila hacia la aldea rodeado por los últimos tonos azules, intentará no ver las estrellas fugaces, porque -según la tradición- quien mira esos destellos puede perder una res.

Viajero. Con mínimos recursos, el autor recorrió 9.500 kilómetros del continente africano. Cada noche escribía lo vivido. | Los Andes

Mensajes de la lluvia

La etnia masai habita el sur de Kenia y el norte de Tanzania. Incluye a más de un millón de personas repartidas en aldeas y unas pocas ciudades, con una concepción patriarcal de la existencia y uno de los ecosistemas más espectaculares como telón de fondo. 

Es una comunidad alegre que usa al ganado como moneda, ama las fiestas y los collares. En las áreas aisladas, los billetes son objetos extravagantes. Pero no es raro ver a los hombres en ronda, bebiendo un vaso de sangre que se llena con el chorro rojo que sale del cuello de un animal recién degollado. 

Ferozmente independientes, los masai suelen perforarse las orejas y llevar unos aros enormes que les alargan el cartílago hasta los hombros. Tanto es así que al trabajar deben hacer un nudo con sus súper orejas, para no engancharse con las ramas o las herramientas. Lilian: “entre nosotros el tamaño de las orejas se consideraba signo de belleza. Por eso mi tío y mi madre las tienen así”.

 

Cierta madrugada, después de varios meses secos, un vapor tibio sobrevuela Ositeti.

Los animales están inquietos. Nadie sabe qué ocurre, excepto Lankisa. No oye ni habla, aunque ha desarrollado un lenguaje que entienden hasta los más pequeños. Ese mediodía levanta las manos para interrumpir el almuerzo y la familia calla para “escucharlo”. Joseph, un sobrino, trata de “subtitular” la secuencia de gestos. Cuenta: “el tío...está diciendo que hoy va a llover... y que se acaba la sequía...y dice que una de las vacas va a parir…”. 

Al caer la noche, la familia se junta en el corral frente a la vaca que jadea y que tiene una cría a medio salir. El partero es este tío enigmático y sordo. Tira de las patas que asoman hasta que cae un ser gordito, mojado y tontón que da la impresión de no entender dónde está. 

“Mi tío Lankisa ama a los animales. Si se muere uno, lo tenemos que consolar porque llora como un chico”, susurra Lilian. 

Llueve. Es la primera vez en meses. La sabana huele a vida renovada. El animal recién nacido siente el frío de las gotas e intenta ponerse de pie. ¿Toro o vaca? 

“¡Miren, se está levantando! ¡Le vamos a poner “blessing” (“bendición”), porque llegó y nos trajo el agua!”, propone con la cara salpicada Enoch, otro de los sobrinos. 

 

Es vaca. Y después de mucho tiempo está cayendo un chaparrón. Retumban los truenos. Cantan voces, tan humanas. Me toca en las profundidades esa alegría de todos. Si por fin llega la época de lluvias, el ganado crecerá fuerte, como las bandadas de chicos y chicas que ya salen de la aldea para corretear por la vegetación húmeda aunque todavía amarilla, sin pensar en lastimarse y sin creerse más que nadie.

Ser padre

Lankisa siempre fue una persona reservada. Tal vez por eso no se casó ni tuvo hijos. Sin embargo sí funciona como figura paterna para sus sobrinos. “Un día una serpiente entró a nuestra choza –rememora Lilian–. Mi tío estaba tomando té con otro hombre, y ese hombre salió corriendo. En cambio él vino inmediatamente hacia mí para protegerme, y juntos echamos a la serpiente afuera. En ese momento supe que cualquier persona puede procrear, pero hay que ser muy especial para convertirse en un papá como Lankisa”.

Más tarde, Lilian le confesó que quería ir a la escuela, y él la llevó alegremente hasta el aula. Ese apoyo fue una rareza: en una cultura donde las mujeres están condenadas al hogar y la maternidad temprana, Lankisa decidió colaborar para que aquella niña estudie. “Y cuando quise ir a la universidad, pensé que iba a ser imposible. Acá es muy caro. Entonces él vendió un par de sus amadas vacas. Con eso pagamos dos semestres”.
Hoy la muchacha es profesora de Lengua y Literatura por la Kenyatta University.

“Cuando me gradué –sigue Lilian– mi tío era la persona más feliz de toda la aldea. Sacrificó a uno de sus toros favoritos y le contaba a cada vecino –a su modo– lo orgulloso que estaba de mí”. 

