Opinión Domingo, 26 de mayo de 2019 | Edición impresa

La política argentina bajo la ola de pragmatismo - Por Edgardo R. Moreno

Dentro de las hipótesis de Lavagna todavía está vigente la más audaz de todas: que Mauricio Macri decline su candidatura.

Por Edgardo R. Moreno - De nuestra Corresponsalía en Buenos Aires

Con su decisión de correrse apenas a un costado, Cristina Fernández no logró perforar el macizo bloque de rechazos que su figura inspira, pero metió al peronismo entero en un torbellino.

Tras el triunfo de Juan Schiaretti en Córdoba, la expresidenta escuchó que le proponían al electorado un nuevo paradigma según el cual el peronismo será republicano o no será.

Y resolvió apostar con todo al paradigma opuesto: el peronismo es una ideología de la victoria. Será ganador o no será. Es la única ontología superior ante la cual se rinde su elite dirigencial.

Como esa identidad requiere únicamente del triunfo -incluya o no las condiciones de la república- convirtió su retroceso en un polo de atracción para gobernadores, sindicalistas, jueces y candidatos.

Los convocó a todos a competir en las primarias del PJ. En ese reducto, cuyas veleidades desprecia porque las conoce, puede imponer el pragmatismo del candidato mejor posicionado entre los propios.

Es la única salida posible frente al desafío de un peronismo que la enfrenta con una mirada distinta sobre la convivencia democrática. Donde la alternancia no es rendición.
La estrategia del kirchnerismo es nítida. Toda moderación es impostura. Lo real es la reconstrucción de un liderazgo para Cristina, indiferente a los límites del sistema republicano.

La arenga de la victoria que la expresidenta ha delegado en Alberto Fernández endulza especialmente los oídos de los gobernadores que todavía no resolvieron sus elecciones locales. Y subyuga a los intendentes del conurbano bonaerense que vacilan en la misma condición.

Esto impacta de lleno en Sergio Massa, que avizora el final de su tránsito errante. Su regreso al kirchnerismo tendría el inconfundible aroma del final, pero la necesidad tiene cara de hereje. Su fuerza política se ha ido desfogando. Hay flores marchitas en los jardines de Tigre.

La estrechez táctica de Massa opera como combustible en las ambiciones de Roberto Lavagna. El exministro de Economía continúa su tironeo contra las primarias que le propone Alternativa Federal.

Argumenta que es un espacio limitado a vertientes del peronismo y que debería ampliar sus miras. En realidad, considera que la fuga de Massa ya fue. Eso decantaría una candidatura por consenso.

La demora de Lavagna le facilita el espacio de operación a Alberto Fernández. A los gobernadores peronistas les urge saber cómo se armarán las listas de legisladores nacionales en sus distritos.

Las primarias en Alternativa Federal no son un capricho de Schiaretti y Pichetto. Son la llamada de la tribu para los gobernadores peronistas. La clave es la lista propia de diputados nacionales, amarrada a cuantos candidatos presidenciales se lancen al mercado político.

El hijo diputado de Lavagna insinuó además una especulación más amplia. Dentro de las hipótesis del exministro todavía está vigente la más audaz de todas: que Mauricio Macri decline su candidatura y la coalición Cambiemos se subsuma en el Consenso 19.
Roberto Lavagna no imagina una elección, sino un concilio.

Esa línea de razonamiento no surgió en el lavagnismo de la nada, sino de los mensajes que le envían algunos aliados de Macri. Que a sus espaldas lo trafican al módico precio de un Remes Lenicov.

La conducción del radicalismo se apresta de definir su política de alianzas. Como en el peronismo, la controversia es también entre oportunismo o república.

La conducción liderada por el gobernador Alfredo Cornejo ha sido ganada por el mismo paradigma de eficiencia electoral que los Fernández proponen en el PJ. Ese radicalismo no quiere a Macri candidato porque imagina alternativas más potentes en las encuestas.
Aunque el conflicto en la UCR es más grave que en el PJ. No encuentra su lugar en el nuevo anclaje del electorado.

Con matices, todo el peronismo ya se ubicó en el polo que privilegia el enojo de los votantes por la situación económica. Y los críticos con Cristina se reivindican en el callejón del medio, porque se dicen distantes del polo opuesto, donde la emoción que predomina es el miedo al pasado.

En ese polarización de emociones negativas, la UCR no tiene un lugar posible en el antimacrismo, aunque haga esfuerzos de alquimista para imaginarlo.

El documento que filtró la conducción radical como propuesta a su convención expone con crudeza esa limitación no asumida. Con honestidad brutal describe que el radicalismo integró Cambiemos con dos objetivos. Uno estratégico: derrotar al populismo. Uno táctico: recomponer un partido maltrecho en el territorio y el Parlamento.

A menos que el gobernador Alfredo Cornejo, el operador Enrique Nosiglia, y sus seguidores consideren que el populismo kirchnerista terminó definitivamente en 2015 por efecto de una elección, la UCR parece tener una deuda estratégica pendiente. Cuyo frecuente olvido acaso la haya conducido a sus más recientes y resonantes retrocesos tácticos.

En discrepancia con esa línea de pensamiento, los convencionales bonaerenses se cortaron solos, a instancias de Daniel Salvador, el vicegobernador de María Eugenia Vidal.

La disputa principal en Parque Norte no será entre documentos doctrinarios. Lo central será la definición de los embajadores para negociar con Macri. El Comité nacional pide poderes plenipotenciarios. Los partidarios de sostener Cambiemos no quieren extender cheques en blanco.