Opinión Viernes, 21 de febrero de 2020 | Edición impresa

Industria vitivinícola: tormenta de frente - Por Pablo Lacoste

Por Pablo Lacoste - Dr. en Historia. Autor del libro “La Vid y el Vino”

Mientras los capitanes de la industria se tiran entre ellos con munición pesada, evocando a los músicos del Titanic, una tormenta de frente se acerca al barco de nuestra producción identitaria.

Erróneamente, el INV y los líderes celebran que el consumo de vino per cápita 2019 cerró en 19,6 litros. “Tenemos el mayor aumento interanual en 42 años”, celebran, nerviosos, tratando de engañarnos.

Lo que ellos saben, y tratan de disimular, es que la cifra de 19,6 representa que, por segundo año consecutivo, hemos perforado el piso de los 20 litros per cápita.

Esto significa un escalón más, en la rodada cuesta abajo.

En 1983 perforamos el piso de los 70 litros anuales per cápita; en 1986, cruzamos la línea de los 60; en 1992 caímos debajo de los 50 y en 1998 atravesamos la línea roja de los 40 litros per cápita. 

Con ese desmoronamiento, la superficie de viñedos se contrajo en miles de hectáreas. En las zonas rurales de Mendoza se perdieron 100.000 puestos de trabajo. Decenas de miles de familias se vinieron a los alrededores de la ciudad, a engrosar el proletariado urbano marginal del Gran Mendoza, con su consiguiente impacto social, económico, ambiental, político y de seguridad.

El inicio de las exportaciones contuvo la caída de la demanda y, durante una década, la vitivinicultura volvió a encantar. Llegaron inversiones extranjeras, creció el glamour y floreció el enoturismo. El Valle de Uco se puso de moda, mientras las exportaciones superaban el techo de los mil millones de dólares, acortando ventajas con Chile y otros países del nuevo mundo. Fueron los días dorados de vino y rosas.

Sin embargo, todas las expectativas se frustraron poco después. Las exorbitantes cargas impositivas golpearon al sector e impidieron la exportación de vinos de gamas medias y bajas, de menor margen de rentabilidad. Las exportaciones cayeron 20% en pocos años. Paralelamente, el mercado interno se siguió achicando. En 2005 perforamos el piso de los 30 litros y en 2017, la línea colorada de los 20. “¿Será un ajuste estadístico transitorio?” Se preguntaban, nerviosos, los capitanes de la industria, rogando al cielo.

Las cifras de 2018 entregan respuesta. El piso de los 20 litros se perforó y no fue meramente coyuntural. Es tendencia. Por segundo año consecutivo, estamos debajo de  la línea de flotación.

Estas cifras significan que se viene una tormenta de frente. 

El camino de las exportaciones sigue clausurado y esa situación no va a cambiar por muchos años: con 55% de inflación, alto déficit fiscal y 30% de pobreza, el Gobierno no tiene ninguna posibilidad de bajar impuestos para mejorar la competitividad del sector. Por lo tanto, en los próximos 5 años, no hay perspectivas de aumentar las exportaciones.

Paralelamente, en el mercado interno nos consolidamos debajo de los 20 litros per cápita anual. ¿Cuándo cruzaremos la próxima línea? ¿Cuándo tocaremos los 15, como Chile? ¿Cuándo romperemos la línea de los 10?

Mientras tanto, la vida sigue. Hace dos días, con mi amigo Esteban Tablón, fuimos a comer a la calle Beltrán de Godoy Cruz: un restaurante al lado del otro, todos con cerveza, nada de vino. Anoche recorrimos con mi familia los restaurantes de la Arístides: escena repetida; todos ofrecen cerveza; casi ninguno, vino. Finalmente entramos al Palacio de la Milanesa: allí sí había vino: pero sólo de Salta (por decisión del dueño, que es porteño). No tenían vino de Mendoza. 

El barco se hunde. ¡Ni en Mendoza somos capaces de enamorar con el vino!

Como resultado de esta desidia y falta de liderazgo, la industria se hunde. La industria se financia con los viticultores. Al no tener acceso al crédito, por alta inflación y tasas estratosféricas, la  industria cartelizada tomó la decisión de financiarse con los productores, comprándoles la uva a un precio inferior al costo.

Los pobres campesinos, una vez más, son el pato de la boda. Están condenados a subsidiar con su sangre, su sudor y sus lágrimas, a la glamorosa industria vitivinícola argentina y extranjera radicada en este país.

Y lo peor está todavía por venir. Todos los indicadores disponibles coinciden en señalar que se viene un retroceso similar al de los 80: se van a arrancar decenas de miles de hectáreas de viñas. ¿Cuántas? Todavía no se sabe exactamente. ¿Treinta mil? ¿Cincuenta? ¿Cien?  Algunos aseguran que el viñedo nacional total va a bajar de 200.000 a 100.000 hectáreas. Mendoza va a caer de 140.000 a 70.000 hectáreas de viñedos.

Ello implicaría perder 70.000 puestos de trabajo. Más migración campo ciudad. Mayor crecimiento del proletariado urbano marginal del Gran Mendoza. Pasaremos a ser La Matanza del Oeste argentino.

Se anuncia tormenta de frente. Mientras tanto, nuestros capitanes de la industria están peleándose entre ellos.