Espectáculos Sup. Cultura Sábado, 19 de octubre de 2019 | Edición impresa

Harold Bloom: adiós al genial padre del canon

Enciclopédico, incisivo, polémico, esencial. Fue, hasta el lunes pasado, el crítico literario vivo más influyente.

Por Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar

Esta semana, el mundo de las letras, y el mundo, se ensombrecieron por el luto. El lunes falleció en New Haven, Connecticut, a la venerable edad de 89 años, el estadounidense Harold Bloom. Era el crítico literario más importante de la segunda mitad del siglo XX (y hasta nuestros días). A la hora de aseverar esto, pocos pondrían una objeción. 

Bloom, que trabajó hasta cuatro días antes de morir (en su alma máter, la Universidad de Yale, donde era poco menos que un dios), pasará a la historia como el perfecto ejemplo de un hombre que leyó sistemáticamente todo lo que pudo para decirles a otros, no sin cierto ánimo controversial, qué convenía leer. En otras palabras: por qué autores empezar, qué libros tienen más valor literario que el resto. Un criterio. Lo que se llama comúnmente, un canon: esos autores imprescindibles a los que hay que darles prioridad en nuestra biblioteca, en nuestro tiempo y en nuestros bolsillos, puesto que “la vida es corta” (le gustaba decir). Por eso, “hay que elegir bien qué leer”. 

 

Fue en “El canon occidental” (1994) donde Bloom, igual de erudito y didáctico que de cáustico y dogmático, argumentó su biblioteca ideal. Hoy es un libro capital, que ha introducido a millones de personas a la literatura. Pero también es un libro controvertido, pues entre los 26 autores elegidos abunda el hombre blanco anglosajón: solo tres son mujeres (Emily Dickinson, Jane Austen y Virginia Woolf) y solo tres usaron la lengua española (Borges, Cervantes y Neruda). Abundan ingleses, entre los que irradia su prístina influencia Shakespeare, a quien Bloom amó profundamente y a quien le dedicó algunas de sus páginas más inolvidables (el monumental ensayo “Shakespeare, la invención de lo humano”, de 1998, puede comprobarlo). 

Harold Bloom era un idealista. Y así analizaba el arte de las palabras: su método, de hecho, era descubrir la capacidad que tienen algunas obras de interpelar sin importar el tiempo ni el espacio. Palabras que sobreviven a la herrumbre del tiempo. Para él, la experiencia estética podía ser universal. Por esa razón, todos los estudios que construían su método sobre una puesta en contexto histórico e ideológico (los estudios culturales, el materialismo dialéctico, la teoría feminista, el poscolonialismo, el posestructuralismo y etcétera) para él eran “La escuela del resentimiento”. Y Michel Foucault, el máximo resentido. 

 

Pese a las interminables críticas, Bloom fue estoico a lo largo de los años: enseñó, ya incluso jubilado, por más de 60 años en Yale. Sus clases eran rituales. Su memoria, inextinguible. En las entrevistas, conferencias y clases solía recitar versos y también prosa. Contaba que en su cabeza tenía todo Shakespeare y cada uno de los 10.565 versos de “El paraíso perdido”, monumental poema épico de Milton. Idolatraba a Kafka. Consideraba, sin embargo, que desde hace mucho tiempo no se producía nada nuevo en la literatura contemporánea. 

“Él es, según cualquier cálculo, una de las presencias literarias más estimulantes del último medio siglo, y la más proteica”, escribió Sam Tanenhaus en 2011 para The New York Times Book Review, tras un encuentro que tuvo con Bloom en su departamento en Manhattan. “Una raza singular de erudito-maestro-crítico-prosista-panfletario”. 

 

Durante los últimos años, gozaba de una férrea mala salud, lo que no le impedía trabajar y leer casi de sol a sol. En el 2017, en el marco de la Red de Festivales Shakespeare Argentina, dio una videoconferencia, en la que habló por ejemplo de las redes sociales:  “Me siento un dinosaurio. En algún momento me llamaron bloomosaurio”, bromeó. Tampoco evitó hablar de Donald Trump: “En mi país se está viviendo una especie de apocalipsis. Tenemos un monstruo como presidente, un anticristo, una bestia del mal. Hoy estamos todos en una suerte de ocaso; espero que le suceda un nuevo amanecer”. 

En el vértigo actual, donde tanto se escribe, tanto se edita; donde todo se ha atomizado y donde todo está, como en la biblioteca de Babel borgiana, al alcance de pocos clicks, la figura de un Harold Bloom se hacía más necesaria que nunca. Y seguramente seguirá presente (o amenazante) como el espectro del padre de Hamlet, iluminando el presente y marcándonos el camino. 

 

Algunas de sus frases

De una entrevista a El País de España, en 2014: “Lo más polémico que he dicho o escrito ofende a los ortodoxos de la fe, ya sean cristianos, musulmanes o judíos, y es que Yahveh, Jesús y Alá, son personajes literarios. Y por ello la noción de matar a la gente en nombre de un personaje literario es una obscenidad. Pero lo hacemos, eso es lo que está pasando en la actualidad sin cesar en Siria e Irak, en Palestina”

Le digo a mis alumnos que se aíslen cuando un poema o un pasaje de prosa los encuentre o los enaltezca hasta el conocimiento, y lean en voz alta, canten hasta que lo posean, lo hagan suyo de memoria. Ese es el verdadero conocimiento en el campo de la literatura. La memoria es en verdad la madre de las musas. Nunca he escrito un poema porque no puedo olvidar que yo mismo soy una encarnación de la memoria”.

 

Sobre Borges. Citas de “El canon occidental” (Anagrama, 1994): “La literatura hispanoamericana del siglo XX, posiblemente más vital que la norteamericana, tiene tres fundadores: el fabulista argentino Jorge Luis Borges, el poeta chileno Pablo Neruda y el novelista cubano Alejo Carpentier (...). Aun cuando Borges no fuera el fundador primordial de la literatura hispanoamericana (que lo es), aun cuando sus relatos no poseyeran auténtico valor estético (que lo poseen), seguiría siendo uno de los escritores canónicos (...) pues, más que ningún otro escritor aparte de Kafka, a quien emula deliberadamente, él es la literatura metafísica de la época. (...) De todos los autores latinoamericanos de este siglo es el más universal. (...) Si lees a Borges a menudo y con atención, te vuelves un tanto borgiano, pues leerlo es activar una conciencia de la literatura en la que él ha ido más lejos que ningún otro”.