Sociedad Domingo, 29 de marzo de 2020 | Edición impresa

Lagomaggiore y su lucha contra la enfermedad que mató a 4.000 mendocinos en pocos meses

Al frente de la Ciudad, mejoró la deficiente infraestructura sanitaria, aisló a pacientes y prohibió el consumo de agua de acequias.

Por Luciana Sabina - Especial para Los Andes

En agosto de 1884, tras ser designado Presidente municipal por Rufino Ortega, el peruano Luis Carlos Lagomaggiore se hizo cargo de la Ciudad de Mendoza. Desde entonces -y hasta junio de 1888- emprendió una serie de cambios que hicieron más salubre el centro de nuestra provincia, mejorando muchas existencias, en especial la de aquellos con menos recursos.

Es bastante conocido que tras el terremoto de 1861 la capital mendocina se reconstruyó en otra zona, pero las personas más humildes no pudieron trasladarse y realizaron sus casas sobre los escombros o cerca de ellos. Se trató en su mayoría de improvisados ranchos realizados en adobe alrededor de la actual plaza Pedro del Castillo.

 

Lagomaggiore buscó desde un primer momento corregir las condiciones de dicha zona, conocida como el “Barrio de las Ruinas”.

Comenzó por despejar las calles y acequias de los escombros que llevaban allí más de dos décadas, y también construyó espacios para albergar a los necesitados. Volvió a circular agua por los canales ya despejados y se plantaron muchos árboles.

Todo fue solventado a través de un préstamo del Banco Nacional y del notable mejoramiento en las finanzas municipales. Aunque había mucho por hacer “la mayor parte de los pobladores -explica Jorge I. Segura en una biografía sobre Lagomaggiore- bebía el agua, a veces cenagosa, que se deslizaba por zanjas, acequias e hijuelas de la ciudad. El consumo de este líquido, que apenas si era sometido a un breve proceso de clarificación mediante su estancamiento en tinajas o a lo sumo pasándolo por la piedra pómez de los destiladeros, era causa de afecciones intestinales (...) que originaban en ciertas épocas verdaderos estragos (...) Los más pudientes compraban el agua que vendían a domicilio ciertos empresarios”.

 

Efectos devastadores

Lagomaggiore era consciente de la peligrosidad del problema. Hacia 1876 se había instalado agua corriente en parte de la Ciudad, pero muchos caños eran de barro cocido y fueron destruidos por las raíces de los árboles en un par de años. En 1882 comenzó el recambio por cañerías de hierro y, al momento de asumir Lagomaggiore, sólo seis casas tenían agua corriente; el resto podía acceder a través de surtidores públicos.

Por otra parte, la suciedad era moneda corriente, al punto de que en los baches de las calles se generaban basureros o pequeños estanques inmundos. En estas condiciones cuando el cólera llegó a Mendoza, a fines de 1886, su ferocidad resultó calamitosa.

 

El intendente enfrentó el mal con eficiencia: se clausuraron de inmediato establecimientos carentes de salubridad; los enfermos fueron aislados en un lazareto construido especialmente y ubicado donde hoy se erige el hospital Lagomaggiore; gran parte del citado empréstito fue destinado a las víctimas de la enfermedad; se prohibió terminantemente consumir agua de las acequias y se habilitaron nuevos surtidores públicos.

Otra determinación valiente fue destruir todas las frutas para evitar que actuaran como vectores, ya que la gente no las higienizaba de modo correcto.

El pico de la enfermedad llegó a mediados de diciembre, cuando a diario fueron reportados 300 casos, el último paciente de aquella epidemia colérica ingresó al hospital de San Antonio el 19 de febrero de 1887. Agustín Álvarez consideró que el número de mendocinos fallecidos superó los 4.000 en sólo tres meses.

 

Lagomaggiore, atento a que una epidemia podía desatarse en cualquier momento, no sólo buscó mejorar la situación de los más desposeímos y vulnerables, sino que además fortaleció el sistema de salud, dotando al único hospital de la provincia de elementos traídos de Europa, como vajilla especial e instrumentos, además de reemplazar los lechos de madera por camas de hierro compradas en Buenos Aires.

Su objetivo fue garantizar la salud a una población precisa y actuar desde diversas aristas. Por eso durante esta administración se fundó una Oficina Municipal Química gracias a la cual por primera vez se volvieron efectivas las inspecciones de productos alimenticios y también se analizó el vino. 

 

La brillantez con que combatió la epidemia, dentro de las posibilidades de entonces, le valió reconocimiento nacional. El mismo Sarmiento lo felicitó a través de una carta enviada desde Buenos Aires al doctor José A. Salas:

“Le escribo para darle mil parabienes por la conducta heroica durante lo más terrible del azote y sobre todo a los comienzos, en que usted se ha anticipado con Lagomaggiore y algunos otros a la acción (…) Buenos Aires sabe y lo repiten todos que mi doctorzuelo ha sido uno de los más avanzados en la línea del peligro (…) Felicite al Sr, Lagomaggiore de mi parte, recibiendo ud los aplausos de este pueblo y el aprecio de su amigo”.

Domingo Faustino Sarmiento.

 

En Mendoza se volvió sumamente popular al demostrar la vehemencia característica de los verdaderos estadistas.

Desde 1916 Luis Carlos Lagomaggiore descansa en un humilde nicho del cementerio de la Capital, el mismo donde hizo sepultar en fosas comunes a muchas víctimas del cólera.

Su muerte causó gran tristeza y el suyo fue un funeral masivo, de aquellos que sólo se repiten cuando los pueblos pierden a sus grandes hombres.