Espectáculos Sábado, 31 de agosto de 2019 | Edición impresa

Había una vez... en Hollywood: entre el homenaje y la nostalgia

La novena película de Quentin Tarantino estaba envuelta en un misterio aterrador. 

Por Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar

Previamente al estreno de “Había una vez... en Hollywood”, en la última edición de Cannes (donde compitió por la Palma de Oro), no se sabía mucho de qué iba la cosa. La novena película de Quentin Tarantino estaba envuelta en un misterio aterrador. 

Solo se sabía un esbozo entorno al argumento y la tríada protagonista (Leonardo DiCaprio, Brad Pitt y Margot Robbie). Entre todo, se sacaba en limpio que Tarantino quería hacer un homenaje al florecer cultural de finales de los 60’, tomando como evento crucial el famoso crimen de Sharon Tate (embarazada de 8 meses) y sus amigos, en manos de tres psicópatas persuadidos por Charles Manson. 

 

El punto de partida es la historia de un actor en decadencia (DiCaprio) y su doble (Pitt). Desde aquí, “Había una vez... en Hollywood” es varias cosas al mismo tiempo: un tributo al western; una evocación nostálgica de la época (a partir de una maravillosa banda de sonido y un perfecto diseño de producción); es una indagación sobre el oficio del actor y los vaivenes de la vida. Y es, como todo lo que dirige Tarantino, una película soberbia, ambiciosa, desprejuiciada y llena de riesgo. Especialmente en su desenlace, donde (atención: spoilers) le da una cachetada al espectador. 

 

Es que, desde el momento en que se supo que Tarantino pensaba inspirarse en el crimen de la esposa de Polanski, muchos elucubraron de qué forma este director sanguinario y truculento podría llegar a contar lo inenarrable. En cambio, saca de la manga una jugada ya probada en “Bastardos sin gloria”: acudir a la ucronía; es decir, tomar la historia real y hacerla derivar lógicamente hacia otros hechos, que pudieron haber sido pero en la historia real no fueron. Es un giro maestro: en la noche de esta película, Sharon Tate se salvará. 

 

Y es inevitable remitirse a una conocida crítica hacia Steven Spielberg, cuando en “La lista de Schindler” nos introduce en lo que creemos que es una cámara de gas, para llevarnos al límite de darnos cuenta de que en realidad son duchas. Tarantino, de igual forma, nos guía hacia un desenlace que no termina siendo tal, al tiempo que, con las últimas tomas de una película gigantesca de 161 minutos, nos deja una incómoda pregunta flotando: ¿habrías estado dispuesto a ver el horror?, ¿dónde está el límite de lo ético y lo representable?