Sociedad Domingo, 20 de octubre de 2019 | Edición impresa

Insectos, vómitos y el Paraíso: el mendocino que cruzó a pie desde Etiopía a Sudáfrica

Viajar miles de kilómetros por el continente negro y con un presupuesto acotado puede ser apasionante, pero también una pesadilla.

Por Facundo García - Especial para Los Andes

Hoy, como casi todas las noches, ni siquiera sé dónde voy a dormir. Me siento exhausto cuando el micro llega a Gadarif, en la frontera entre Sudán y Etiopía. Las piernas se alivian al tocar el suelo. Un libro que me pasaron—una guía de los años setenta que alguien descartó— dice que el nombre de esta ciudad viene del árabe y significa “quien haya terminado de comprar o vender, que se vaya”. Cómo no, mañana mismo. Pero antes necesito acostarme o voy a morir. 

Alquilo una pieza con alfombras sobre el piso. Está llena de unos granitos de arena que bullen sin parar. Cuando los miro de cerca, veo que son cucarachas. Decenas. Y no son como las que he visto en Mendoza, grandotas y evidentes. Las “cucarachas alemanas” (Blattella germanica) son como cabezas de alfiler. Excitadas, asedian mi cama por los cuatro costados.

 

Igual la amenaza son los mosquitos, que pueden transmitir la malaria. Suelo amanecer con cinco o diez haciendo guardia alrededor de mi cráneo: los atrae el dióxido de carbono de la respiración. Así que cuelgo mi red antibichos arriba de la cama y me dispongo a descansar.

Despierto en la madrugada, bajo un manto de sudor. No veo mosquitos. Sí tengo encima a una langosta de dos metros, de ojos lustrosos y antenas. Cuando ella gira en su mohín insectoide, veo que la langosta tiene la cara de mi madre. Me mira y mueve sus patas, pero el horror se va disipando: después de todo nos conocemos.

 

No es que me haya vuelto loco. Pasa que ya asoma el sol del jueves, y los jueves son los días en que tomo Lariam, el medicamento contra la malaria que produce pesadillas nítidas y puntuales como la langosta que tengo arriba y que de a poco se está convirtiendo en un girón de sueño. 

Por esta porquería –el Lariam- hay personas que perdieron la cordura. Soldados que mataron civiles, tipos que se pegaron un tiro. El prospecto advierte que puede ocasionar “irritabilidad y pensamientos suicidas”. De todos modos me aseguran que peor es la malaria, así que agarro el blíster, abro la boca y glup. Me trago la pepa. 

En momentos así es que me pregunto: ¿A qué carajo vine?

 

¡Faranyi!

Dicen que si querés conocer quién sos, basta con caminar hasta donde nadie sepa tu nombre. Ahora voy en otro colectivo por el norte de Etiopía, un universo hecho con bosques de eucaliptus que se solapan en la bruma. El perfume de la madera se extiende en filamentos que motean el aire a contraluz. “Esto existe —pienso— al mismo tiempo que yo desperdicio mis años sumergido en las giladas del celular”.

A lo lejos un gran árbol, heroico en la inmensidad del valle. “¡Y aquel árbol es más humano que yo!”, garabateo en mi cuaderno. No sé lo que intento decir con eso, pero lo subrayo dos veces. Aquí, donde nadie sabe mi nombre, donde me enveneno para no morir de malaria, lloro en silencio y sin saber por qué dentro de una combi que avanza por el Paraíso. 

 

En el siguiente poblado busco otro sitio para dormir. “Faranyi, ¡dame plata!”, exigen las personas que encuentro por la calle. “Faranyi, ¡regalame tus zapatillas!”, se animan otros. Faranyi, faranyi. Faranyi significa extranjero. Un grupo de adolescentes me rodea y me ordena entre empujones que muestre los documentos. “Esto es Etiopía, mi país, y si te pido el pasaporte vos me lo das”, indica el que parece el líder.

—Faranyi, te dije que me muestres tus documentos.

—Pará, que yo soy Argentino. No Europe. No United States. South America. Del sur de América, ¿entendés?—

—Oh. ¿South America? ¿Miami? ¿Texas?

—¡..!

 

La huella del Diablo

Digámoslo: viajar por África también puede volverte fascista. Se te considera distinto por tener la piel más clara, sin que importe demasiado tu origen mendocino, neoyorkino o pekinés. Sos blanco, punto. Sos el invasor. El esclavista. Y te tratan como tal: algunos con una sumisión que repugna, otros con ganas de cobrarse los latigazos que –en teoría- les fajaste a sus abuelos. 

Facho y racista. Al trajinar el continente de norte a sur y a lo largo de más de 9500 kilómetros de caminos y ríos, uno adquiere con facilidad hábitos de imbécil. Como mi costumbre de saludar a cualquier gringo que veo. Hago una sonrisa descerebrada, cómplice, como si compartiera con ellos un plan secreto. 

 

Y te ponés paranoico. “Los negros me van a estafar con esto o aquello”, pienso cada día. Demasiadas veces tengo razón. Una jugarreta del tachero, un yogur que pagué y está vencido, un adaptador que compré y casi me mata del chispazo. La mala noticia es que estoy a merced de mis anfitriones. Siglos de injusticia los han llevado a creer que soy millonario, y mi acto reflejo es un desprecio que crece como un hongo. 

Los mayores peligros de un viaje como este acechan dentro de uno.

Problemas en el Paraíso

En el medioevo, muchos cronistas ubicaron al Edén en lo que hoy es Etiopía. Todavía quedan castillos e iglesias de piedra; bosquejos de fantasía épica sobre un lienzo tropical. Sin embargo los tiempos de gloria parecen haber quedado atrás. Hoy muchos etíopes no están acostumbrados ni siquiera a tomarse una combi. 

