Espectáculos Martes, 23 de abril de 2019 | Edición impresa

Hugo Arana: honrar la vida actuando

A sus 75 años, el actor se levanta como un ejemplo de trabajo y humildad. En mayo visitará Mendoza con la obra “La ratonera”.

Por Mariana Zucchi - Especial para Los Andes

Todavía se sorprende de lo que lleva pecho adentro: una válvula de chancho en el corazón. En 2013, después del infarto, le practicaron un doble bypass, cerraron el corte y la vida siguió. Él continuó subiéndose a los escenarios, recibiendo aplausos, y pensando en ese médico que maniobró anónimamente y sin prensa.

“En la primera consulta después del alta, yo no podía sacarle la mirada de encima a ese hombre”, cuenta Hugo Arana, con el corazón arreglado latiendo a mil por hora de la emoción. “Yo estaba magnetizado. Le pregunté: ‘¿Doctor, usted cuántas operaciones lleva?’. Me dijo que más de 110 ese año, y unas 3.500 en su carrera. ¡Una persona metió mano 3.500 veces, cortó, cosió! Y no tenemos dimensión de esa tarea”.

 

-¿El rol del actor está sobrevalorado en relación, por ejemplo, al de ese cirujano?

-Está sobrevaluado lo que se llama éxito. Para mí el éxito es escalar la escalerita interna, trepar mi interior. El afuera no me corresponde. Nietzsche decía: “Se logra la adultez cuando se logra la seriedad del niño que juega”. Cuando uno no está loco, sino que sabe que está subido a un escobillón, pero imagina que es un caballo alado. Yo tengo que estar centrado en lo que depende de mi voluntad. En mi oficio. Cuando uno tiene la vista muy puesta en el afuera se crea un hábito no bueno, como una droga. Al menos así yo vivo mi profesión.

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Así vive esa profesión que disfruta hace casi 20 mil días. Desde su debut teatral en 1966, en el Instituto de Arte Moderno, y a más de 40 años de la publicidad de vino argentino que viralizó su figura cuando lo viral se emparentaba sólo a los microorganismos y las enfermedades, Arana (75 años), no hizo más que ponerle cuore al asunto. Y voz.

 

Tanta voz que sus cuerdas pidieron auxilio en 2010, una semana antes de viajar a Barcelona, de gira con la obra “Baraka”. Por entonces su otorrinolaringólogo lo frenó. Creyó que una operación bastaba, pero el problema de las cuerdas vocales se pronunció a los seis meses. Le ordenaron no hablar por 15 días. Para entonces su esposa murió. Y no hubo forma de guardarse las palabras.

“Mi amor sigue vivo, no fantaseo con tener una nueva pareja”, se anima cuando habla de lo que más le duele, la ausencia de Marzenka Novak, la actriz polaca que lo acompañó durante 44 años.

 

El teatro es su gran refugio, la respuesta a esa ausencia y a la época de vacas flacas. “No descubro nada si digo que vivimos una situación muy fea. Yo no tengo amigos a los que les vaya mejor. O están estables o la están pasando feo. Hay una crisis grande. Pago 7.300 pesos solamente de ABL en San Cristóbal [Buenos Aires]”, se lamenta. “Uno ve al actor cuando trabaja, pero no cuando está desocupado y luchando”.

Hugo es de los pocos actores que gastó suelas y batalló en profundidad la calle antes de la popularidad. El recuento de oficios que lo construyeron antes de ser actor parece interminable: “Mi primer trabajo fue a los 11, como asistente de zapatero. Llevaba bolsas de arpillera desde Lanús a Puente Pueyrredón, las transportaba en el tranvía. Después, carpintero, ayudante de ferretero, cadete en una sedería, ayudante de mago envasando cajitas de juegos, empleado de una fábrica de chocolate, lijador de culatas en una fábrica de armas”, toma aire luego de semejante enumeración.

 

-Detengámonos en la fábrica de armas. ¿Cómo era ese empleo?

