Espectáculos Opcionales Domingo, 1 de septiembre de 2019 | Edición impresa

Iverna Codina: episodios de lluvia y balas

La Feria del Libro tiene entre sus homenajes a la figura de esta escritora nacida en Chile y criada en el sur mendocino.

Por Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar 

I. Local y universal

“Mi lugar es Mendoza, sobre todo San Rafael, donde me eduqué”, recordaba Iverna Codina con 80 años, en una entrevista a este diario en 1998. La firmaba Andrés Cáceres, a quien le reconocía, con un discurso pulcro (lo intuimos por la exactitud de sus palabras), que aunque se consideraba una ciudadana del mundo, su lugar era esta provincia. 

 

Aunque Codina había nacido en Quillota (Chile), se crió en el sur mendocino. Y aunque viajó por Europa y más asiduamente por Latinoamérica, y aunque sufrió el exilio y desde 1986 vivió en Buenos Aires, donde falleció en 2010, no dejaba de sentirse parte de una tierra árida y con cordillera de fondo. 

Es sumamente significativo que hoy su figura vuelva a primer plano, a la misma altura que otros escritores sin duda más conocidos que ella, como Juan Draghi Lucero y Antonio Di Benedetto (la Feria del Libro está dedicada a este trío). 

 

Es que el destino fue un poco injusto con esta magnética escritora, que no solo dio forma a una obra heterogénea (entre poemas, novelas, cuentos, crónicas, ensayos) y socialmente comprometida, sino que interactuó con los grandes nombres de su tiempo, dando su voz en las discusiones que definían la época (hablamos de los tumultuosos 60’ y 70’), recibiendo incluso los elogios de sus pares. 

II. En palabra de otros

En 1946 Codina publicó su primer libro, “Canciones de lluvia y cielo”, un sensible poemario que tuvo prólogo de quien fuera su profesor de literatura en San Rafael, Alfredo Bufano. La definía como una “niña hecha de cielo, lejana y vecina como la lluvia”. 

 

Ella era lluvia: una metáfora que se repetía. “Niña de lluvia y cielo, secreta y lenta”, decía el primer verso que le dedicaba Juana de Ibarborou, en ocasión de su segundo libro,

“Más allá de las horas”. “Niña quieta y callada, niña de verso / que eres, estoy segura, mimo de Dios”. Era una niña, pero tenía casi 40 años. 

III. De la lluvia a las balas

Sus primeros libros, donde se evocaban paisajes y vivencias tiernas y bucólicas, no tardarían en dejarle lugar a una escritura de fuerte espesor político. 

 

Aunque se especuló que “Detrás del grito” (una novela pionera en contar el contacto cultural entre Argentina y Chile en la estepa malargüina) y los cuentos del libro “La enlutada” provenían sin duda de esa imaginería cordillerana, ella se encargó de aclarar que lo fundamental en esos libros (y otros) vino en realidad de la experiencia contada a través de su padre chileno: “Él conocía muchísimas historias. Junto con mi hermana, nos enseñó a hacer fuego en la montaña y cómo hacer para sobrevivir allí. Historias de arrieros y toda esa gente que se movía por la cordillera con leyenda, mitos...”, contaba a Los Andes. 

Sin embargo, Codina se involucraba con los territorios y su escritura no fue impasible.

 

De hecho, ejerció como maestra de grado en escuelitas rurales y en los años ‘60 llegó a integrar una comisión legislativa, que tenía como propósito investigar la aplicación de la Ley de Minas. Así vio las condiciones infrahumanas de quienes trabajaban en las minas; luego, gracias a su hijo, el cineasta vanguardista (y desafortunado) Jorge Giannoni, que llegaría a estudiar con Fellini y colaborar con importantes figuras del cine político como Glauber Rocha y Raymundo Gleyzer. 

De hecho, la novela “Los guerrilleros” nace de una sugerencia de él, después de que unos policías allanaran la casa de Codina para buscarlo. “Deberías escribir sobre ellos”, le dijo su hijo. 

 

III. La vida resumida

En “Diez años de exilio (1976-1986)” cuenta en retrospectiva sus años de desarraigo en México y Cuba, donde colaboró con la Casa de las Américas. En los últimos párrafos escribió una suerte de balance de su vida, donde reconocía haber tenido tres galardones. 

El primero: haber sido invitada a Isla Negra por el mismo Pablo Neruda (era 1964), a donde acudieron también escritores de la talla de Donoso y Skármeta. El poeta elogió: “El motivo de esta reunión es festejar el éxito de Iverna Codina, chilena de origen que ha obtenido con su novela ‘Detrás del grito’ el Primer Premio en el concurso de la editorial Losada para escritores de España y América Latina, al que se presentaron alrededor de 700 aspirantes con seudónimos. La novela de Iverna, que he leído con entusiasmo, se puede parangonar con lo más destacado de la novelística de América, osadamente social, en la línea de Mariano Azuela, Rómulo Gallegos, Roa Bastos y tantos otros”.

 

El segundo: haber publicado “América en la novela” (ensayo de 1964) gracias a Carlos Astrada, eminente filósofo argentino. 

 

El tercero: su novela “Los Guerrilleros”. “Ese es el libro que más quiero”, le dijo a Los Andes, y para escribirlo entrevistó a guerrilleros reales, dando como resultado -en 1968- una contundente novela testimonial. Los primeros ejemplares de esa obra ya casi no existen; ella suponía que, como la mayoría de esos libros fueron leídos por los mismos protagonistas, fueron devorados por el fuego de la censura. Por poner un dato: el 30 de agosto de 1980, la Policía Bonaerense quemó más de un millón y medio de libros en las postrimerías de nuestra más atroz dictadura.