Opinión Miércoles, 11 de diciembre de 2019 | Edición impresa

La desafiante obligación de acertar - Por Javier Álvarez

Ante la posibilidad de desatar conflictos, Fernández da a sus propuestas un sentido de épica y hasta perfil humanitario.

Por Javier Álvarez - Corresponsalía de Buenos Aires

Alberto Fernández trazó ayer los contornos conceptuales de lo que pretende para su mandato. Hizo pocos anuncios y casi no pronunció promesas. Definió en qué no está dispuesto a ceder. Paradójicamente se encargó él mismo de bajar las expectativas sobre lo que viene.  

Ante su explícita intención de no usar “frases gastadas ni artificiales”, enfocó su discurso en un objetivo de reconstrucción. Ratificó que el rumbo cambiará, pero que no vienen años fáciles.  

Quizás lo más ampuloso fue su idea de terminar con la grieta y federalizar la Argentina, aspiraciones a las que podrá darles inicio, pero que morirán pronto si no existe un acuerdo político de fondo para convertirlo en una estrategia de Estado.   

En un país  con indicadores económicos en rojo y en el que todos quieren recuperar algo, Fernández reconoce que le esperan una fortísima disputa de intereses y pujas distributivas que sumarán tensión y podrían limitar su margen de acción. 

Tiene la calle asegurada por el peronismo, los gremios y la juventud kirchnerista al mando de su vice, Cristina Fernández de Kirchner, en tanto y en cuanto la nueva y multisectorial coalición gobernante goce de más puntos en común que diferencias.

Fernández deberá ir a la conquista de una relación sostenible con sectores que lo miran con desconfianza y escepticismo por la traumática relación mantenida con el kirchnerismo, columna vertebral del albertismo hasta aquí. 

Y como quien pide disculpas antes de solicitar un esfuerzo más a otro, eligió la palabra “solidaridad” para graficar cuál debe ser el espíritu colectivo que reine a lo largo de su gestión. 

Ante la posibilidad de desatar conflictos como aquél con el campo que lo eyectó del Gobierno de Cristina en 2008, Fernández da a sus propuestas un sentido de épica y hasta perfil humanitario, poniendo a la lucha contra el hambre por delante de todo.  

Con el llamado a un nuevo contrato social y poniendo la facultad de tomar decisiones a tiro de consensos colectivos,  dio institucionalidad al eslogan que el Frente de Todos usó en la campaña electoral: “Es con todos”. 

Por ello hizo énfasis en proposiciones como “ha llegado la hora de abrazar al diferente”; “vamos a convocar a los distintos”; “hay que superar el muro del rencor y el odio”; “nadie sobra en la nación”; “hay que convivir en las diferencias”; y “toda verdad es relativa”.

En esta República presidencialista el que firma es el Presidente. Las rupturas se generan en el momento exacto de la rúbrica de las decisiones que alteran algún eslabón de la cadena. Además, si bien la firma es del presidente, la última palabra la tiene la calle.

En lo que viene, algunos van a tener que ceder más que otros, no precisamente porque esos otros hayan cedido ya antes, sino porque hay sectores que ya no tienen qué ceder y están en un límite, lo que configura también un riesgo para el clima social y para la estabilidad del propio Gobierno.   

Al pararse en el centro y convocar a todos, Fernández pareció querer distanciarse de esa épica refundacional en la que el kirchnerismo y el macrismo han perdido tiempo y energías mientras la deuda social iba profundizándose vertiginosamente en la última década. 

Fernández inició ayer su Gobierno con una impronta propia, marcada por su deseo de unir al país y ser el presidente de todos. Lo necesita como el oxígeno para incrementar sus chances de éxito, dado que tiene la necesidad de acertar desde el comienzo.