Sup. Cultura Sábado, 24 de junio de 2017 | Edición impresa

Julio González: “La única historia que vale es la historia del arte”

“Confesiones” es el libro del poeta local Julio González, inspirado en la obra del holandés Johannes Vermeer (1632-1675). En esta charla, la sensibilidad de un escritor fundamental.

Por Luis Abrego - labrego@losandes.com.ar

La obra del pintor holandés Johannes Vermeer (1632-1675) se sostiene por su belleza pero también por el mito. A este preciso regulador de la luz la leyenda indica que le bastaron 43 años y apenas 36 cuadros para ganarse no sólo un lugar en el Olimpo de los maestros, sino también para engendrar todo tipo de especulaciones y referencias contradictorias sobre su tarea.

"En la vorágine del arte contemporáneo, las pinturas de Veerner siguen vivas, con la vida suficiente como para inspirar en un poeta actual un nuevo antiguo entorno del cual el escritor nos da su testimonio, adentrándose en un ambiente en el que recrea aquellos años del nacimiento de esas obras que hoy enjoyan museos del mundo", dice Sergio Hocevar desde el prólogo de

“Confesiones”, el libro que sobre la obra de Vermeer publicara en 2013 el poeta mendocino Julio González.

Es que Julio, tal vez la voz más original y condensada de la poética de una generación que en los '60 irrumpió y se desprendió del regionalismo, es uno de esos artistas fascinados por Vermeer al extremo de dedicarle una serie de poemas y textos en prosa a sus cuadros predilectos.

Desde la portada, de excelente factura gráfica gracias a la sapiencia de Zeta Editores, “La joven de la perla”, una de las creaciones más emblemáticas de Vermeer ausculta sus luces y sombras con rigor casi fotográfico para resaltar los ojos y la perla en cuestión de su oreja izquierda.

A sus 85 años, Julio acumula sensibilidad y sarcasmo casi en dosis iguales. Conmovido, asegura que recientemente en Europa han catalogado al cuadro que ilustra su libro como "la Mona lisa del Norte" y me pide que confirme tal especie como si acaso las opiniones pudieran certificarse. En todo caso, pienso, poco importa si la afirmación es caprichosa, o una nueva capa de misterio para desplegar sobre Veermer de quien circulan hasta especulaciones respecto a la originalidad o no de algunos de sus óleos.

Lo cierto es que la inquietud del poeta ofrece una excusa inigualable para retomar su fascinación con la plástica y adentrarse otro poco en su universo construido con la simpleza de lo perfecto, pero también, con el estilo de los disconformes en los que González se anota.

"Siempre fui más amigo de los pintores que de los poetas", advierte Julio para relatar sus tertulias con Roberto Azzoni y Sergio Sergi, sus primeras crónicas sobre la escena plástica local plasmadas en los diarios de la época. Y a través de los maestros, conocer a sus discípulos, hoy maestros de la talla de Julio tales como Carlos Alonso o Alfredo Ceverino. Julio entrevee entre los pintores una generosidad y una solidaridad que dice no abundar entre escritores. Pero ese no es el punto aunque sí el origen de su vínculo con la pintura.

Una pasión que mantuvo a lo largo de su vida y que en un viaje a Madrid se reveló ante el anuncio "de una ciudad empapelada" con la muestra de Veermer y otros maestros holandeses anunciada días antes de su regreso. Lo que sigue es más conocido: le encargó a su hijo en París que le enviara un libro con los cuadros de ese holandés y hasta el día de hoy su pincel fantasma lo obsesiona a diario. "La obra de Veermer está constituida casi en su totalidad por la imagen femenina. No aparece en ella ningún contraste que entorpezca las escenas, casi teatrales, de mujeres en su actividad cotidiana, sabios claroscuros y un silencio casi palpable, nimbado por la magia de la luz, logrando así una atmósfera de intimidad familiar", dice el poeta desde Confesiones.

Un poeta, que ahora, a paso lento se sigue deslumbrando -con sabiduría- ante la maravilla cotidiana e inadvertida de la vida. "últimamente, mis pasiones son las piedras y las hojas… ¿Qué extraño, no? Algo tan sólido y algo tan frágil que expresan lo inexplicable de la existencia", me dice mientras caminamos. "Ah -me agrega- también los bebés y los niños… Pero sólo hasta los cuatro años. Después se parecen mucho a los padres", lanza con ironía casi borgeana.

 "La otra historia es caprichosa, mentirosa, antojadiza, sanguinaria…"

Antes, me había contado que "La joven de la perla" es el cuadro que más lo impresiona de Veermer y que sobre la protagonista de la tela tampoco hay acuerdo entre los biógrafos y los especialistas en la historia del arte. Algunos aseguran que era una de sus 15 hijos; otros, que se trataba de la hija de su mecenas; otros, que fue una criada que ayudaba en las tareas domésticas como la pinta el filme de Peter Webber, del 2004 protagonizado por Scarlett Johansen y Colin Firth, basado en la novela de Tracy Chevalier. Otro aporte al mito de Veermer al que González también contribuye a miles de kilómetros y a cientos de años.

"Alguien me dijo que con Veermer por primera vez en la pintura el sujeto se transformó en objeto. Su delicada saga de personajes femeninos lo hacen singular, como si las mujeres fueran las únicas capaces de practicar la paz y la calma en un mundo (y en su país también) hostigado por las inútiles guerras de los hombres. Mujeres prodigando su mundo iluminado, mujeres intocadas en el secreto rezo de las horas solas", leo que dice Julio desde Confesiones.

En todo caso, el humanismo, la inmanencia de lo femenino como atril de la vida sólo sea un invisible hilo conductor de la historia. "La única historia que vale es la historia del arte", me dice mientras saborea el último sorbo del café. "La otra historia es caprichosa, mentirosa, antojadiza, sanguinaria…" completa. Razono entonces, que la línea de tiempo bien merece tener en su devenir tanto al holandés Veermer, natural de Delft como a González, poeta de por aquí nomás.

La joven de la Perla

Hija de la luz,
duermevela de los hombres,
soñada por los mendigos
antes que nadie te soñara;
de tu sonrisa ahora eterna
parten las horas como pétalos
que caen y bendicen el silencio
que te envuelve y te toca
con su mano invisible.
Tu sagrada quietud
agita la mirada del viajero
que sin tu aliento
vuelve al desierto de los hombres.
Qué ciega mano
guió el pulso de Johannes de Delft, pintor barroco,
limpió de greda humana
de su cuerpo,
y lo condujo a tu temblor eterno.
Quien eras, antes del turbante y de la perla,
antes de la pureza trémula,
antes de que naciera la luz
de tu mirada,
piadosa esfinge en la vigilia
de los hombres.