Opinión Viernes, 18 de octubre de 2019 | Edición impresa

Hay dinamita en el tren - Por Fernando G. Toledo

Por Fernando G. Toledo - ftoledo@losandes.com.ar

Hay un murmullo en los vagones del tren que va de Viena a Mühlhausen. La gente se levanta, se empuja. Y hay un hombre desesperado. Estamos en octubre de 1880 y desde hace meses ese hombre viene en caída libre.

Hans Rott, que así se llama, ha intentado superar con talento y estudio las contrariedades de su vida. Nació en agosto de 1858 en Braunhirschengrund, un suburbio vienés, en el seno de una familia relacionada con el arte: la madre era bailarina y el padre, actor cómico. Pero el ambiente ideal en el que comenzó a florecer la pasión artística de Hans pronto se marchitó. Primero murió la madre. Luego, el padre sufrió un accidente al caer del escenario, que acabó llevándolo a la tumba. Hans era un joven dotado para la música, y por eso lo habían inscripto en el Conservatorio de Viena, pero al quedar huérfano no había quién pagara esos estudios. Ante la tragedia, todos sus profesores coincidieron en algo: había demasiado talento en ese chico de cabellos revueltos y mirada desvariada, así que decidieron mantenerlo en el conservatorio sin cobrarle la cuota.

Rott había deslumbrado a maestros y compañeros. Entre los primeros está nada menos que Anton Bruckner quien descubrió que en ese joven estaba alguien capaz de convertirse en su heredero. Y entre los estudiantes, hay un amigo, con el que compartió alojamiento, y se declara su admirador. Su nombres es Gustav Mahler.

Tras varios años en el Conservatorio, Rott sentía que ya estaba listo para mostrarse como algo más que un excelso organista. Por ese entonces, el mundo de la música se movía entre dos paradigmas: la apabullante que marcaba Richard Wagner y la refundación de la tradición sinfónica alemana que encarnaba Johannes Brahms. Críticos y músicos se debatían entres esos antagonistas. Las sinfonías de Bruckner eran claramente wagnerianas. Brahms, en cambio, había estrenado la Sinfonía Nº 1 hacía poco, mostrando otro camino tras la bomba de detonación que resultó ser la Novena de Beethoven.

En ese panorama un tanto revuelto fue que el joven Rott, terminó su primera sinfonía. Quería, él también, renovar ese mundo. Pero además debía buscarse un sustento y creyó que sus obras podían dárselo. Así que se presentó con esa Sinfonía en Mi a un concurso en el que Bruckner era jurado. Este celebró la composición, pero los otros miembros del comité se burlaron del trabajo. El carácter del músico se vio resentido, pero hizo un nuevo intento. Dos años después, en 1880, tenía su partitura corregida y buscó el beneplácito de Brahms. El compositor alemán, enfrentado a Bruckner, no era por ello el más apropiado para valorar la pieza y la rechazó enfáticamente. Ello fue el golpe de gracia para la mente torturada de Rott, quien cayó en una grave depresión.

Esa es la pendiente en la que Rott se encuentra cuando sube al tren. Con la mirada perdida se sienta junto a otros pasajeros, su mente enredada en las partituras que ha escrito y en los hombres que le decretaron el fracaso. De pronto un pasajero enciende un cigarro y esa chispa cala hondo en el ánimo de Rott, quien se abalanza sobre él para golpearlo. Los otros pasajeros, sorprendidos, intentan detenerlo y allí es cuando el músico incipiente, el talento admirado, profiere un grito desgarrador: “¡Brahms ha llenado de dinamita el tren!”.

La crisis ha llegado a su culmen: la salud mental de Rott se derrumba. Las obras que ha escrito -incluso esa sinfonía prometedora, que saludó Bruckner y sorprendió a Mahler- se pierden en el desorden de su cuarto. Otras terminan en la hoguera. Al final, con apenas 23 años, Rott ingresa en 1881 a un hospital psiquiátrico donde morirá, por complicaciones de la tuberculosis, en 1884.

Mahler es el primero en lamentar su muerte públicamente. El que iba a renovar la corriente sinfónica del siglo XX dirá, con el recuerdo fresco de esa obra desgraciada de Rott, que este era el creador de la “nueva sinfonía” y que con su muerte lo que la música había perdido “era inconmensurable”. Quizá esa sentencia de Mahler fuera tomada como una hipérbole provocada por la admiración. Pero poco más de 100 años después, un hallazgo permitió rescatar la Sinfonía en Mi de Rott. La grabó el director Gerhard Samuel, para el sello Hyperion, y provocó una sensación mundial: allí estaba, en efecto, la clave de la sinfonía moderna. Y no sólo eso: escucharla era encontrar el esquema, los sonidos, los hallazgos de la Sinfonía N° 1”Titán” de Mahler, su gran admirador, quien pareció más que inspirarse en Rott, directamente emularlo. 

Quizá en la locura de Rott haya habido muchas claves, no sólo para Mahler. Y es que Brahms no puso la dinamita. Pero el tren de la sinfonía estalló por los aires con la explosión enloquecida de ese músico que hoy pocos conocen, pero al que todos le deben.