Espectáculos Sup. Cultura Sábado, 3 de agosto de 2019 | Edición impresa

José Bermúdez: la fuerza luminosa del pincel

Con 96 años recién cumplidos, el artista recibe a Los Andes en su taller. Una retrospectiva de una vida que hizo de la pintura un sacramento

Por Daniel Arias - Fuenzalida darias@losandes.com.ar

En las inmediaciones del callejón Pardo, ese ameno e intimista rincón a pocos metros de calle San Martín, hay un tesoro. José Bermúdez nos invita a pasar a su taller, para verlo. En el ala izquierda de esta típica casa chorizo hay un pequeño recibidor: sillón, mesa ratona, regalos de otros artistas, libros editados con su obra, archivos prolijamente ordenados y recuerdos a montones. Pero a la derecha del pasillo, hay unos 500 cuadros firmados por él, cuidadosamente ordenados e inventariados. Es una porción ciertamente modesta de su obra, pues Liliana, su hija mayor, nos dice que se han relevado unas 2.000 piezas.  

Gustavo Rogé / Los Andes

Es, entonces, solo una cuarta parte de la vasta creación de las manos infatigables de Bermúdez, uno de los artistas más sensibles y prolíficos -como vemos- que ha dado Mendoza, y que a sus 96 años muestra una entereza sorprendente al recibirnos. Con paso firme, se maneja con total soltura en su taller: sabe la ubicación de cada obra, las guarda, las baja y desempolva sus pesados enmarcados con la facilidad de quien ha pasado gran parte de su vida haciendo eso. Nos recibe con un fuerte apretón de manos y no nos tutea, porque tiene la retórica y el refinamiento de otra época: “Mire por allá, mire por acá. Qué cantidad de obras. Si tuviera que mostrarle una por una, no se va más”, se enorgullece. 

 

II. Vigente

El pasado 22 de julio fueron 96 años desde su nacimiento, en San Rafael. Pocos días después, fue reconocido por la Legislatura de Mendoza, “por ser parte fundamental de la historia y la identidad cultural mendocina”, como reza la distinción firmada por la vicegobernadora Laura Montero. 

Gustavo Rogé / Los Andes

En simultáneo, la Legislatura abrió una retrospectiva en su Salón de los Gobernadores. “Bermúdez, el pintor de Mendoza” reúne obras representativas de su producción, desde 1950 a 2013. Puede visitarse de lunes a viernes de 9 a 18, hasta el 14 de este mes, con entrada libre y gratuita. 

III. El compromiso y el optimismo

Sería inútil dar cuenta en pocas líneas de la evolución en más de 70 años de trabajo. A Bermúdez le gusta recordar lo que escribió en su libro “La ley primera”: “La realidad es mi punto de partida, pero no mi punto de llegada, porque entre uno y otro estoy yo”

 

La figuración (pero no el realismo) fue la base del artista: dibujos, grabados, esculturas, muralismo, “pero siempre volvió a su primer amor, que es la pintura”, resalta Liliana. Es en su última etapa pictórica donde se descubren sus mujeres de colores pregnantes, figuras arrebatadas y temas felices: el amor, la poesía, la niñez, el trabajo y también el solaz; retazos de lo cotidiano iluminados con colores vibrantes, a veces cercanos a Matisse, otras veces cercanos a Picasso. Ese es el lado “más optimista”, nos dice Liliana, recordando la reciente muestra que se vio en la Bolsa de Comercio de Mendoza, “La felicidad según Bermúdez”. 

 

Porque Bermúdez también tuvo una faceta “menos optimista”, sobre todo en el grabado. Series como “Los depredadores” o “Apocalipsis” muestran pleno conocimiento de su tiempo histórico, con críticas a la Guerra de Vietnam, al imperialismo y la defensa del medio ambiente. La tensión entre el blanco y el negro es manejada con pulso dramático. Y es así cómo, para anclar sus terribles mensajes, acudía a veces a la poesía (otra faceta más de genio). 

Gustavo Rogé / Los Andes

Por ejemplo, para su grabado de 1977 “Pájaro negro” (una aterradora figura sobrevolando, con una hoz, un campo sembrado por alambres de púa), escribió: “Una metáfora plástica / de lo negro, / dimensiona la profundidad del pozo / y el alcance de la muerte instrumentada / por represores intereses, / que se desplazan horizontalmente /y a ras del suelo, / cercando con agudos alambres, / los anhelos que promueven la vida”.  

El caso es que Bermúdez un día dejó atrás esta figuración cruda para dar espacio a las vistas mágicas de las que hablábamos. 

IV. En el espacio público

Fue después de graduarse en la Academia Provincial de Bellas Artes (en 1946) que, en el afán por seguir perfeccionándose con un grupo de compañeros, empezaron a alquilar un taller, donde pagaban a los modelos para practicar el dibujo en vivo. Ese poder y esa seguridad en el trazo está en la base de su obra: además de un gran pintor, es un gran dibujante.

 

A finales de los ‘50, formó un equipo con otros plásticos locales, como Mario Vicente, Luis Quesada y Marcelo Santángelo. Se dedicaron al muralismo, en una época donde esta técnica era la mejor forma para hablarle al pueblo: hicieron los emblemáticos de la Galería Tonsa, en la Casa de Gobierno, en la Clínica Godoy Cruz. Bermúdez incluso hizo los de hierro batido que se encuentran en la Facultad de Medicina (UNCuyo). 

Ese cuarteto no solo compartía intereses artísticos, sino también una unión generacional. Todos habían nacido en 1923. Hoy solo sobreviven Bermúdez y Quesada, quien fue -después de fundar el Club del Grabado- el que animó a su amigo a probar esta técnica. Si bien viven cerca, se ven muy poco, nos comenta el artista. 

 

V. Un día el pincel calló

Un día de 2013, Bermúdez dejó de pintar. No había razón aparente, ni explicó por qué dejó de hacerlo. “Le llevaba el lápiz y el papel, pero nunca más tocó nada. Fue una cosa abrupta”, reconoce Liliana. Desde ese día, su papá se ha dedicado a ordenar e inventariar su producción, que está totalmente digitalizada, además de registrada en varios libros de Zeta Editores.

José Bermúdez tiene la costumbre de levantarse, leer el diario papel, sentarse y pasar largas horas en la casa de Liliana, con quien vive. Tiene tranquilidad, tiene animales y tiene luz de patio. 

 

“Yo he tenido la suerte de haber sido reconocido en vida -dice-. Tengo todos los premios a los que podría aspirar un artista como yo”. No tiene cuentas pendiente, confiesa. “Y casi voy a cumplir cien años”, comenta con cierta sorpresa, “aunque con el entusiasmo que tengo, quizás llegue a los 200”