Lankisa nunca le insistió a Lilian para que se casara, y eso que ella ya pasó los 25. Para muchas masai, ser soltera a esa edad es una vergüenza. “Nunca me preguntó sobre mi casamiento. Supongo que su eje ha estado en asegurarse que yo fuera una mujer feliz y punto”, destaca.

 

Al menos en esa zona, no se espera que un guerrero de la edad de Lankisa tenga una cercanía tan fuerte con mujeres jóvenes o niños. De todas maneras, él ignoró el tabú.

Hasta hace poco, su sobrino nieto Kurash se quejaba: “¡No quiero ir más a la escuela, mamá! ¡Quiero estar con el viejo y cuidar el ganado!”.

El sol en los ojos

Ya tenía preparada la mochila para irme de Ositeti. El motor del auto que me llevaría por cien kilómetros de polvo hasta la ciudad de Narok estaba en marcha. En la distancia, veía que Saire, uno de los chicos de la aldea, no quería saludarme. Estaba solo, sentado en una piedra. Cuando fui a hablarle, noté que estaba dolido porque yo me iba. Lankisa también se había sentado contra un árbol, tapado hasta el cuello con su manta, mirando reflexivamente el amanecer. 

No lo decíamos, pero nos rondaba la tristeza. ¿Por qué nos estábamos queriendo tanto? Me di cuenta de que cada uno de nosotros sabía lo que significaba en la vida de los demás. Para muchos de estos hermanos, yo era el primer blanco que veían. Al principio me habían tratado como a un cheto; después, a medida que los ayudaba en algunas tareas, hasta me habían dado un nombre que hoy me enorgullece: “Ologol” (“Fuerte”). 

 

Subí el equipaje al coche y repasé mentalmente mis días en la sabana. Me divertía entrar a las aldeas como Shrek: la gente corría aterrorizada porque yo “no tenía piel”. Luego tomábamos té juntos. Mis brazos, peludos y claros; los de ellos, negros y brillantes. Mis pies cortos frente a sus zancas de saeta. Mi español sombrío y el idioma de ellos, redondo como las casas que construyen. 

Por encima de esas diferencias habíamos sido amigos. Ahora volvía cada uno a su planeta. ¿Cómo era posible? ¿Qué sería de Lilian? ¿Qué de Lankisa? Me puse en el lugar de esos hermanos de Ositeti y me dije, con la voz de todos ellos, a medida que los veía alejarse al final de la huella: “Si en el resto del mundo hay buena gente, ¿por qué nos sentimos tan solos?”.

Abrazos

El portugués José Saramago escribió que una noche su abuela, asomada a la puerta de su casa y mirando las estrellas, le comentó: “¡Esto es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir!”. No dijo “miedo de morir”. Dijo pena.

Todavía existen personas así. Personas que sienten dolor al irse porque el mundo les ha parecido un lugar bonito. Gente que, como cuenta Saramago que hizo su abuelo, al saber que se le escapa la vida saluda uno por uno a los árboles de su huerto, “abrazándolos y llorando porque sabe que no los volverá a ver”.

Lankisa murió el domingo pasado. Hacía un año que le fallaba el corazón, y me gusta pensar que en aquella vuelta que le quedó de yapa, con su estación seca y sus lluvias, mi compadre tuvo tiempo de decirle adiós a sus acacias, a las vacas que sabía distinguir una por una, a las jirafas y elefantes que trazaban su línea de horizonte. Ya sé: a lo mejor no es noticia. Lankisa no será nunca un influencer. Y es una lástima. Porque casi nadie se enteró y se nos acaba de ir el hombre con la mirada más brillante que caminó sobre la Tierra.
 

Un regalo

Mucho después de vivir en Ositeti, el autor de esta crónica regresó a Mendoza. En un intento de mantener el vínculo con Lankisa, decidió enviarle un regalo. ¿Qué regalarle a alguien que pertenece a una cultura tan lejana? Tras consultar a la familia de aquel hombre, llegó la respuesta: Lankisa quería… ¡una linterna! Esparcir la magia de la luz frente a la inmensidad nocturna, donde no hay electricidad ni neón, era una de las ilusiones del guerrero.

• Para contactarse con Naserian Lilian Martine, sobrina de Lankisa, se puede buscar su perfil en Facebook. 
 

Perfil

Facundo García

(Mendoza, 1980) Escritor, periodista y docente. Recorrió 9.500 kilómetros del continente africano y cada noche escribía lo ocurrido en la jornada. Así surgió el libro “Pregunta de los elefantes”.