-En Lanús. Éramos cinco o seis pibes. Todos en un cuartito, respirando ese polvo de la lija. A las 10 se paraba y nos acercaban una botellita de leche. Trabajo insalubre, sin mascarilla. Un día armé una pequeña revolución. Me planté, dije que la leche no limpiaba nuestros pulmones. Me echaron a los 15 días.

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-¿Y qué hizo?

-Seguí laburando, yo era, además, pintor, electricista, colocaba alfombras. Trabajé en un local de armado de radio y televisores. El reinventarme tenía que ver con mi crianza. Mi viejo era peón de campo. Había que laburar sí o sí. A los cinco ya sabía armar una huerta. Nací en el Hospital Rivadavia y fuimos a parar a Montegrande. Después, a mis cinco, a Lomas de Zamora, calle de tierra. Recién a los 11 y hasta mis 32, nos mudamos a Lanús, un paraíso donde abrías la canilla y había agua, tenías asfalto y pasaba un tranvía. Una vida revoleada, pero buena.

 

-¿Representa un plus para el actor haber tenido una cultura obrera tan fuerte?

-No lo puedo afirmar, pero siento que un paisaje que vemos dialoga con un paisaje interno. Si los dos nos ponemos a mirar un cuadro, cada uno vería algo distinto, tal vez un cuadro toque una fibra tuya que no es la de mi vivencia. Como actor yo siempre estoy usando algo propio, interno.

-¿Por qué con tanto camino no profundizó en la docencia actoral?

-Me lo han propuesto, pero siempre estoy trabajando mucho y no podría colgar un cartel con mi nombre y no dictar las clases yo. Una vez, recuerdo, me pidieron dar una charla de teatro. Yo avisé que no era conferencista, pero igual fui. Y nos pusimos a debatir sobre esto de ser actor y si la mirada del otro es lo que a mí me confirma, me llena. Si es así: ¿Qué es lo que quiero confirmar siendo actor? Y en el fondo levantó la mano un señor de traje. Me dijo: “Arana, soy psicólogo. Suele suceder que un actor es un niño que no ha sido mirado lo suficiente por su madre”.

 

-¿O sea que usted no fue tan mirado por su madre?

-No está en mi memoria cómo me miró mi madre durante los primeros años, pero confirmo que uno quiere que lo miren. Un niño se confirma como ser en la mirada de su madre. Por ejemplo, cuando ella amamanta. La mirada lo instala en la vida. De lo contrario, el síndrome de invisibilidad subyace en el inconsciente. Compré esa teoría.

-¿Y fue fácil pasar de ese mundo obrero al de la búsqueda de la mirada?

-Sí. Yo fui a estudiar actuación sin haber ido nunca al teatro. Tenía solamente el antecedente de un amigo ciego cuya familia era dueña de dos cines y eso me posibilitaba ver nueve películas gratis por semana. Puede ser que allí haya nacido lo de ser actor. Precisamente el día que cumplí 22 años me anoté en un curso. Era albañil, iba a comprar tornillos y caminando, de frente, veo un afiche amarillito: “Hágase actor, centro experimental cinematográfico”.

 

-Y pegó el salto sin miedo...

-Un padrino me regaló una camisa, me la puse, y mi regalo de cumpleaños fue la decisión de anotarme en esa escuela. Desde entonces nunca más paré. El maestro Marcelo Lavalle me dijo: “Acá no tenés que venir, es todo mentira, yo vengo porque me pagan”. Y me pasé, por recomendación de él, al Instituto de Arte Moderno. En 1966 debuté en una obra sobre el día que mataron a Kennedy. Todavía estoy muy centrado en mi actor, no quiero ponerle un broche. No puedo imaginar mi vida ya sin hacer esto.

 

Gira

“La ratonera” en Mendoza. Llega al Teatro Mendoza el 17 y 18 de mayo (entradas desde $600). Junto a Arana actúan María Rosa Fugazot y Gloria Carrá, entre otros. Basada en Agatha Christie, la historia reúne a un grupo de personas aisladas por la nieve, que intentan esclarecer un crimen.