 

Se suben a cualquier transporte, se marean y luego vomitan de manera permanente y coral. Los choferes lo saben. Sube un pastor con un fusil AK47, un chabón con bidones de gasolina y otro con gallinas. Después tres mujeres vestidas de fiesta y una señora con una cabra. (Las cabras van afuera, en el techo de la combi, atadas a un corralito metálico ¿El motivo? La caca caprina es más hedionda que la de las aves). 

Vendrá una subida o algún frenazo y marcará el inicio. Arriba, las cabras trastabillan. Adentro hay vómitos. Como truenos. Todos vomitan. Resignado, el conductor reparte bolsas de nylon azules. La gente procura meter ahí su náusea. Nadie lo logra. Al final de un trayecto de —pongamos— trescientos kilómetros, el piso es un enchastre. 

 

En el sacudón que producen las curvas, veo a una viejita que me mira por entre los cuerpos de los pasajeros amontonados. El pañuelo blanco le da un aura de pureza a su cara achicharrada. Entonces le digo “k’onijo”, es decir, “sos linda”. Error. La vieja solicita que la camioneta se detenga a la vera de un matorral y me invita a que nos vayamos los dos “a los yuyos”. No alcanzo a captar si es un chiste. El resto de los viajeros me da codazos cómplices y alterna la risa con vómitos hasta que llegamos al próximo pueblo.

En el borde

Ya en el bondi que conduce a la frontera, leo un párrafo que anoté en mi cuaderno días atrás. Dice así:

El cinismo, ¿no será un lujo? 

Esta tarde he visto a un hombre arrastrándose en la ruta. Sin piernas, solo un brazo; probablemente con secuelas de la polio. Se movía por el asfalto como un gusano. Los camiones no reducían la velocidad cuando lo esquivaban por centímetros para que él alzara su única mano y recibiera las monedas que algún chofer le tiraba. No tenía piernas, repito, solo un brazo con su mano. Y este hombre pasa sus días así, a la orilla de la muerte. En su mundo de asfalto y ruedas de camión. Podría meter la cabeza bajo una rueda y terminar el tango. Pero no. Elige vivir cada vez — ¡cada vez!— que por la ruta pasa un motor levantando polvareda.

 

Me había olvidado de aquel tipo. Era cómodo no recordarlo. Escribir, hacer que apareciera en una página y archivar lo que había sentido. Archivar el ruido de sus harapos rozando la carretera. Tal vez el fascismo sea eso, una forma perezosa de administrar el olvido. 

El bondi arremete en subida y yo releo ese recuerdo. Lo perforo. Lo deletreo. Noto que en el párrafo no menciono nunca el color de la piel. Solo están las ganas de que el hombre que se arrastraba —a quien vi durante uno, dos minutos— esté vivo. Ojalá sonría. Ojalá sienta esta caricia del sol en los muñones.

 

Cierro el cuaderno. Desde la ventanilla, el viento me da en la cara y los labios. Descubro que amo este rincón del planeta como se debería amar a los seres humanos, con sus zonas incomprensibles y sus cicatrices. Con carne viva. Con cada astucia de supervivencia. Con esos pedazos rotos que cada quien pegotea como puede. Me enamoré de Etiopía, en definitiva, porque su belleza exige enfrentar las tinieblas que uno carga sin saber.

En el traqueteo del camino me gana el cansancio y cierro los ojos. Duermo, pero sé que no será por mucho tiempo. Hoy es otro jueves de Lariam: tengo cita con mis pesadillas.

 

Realidad paralela

Jamás sabré si la Etiopía que conocí fue el reino de opulencia que describían los textos medievales. Tampoco sabré por qué las mujeres de allí huelen a salchichas de Viena, tanto en el desierto como en los bosques de montaña. Son intrigas que me llevaré a la tumba. Lo que no puedo negar es que -en una economía que viene creciendo a tasas de casi el 10% anual desde 2007- vi demasiados niños descalzos, demasiados dementes corriendo desnudos por la ruta.  

Vivir ahí fue como ingresar a una realidad paralela. Para empezar, estaba en uno de los contados bastiones que resistieron con éxito la colonización europea. Etiopía tiene su alfabeto particular, gastronomía propia y castillos. Pero hay más. En esta república –tres veces más pequeña que Argentina- se apiñan unos ciento ocho millones de habitantes que hablan decenas de lenguas. Casi todos dirán que viven en el año 2012, porque se rigen por otro calendario. De ahí que actos simples, como comprar un billete de colectivo, se conviertan en un curso de etnografía. 

 

Los horarios también son diferentes. Los etíopes habitan en la zona del Ecuador, lo que implica que los días de invierno y verano tienen más o menos la misma duración. Por eso simplificaron: cuando sale el sol, arrancan la cuenta. Si pasó una hora desde el amanecer, es la una. El mediodía corresponde aproximadamente a las seis. Cuando se pone el sol, el cálculo arranca otra vez de cero. En consecuencia, “nos vemos a medianoche” se dice “nos vemos a las seis”. Siempre que el sol se haya puesto a las 18 de nuestros relojes, claro. Coordinar un encuentro es tragicómico.

*Facundo García. (Mendoza, 1980) Escritor, periodista y docente. Su libro "Preguntas de los elefantes" reúne las crónicas que escribió mientras cruzaba África. Es licenciado en Comunicación (UBA) y actualmente prepara su tesis del Doctorado en Letras (UNCuyo).

También es el autor de "Al filo de la locura", una crónica publicada en Los Andes que reconstruye los días del israelí Gil Pereg en Mendoza. Podés descargar el e-book aquí.