Opinión Sábado, 27 de julio de 2019 | Edición impresa

La chupandina - Por Jorge Sosa

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

No escarmentamos: seguimos chupando antes de manejar. Ahora las cosas se están poniendo muy duras para aquellos que se exceden en el chupi, las sanciones pueden ser bravas y las multas, muy abultadas. 

Sin embargo la bebida sigue siendo consumida en cantidades industriales y los fines de semana parece asomar el aquelarre alcohólico y muchos se suben a él sin medir bien cuáles pueden ser las consecuencias. 

Y pensar que  la mayoría viene de una fiesta, de divertirse, de pasarla bien -de “tirar la chancleta”, diríamos en otros tiempos- y después deben enfrentarse con una tragedia.

Es desgraciadamente inevitable: pasar de la alegría al dolor profundo. 

El alcohol es altamente nocivo, inhibe las facultades propias de cada persona y nos lleva a estados que resultan incontrolables para aquellos que los sufren.

Los tipos quedan en calidad de bultos y entran en un estado físico mental que le impide tener sano criterio de las situaciones por las que están atravesando. 

Entonces se sientan al volante y no tienen posibilidades de conducir bien, el camino se les hace borroso, cuando no doble y las maniobras que realizan están fuera de control. 

Porque está en calidad de felpudo, poco menos se arrastra, no puede conducir ni un monopatín, ni dar una vuelta en bicicleta, porque el mundo que aprecian no es el verdadero mundo, el de la realidad. 

Y el día siguiente tampoco están en condiciones de actuar con renovados bríos y absoluto equilibrio. Porque al otro día viene la “resaca”, que es la consecuencia de lo acontecido la noche anterior. Les duele la cabeza, sienten el cuerpo flojo, algunos se atropellan con menudos mareos, no controlan bien sus funciones. 

Las bebidas que chupan tienen alto contenido en el alcohol. Fíjensé ustedes cómo una sustancia que es beneficiosa para otros menesteres, en este caso es altamente nociva, cuando no letal. 

Son bebidas pulsudas, capaces de hacer trotar para atrás a un caballo y son muy pocos los que  las ingieren sin tener signos evidentes de su ingesta. 

Ahora se acostumbra a elegir a un “conductor designado,” es decir, al que le toca manejar después del despilfarro alcohólico. No puede tomar. Mientras los otros se mandan la gran fiesta con fernet, vermú, vodka y otras bebidas espirituosas, el vago tiene que conformarse participando con dos o tres vasos de gaseosas, que lo mantienen lúcido pero lo hinchan. 

Los fines de semana es cuando ocurren la mayoría de los accidentes provocados por el alcohol. Los tipos al volante han chupado tanto que cuando le hacen el control de alcoholemia son capaces de derretir el aparato.

No se pueden poner controles para que atiendan lo que ocurre en nuestros caminos y calles durante todo el tiempo, es prácticamente imposible. Por algún lado se escapan cientos que no están en condiciones de sentarse al volante. 

Tal vez, llegue un día, en que sea el auto mismo el que impida que esto ocurra. Ya se han realizado ensayos con marcado éxito. El tipo se sienta al volante, los controles del auto lo huelen y el auto no arranca. Sería una variante interesante para contribuir a terminar con este flagelo que enluta a tantas familias tan son por una noche de juerga. 

“Si vas a conducir, no tomés”, dice la frase más usada para este tipo de circunstancias, pero el problema es que los que tomaron la tengan en cuenta, cosa que rara vez ocurre. 

El que maneja mamado es que está mamado aunque no haya chupado nada.