Opinión Domingo, 26 de enero de 2020 | Edición impresa

Instrucciones para desacelerar el tiempo - Por Jorge Carrión

Por Jorge Carrión - The New York Times. 2020

¿Qué tienen en común el algoritmo de Google, el succionador de clítoris y la venta por internet, según Amazon? Que los tres compiten entre sí para acortar el tiempo entre la formulación del deseo y su consecución. En unas milésimas de segundo, unos minutos o unas horas ya ha llegado, al resultado de tu búsqueda, tu orgasmo o una caja en la puerta de tu casa. Y los plazos no paran de menguar.

La aceleración del tiempo parece un fenómeno irreversible. Los seres humanos somos partículas de la atmósfera del capitalismo. No existe un afuera, pero puede existir un después. Una nueva escuela filosófica, el aceleracionismo -cuya biblia podría ser el volumen homónimo de la editorial Caja Negra- cuestiona ese incremento exponencial de la velocidad del mundo. Las nuevas tecnologías y los nuevos procesos no hacen más que multiplicar los estímulos y los deseos, sin evaluar su necesidad ni sus consecuencias. Contra semejante horizonte neoliberal, esa constelación de pensadores que sigue la estela del “Manifiesto por una Política Aceleracionista”, que Alex Williams y Nick Srnicek firmaron en 2013, propone estrategias de apropiación y reformulación, para que aprovechemos ese vértigo y que llegue antes algún tipo de postcapitalismo.

Pero esa posición utópica nos instala en el intervalo de la espera de una gran transformación global. ¿Qué hacer mientras tanto, en la práctica diaria y personal? Una solución la dieron los clásicos. En griego antiguo se distinguía entre cronos y kairós, entre el tiempo del reloj o el calendario y el tiempo de la vida. El latido del devenir contemporáneo lo están marcando las actualizaciones de nuestros dispositivos. Pero mientras que toda la tecnología nos ancla en el tiempo cronológico, las experiencias artísticas o deportivas, las emociones y los sentimientos nos elevan al vivencial. ¿Qué tienen en común la librería, la piscina, la cama, el cine, el teatro o el mar? Que en ellos nos desconectamos. O, mejor dicho, nos reconectamos.

Los mecanismos del capitalismo del siglo XXI no cesan de perfeccionar sistemas de producción, circulación y consumo cada vez más rápidos. No importa si ello provoca problemas éticos o culturales con tal de que generen beneficios económicos. Todos estos procesos comparten la voluntad de alterar radicalmente nuestra idea del tiempo. La tecnología y el capitalismo han creado una nueva fe: la iglesia de la disrupción del tiempo.

Pero la vida humana está llena de experiencias a largo plazo: la educación, la maternidad, la hipoteca bancaria, la jubilación. De modo que nos enfrentamos a un reto: hacer compatibles con un contexto de prisas y urgencias las maduraciones, las constancias, las inversiones y las esperas que nos han definido durante siglos.

Tal vez esa nueva era del tiempo comenzara hace unos veinticinco años, cuando los correos electrónicos empezaron a lograr lo que no habían conseguido los faxes: sustituir a las cartas. Los plazos de la epistolaridad eran muy parecidos a los del folletín, la narrativa por entregas, las publicaciones semanales o mensuales, los anuarios. En muy poco tiempo nos hemos acostumbrado a que ya no sean determinantes en nuestras vidas de lectores, de familiares o de amigos. De modo que cuando Netflix empezó a colgar a la vez todos los capítulos de una temporada -eliminando la espera semanal que había definido durante décadas nuestra relación con la televisión-, nos acostumbramos enseguida a la nueva oferta. Y a todas las demás: hemos pasado a vivir en una constante notificación y actualización de noticias, mensajes, softwares, versiones, likes.

Las nóminas, los reportes de nuestras tarjetas de crédito, los pagos del alquiler o del plazo de la hipoteca -no obstante- nos siguen llegando cada mes. Y aunque en el mercado se hayan vuelto habituales los contratos temporales y las empresas emergentes con fecha de caducidad, los ciclos escolares continúan siendo los mismos que en el siglo XX. Y aunque el divorcio sea ahora más corriente, un hijo sigue siendo para siempre.

Desde preescolar hasta posgrado, los centros de formación han llegado al consenso de que la educación debe trabajar por proyectos. Los alumnos ya no tienen que tener como horizonte final el examen o la conclusión de una asignatura, sino la presentación de la memoria de un proyecto. Se trata de una de las palabras clave de vuestra época. La pedagogía de la proyección te prepara para un futuro laboral en que gran parte del tiempo lo dedicarás a la generación incesante de nuevos proyectos. Un arqueólogo del futuro nos entenderá mejor leyendo esos dosieres de ideas que jamás se convirtieron en realidades que leyendo las novelas contemporáneas. Porque los proyectos ya constituyen un subgénero muy elocuente del nuevo realismo, la ciencia ficción.

Proyectar es lanzar: imágenes, planes, futuros posibles. Y la filosofía más pertinente de hoy está justamente imaginando alternativas a ese vértigo cotidiano que no cesa de apretar el acelerador. 

Como nos recuerdan los aceleracionistas, la situación es insostenible en todas las dimensiones de la realidad: no sólo enloquecen sin tregua los ritmos tecnológicos; también lo hacen los plazos en que la clase media se empobrece, los millonarios se vuelven multimillonarios o destruimos el planeta.

Contra la “lógica del incremento, definida por la competencia y la aceleración”, que conduce a la alienación, ha escrito el sociólogo alemán Hartmut Rosa en su libro más influyente y celebrado: Resonancia, hay que considerar “la calidad de nuestra relación con el mundo”. Sólo deteniendo durante unos minutos o unas horas los engranajes que no cesan de acortar nuestros plazos, para pensar y decidir nuestra propia ética y poética como individuos, podremos aspirar a ritmos propios. Todo necesita su tiempo, también las búsquedas, las compras y los orgasmos.

Jorge Carrión es escritor y crítico cultural. Su último libro publicado es Contra Amazon.