Opinión Sábado, 15 de febrero de 2020 | Edición impresa

La esperanza - Por Jorge Sosa

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

Dice el refrán que lo último que se pierde es la esperanza. Una modificación banal de lo dicho es que lo primero que se pierde son las llaves. 

La esperanza es un estado de fe y ánimo optimista basado en la expectativa de resultados favorables relacionados con eventos o circunstancias de la propia vida o el mundo en su conjunto. 1 Otras definiciones de tener esperanza incluyen los siguientes términos: «esperar confiado» y «abrigar un deseo con anticipación». 2 La Real Academia Española define la esperanza como «Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea» y la esperanza cristiana como «En la doctrina cristiana, virtud teologal por la que se espera que Dios dé los bienes que ha prometido».

Uno vive en estado de esperanza. Cuando la esperanza no queda adentro nuestro, nada bueno se puede esperar del futuro. Es como si cerraran las puertas a todos los caminos. 
Esperanza viene del verbo esperar y ocurre cuando uno está atento a lo que ha de ocurrir en el futuro teniendo la ilusión (que es casi un sinónimo de esperanza) que aquello que espera que ocurra, va a ocurrir. 

Todos tenemos un cúmulo de esperanzas que nos habitan y son de distintas cualidades. Uno puede tener esperanza de que le aumenten el sueldo, por ejemplo, que vendría siendo una esperanza menor teniendo en cuenta el sueldo en el que usted cobra, pero puede tener esperanza de que al país le vaya mejor y esto ya es magno, inconmensurable, porque estamos hablando de todos aquellos que lo habitan. 

La esperanza de un mundo mejor es algo realmente loable pero muy difícil de que se cumpla o por lo menos que nosotros lo veamos cumplido. Esperanza de que todos los habitantes del mundo coman, tengan agua, posean algún techo donde guarecerse, son alternativas positivas que muy probablemente todos tengan. 

Aunque están los pesimistas, esos que dicen que la esperanza es lo último que se perdió y funcionan con un pensamiento agorero que promueve un mundo todavía más injusto que el que tenemos. 

Hay especialistas en esto. Los escuchas hablar y te dan ganas de clavarte una cuchara en el corazón. Todo está mal, todo es oscuro, nada ha de mejorar.

Llegan y nos empapan con su aliento de mala suerte y es muy difícil escapar a su influjo porque, muchas veces, tienen fundamento los temas que desarrollan y entonces uno no quiere levantarse y pisar porque ha quedado con el ánimo por el piso. 

No debemos abdicar ante ellos, al contrario, debemos hacernos fuertes en nuestras apreciaciones positivas y seguir siendo militantes de la esperanza porque si no la vida no tiene sentido. La esperanza se mete con el futuro y no es bueno tener el futuro mustio y apachangado. Al contrario, fortalecido en la creencia de que el bien nos ha de tocar con su varita mágica. 

Vivir con esperanza es alentar las buenas aristas de la vida y actuar en concordancia con lo que uno espera. Pero muchas veces no quedarse a esperar sino salirle al encuentro, ir a buscarla para que llegue antes o para que llegue. Actuar en función de ese objetivo anhelado para que se transforme en realidad. 

Si bien la esperanza tiene implícita la palabra esperar, lo mejor es caminar hacia ella para que el encuentro sea lo más rápido posible. A veces por quedarnos a esperar, la esperanza se detiene y nunca llega.