Sup. Cultura Domingo, 17 de junio de 2018 | Edición impresa

La escritura de Henri Michaux

Damián Tabarovsky habla de este autor y de su libro “Los que fui...”, una obra que navega entre la poesía, la prosa y el ensayo.

Por Agencia Télam

“Son todos viejos, tan viejos,/la jeta arrugada como un pañuelo de bolsillo”, escribe Henri Michaux en un texto llamado “Caso de locura circular”, incluido en “Los que fui. Precedido de Los sueños y la pierna. Fábulas de origen y otros textos”, magníficamente traducido por Ariel Dilon, publicado por Paradiso en su colección “Traducción”, es decir la serie de poesía traducida, que está entre las mejores del habla hispana. 

Estamos entre 1922 y 1926, época de los primeros escritos de Michaux, tal vez el único momento en su obra en el que es posible encontrar cierta filiación surrealista que luego se iría evaporando hasta hacer muy difícil encontrar alguna clase de influencia externa: con los años Michaux fue desarrollando eso que alguna vez se llamó “voz propia”, hecha de un estilo que indaga, una y otra vez, en la tensión entre lenguaje y acontecimiento, lenguaje y percepción, lenguaje y conocimiento.

Pero antes, en esos textos primeros, hay todavía rastros de un hermoso juvenilismo que rechaza a los viejos, y hay también un pensamiento agudo sobre los riesgos de la vanguardia de ser absorbida en el mercado como una mercancía más.  

La posibilidad de que la vanguardia pueda convertirse en un producto mainstream forma parte del propio pensamiento de las vanguardias, es parte de sus condiciones de posibilidad, y las mentes más lúcidas -como Michaux- hacen obra con ese horizonte. Más allá de estas cuestiones, “Los que fui...” permite acceder al nacimiento del género particular de Michaux. A mitad de camino entre la poesía, la prosa y el ensayo, o mejor dicho, atravesando la poesía, la prosa y el ensayo, la escritura de Michaux se imagina como una prosa autónoma, una roca hecha de experiencias ajena a cualquier tentación sentimental, a toda estrategia de seducción. La escritura de Michaux está ahí, se muestra y se exhibe como una garantía contra cualquier demagogia vanguardistoide (con permiso -o sin él- del neologismo), pero a la vez firme en sus convicciones.